Casandra

03.11.2015 20:15

Casandra

 

La mujer se había instalado en el pueblo desde hacía un largo tiempo. Los vecinos del lugar comenzaron a tenerle cierto miedo, cuando se enteraron de quién era y en cierta forma, sus preguntas los incomodaban.

Alquiló la misma habitación, pequeña y sin grandes lujos, del hotel donde su difunto esposo había dormido por última vez. Antes de embarcarse junto a otras personas en una excursión de pesca, la cual, debido a una fuerte tormenta, nunca regresó a tierra.

Sin embargo, la mujer ya arrugada y muy viejita, parecía llevar bien su soledad. Sobre una tarima a modo de altar, tenía fotos de su marido junto a una caña de pescar, la cera blanca de las velas acumulada una sobre otra, colgaba derretida por todos los bordes.

Dicen que cierto día un curioso, que no pertenecía a la gente del pueblo, enterado de la historia de aquella a quien los vecinos llamaban “La loca del mar”. Se aventuró a preguntarle el motivo que la trajo a vivir, a un pueblito costero perdido en el mapa, para lo cual debió primero abandonar la gran urbe de su ciudad natal.

 

-Llegue aquí al otro día de enterada de la noticia de su desaparición. Tal vez por ese motivo será que aún, la fragancia de su perfume con aroma a pino, continuaba invadiendo la habitación.

El mar nunca me regresó el cuerpo de mi marido. Pero eso no me detuvo a indagar a través de la gente del lugar, logrando averiguar su itinerario. Por ejemplo en qué momento de la mañana, como usted sabrá en los pueblitos del interior se entregan más tarde, se dirigió a recoger el periódico y en el pequeño mercado de enfrente, debido a su costumbre en oler la fruta, compró algunas para acompañar la cena de esa noche y también ese mismo día, visitó la barbería ubicada a dos manzanas.

 

Cada vez que hago su mismo recorrido, siento tanto su presencia, que parecería como si lo estuviéramos haciendo juntos. Día a día sigo viviendo como si nunca lo hubiera perdido. Mantengo de esta manera, la promesa hecha al casarnos, de estar unidos hasta que la muerte nos separe. Pero la muerte misma no podrá nunca separarnos, ya que en el momento en el cual venga a visitarme. Yo me reencontraré con mi esposo y de esta manera, nuestra unión será eterna.

 

Quizás no me he dado cuenta y tal vez haya perdido el equilibrio de la razón, pero me tiene sin cuidado. Agradezco su visita, pues hacia bastante tiempo que no hablaba con otra persona. Pero ahora deberá disculparme, quiero terminar de preparar la cena. A esta hora cenábamos siempre con mi marido. Debo estar temprano en la playa en la mañana, antes de la partida de las embarcaciones pesqueras y darles algunos consejitos, sobre las tormentas en el mar y sus graves consecuencias.- Terminó diciendo mientras acariciaba la alianza matrimonial de oro que aún conservaba en su mano.-El murió llevando la suya y por eso nunca me la quité.- Agregó con emoción y voz dulce mientras sonreía.

 

El hombre sintiendo completa su curiosidad, abandonó el pequeño cuarto y luego el hotel para finalmente regresar a la ruta, buscando continuar su viaje.

 

Atardecía en el momento en que el camino de asfalto negro se aproximó lo más cercano al borde del mar, se invitó a hacer una parada y una vez que se asomó al precipicio que lo separaba de las playas de arena blanca. Pensó. –Esta mujer es una de tantas personas, las cuales tienen la libertad de elegir con absoluta felicidad de cual manera el final los encontrará. Quizás muchos, como casi todas las personas del pueblo, no lo entiendan, pero cuando el amor resulta inagotable, casi siempre se vuelve para la mayoría incomprensible. En el fondo su historia, la cual al principio parecía solo de tristeza, es la que todos quisiéramos vivir alguna vez. Ella vino buscando la manera de como continuar, y, despejó toda su incertidumbre finalmente cuando la halló.-

El sol escondiéndose en el horizonte le grabó a fuego una escena imborrable. Cientos de diminutos barquitos pesqueros regresaban buscando escapar de la inmensidad del mar infinito.

Volvió al camino para no retornar jamás a ese pueblito costero perdido en el mapa. Años más tarde se casó y a su primera hija la llamó “Casandra” en honor a la mujer de esta historia.

 

F I N

 

© Claudio Alejandro Castro