Corazón de Oz
Corazón de Oz
Luego de cubrir a la niña utilizando unas finas sabanas blancas, lentamente la anciana toma asiento en una rustica silla color madera orientada hacia el centro de la cama. Una lámpara con formas de animales ilumina las paredes de la confortable habitación pintada en claros tonos rosados.
El canto de los grillos afuera, anuncia una tranquila y estrellada noche de calles azules y temperatura veraniega.
Como para no perder la costumbre de cada visita en casa de su nieta Ana, de ojos pequeños, bonitos y profundos, pregunta -¿Anita, quieres una historia antes de dormir?-
-Claro abuela, hoy quisiera la historia del libro que traes ahora en tus manos. Mamá me hablo un poco sobre él y me dijo de que lo conservas desde tu infancia.- Respondió la niña de aproximadamente diez años de edad mirándola de reojo.
La anciana dibuja una sonrisa con aire a nostalgia y luego observa la portada del libro. En la parte inferior posan dibujados en blanco y negro un flaco espantapájaros y a su lado un hombre hecho completamente en hojalata. Para poder abrirlo y revisar sus primeras hojas, desliza los dedos arrugados por los bordes ennegrecidos por el paso del tiempo. En cada frase escrita en su interior, ella nuevamente se reconocía en los destellos de fantasía y emoción, que la invadieron cuando visitó por primera vez sus hojas siendo una pequeña niña. Era una pieza histórica, una edición de 1900 por lo cual su valor era realmente incalculable.
-Siempre te veo llevarlo.- Agregó la niña.
-Hoy en día…- dice mientras inclina su cuerpo hacia adelante tomando de la mano a su nietita y ella abre sus ojos curiosos en completo silencio -…la tecnología intenta decirte que no puedes vivir sin ella, pero jamás logrará reemplazar la falta de un buen libro en tu vida. Un libro que pueda inspirar desvelos y preguntas y a la vez ayudarte a encontrar respuestas, o tejer mundos invisibles con el hechizo de sus letras. Logrando, como un don oculto, despertarlos en ti apenas comiences a navegar por sus páginas. Así por ejemplo, me sentí yo, como si mi mundo de niña lo viera reflejado en un espejo circular, apenas mi imaginación comenzó a transportarse por intermedio de este maravilloso libro. Mis padres o sea tus bisabuelos, eran unos panaderos de oficio y desearon siempre tener una hija escritora. Por ello antes de que yo naciera y con muchos dolores de huesos los cuales curvan la espalda, producto de trabajar durante años con cortos intervalos de descanso, lograron intercambiar trabajo por algunos libros, pero este en particular, a mi madre le encantaba leérmelo antes de dormir, pues como ella decía: “los libros mágicos prefieren ser leídos en la quietud de la noche.”- Dijo mientras le acerca el ejemplar a la niña para que pueda apreciar sus detalles. Su nieta abre las páginas amarillas para poder observarlo y un embriagador aroma parecido a vainilla, característico de un libro antiguo, inunda su nariz.
-¿Y qué pasó con ellos abuela?- Interroga su nieta.
Hizo una breve pausa y luego suspiró inflando su pecho, como si fuera el de un nadador antes de meterse en aguas profundas. – Como pasa el tiempo, ya no soy aquella criatura…- pensó por un momento.
Tiempos muy duros marcaron su infancia, donde particularmente obtener un libro estaba fuera del alcance para la gente pobre.
-La memoria me falla un poco por la edad, a veces me trae imágenes desordenadas, pero luego poco a poco se van acomodando como piezas de un rompecabezas…-Dijo para comenzar el relato llevando un color muy amable en su voz un tanto frágil-…todo comienza en tiempos muy oscuros, la guerra con otro país vecino nos trajo una ocupación completa de nuestro suelo patrio. Uno a uno los pueblos del interior fueron dominados por el enemigo, pero no conforme con esto, los lideres invasores decretaron como método de propaganda, que todo libro sin contener un espíritu basado en su ideología, fuera secuestrado de bibliotecas, colegios y universidades, y destruidos mediante una gran fogata en una plaza pública a modo de enseñanza para intentar que nuestra juventud, siguiera fervientemente sus ideales entre tanto su estandarte flameaba en lo alto de los mástiles.
Una “lista negra” donde se incluyeron cientos fue creada junto a una policía especial. “Saqueadores de libros” así los llamamos. Soldados de elite quienes se fueron tatuando en su cuerpo el nombre de aquellos textos secuestrados y quemados, pero con un faltante entre toda esa lista, el considerado el más importante de todos y del cual solo existía un ejemplar y hasta tanto no sea encontrado, su tarea nunca podría considerarse como finalizada.-
Sumida en la urgencia por interrumpir, Ana parpadeó varias veces seguidas abriendo también su boca en señal de sorpresa – ¿Este era el libro buscado por ellos abuela?-
Una sonrisa amplia iluminó por completo su rostro avejentado, -Si, mi querida, era este el que ellos buscaban.- Respondió dándole un toque de misterio a su relato. Viendo que por haber acertado en su pronóstico, la niña había enmudecido de contenta, se permitió continuar hablando.
-Este libro fue el pago obtenido por un trabajo pactado entre mis padres y una familia rica, por eso para ellos era considerado como un tesoro, ya que de otra manera nunca hubieran podido obtenerlo. Pero cuando se supo que había comenzado por parte de estos soldados, la irrupción casa por casa buscando secuestrarlo, llegaron a pensar que de un tesoro, se había transformado en una especie de maldición, pues todos los miembros de las familias donde fueron encontrados los libros de esa lista, fueron separados y luego enviados a horribles campos de concentración de donde nunca regresaban, es por eso que enterados sobre esta peligrosa amenaza, lejos de querer rendirse a pesar de sentir al miedo quemándoles por dentro y entregar el libro, luego de un ligero debate entre ellos, decidieron abandonar la ciudad y emprender un largo viaje de huida el cual nos costaría dejar todo atrás, pero jamás permitiendo que la cuchilla afilada de la guerra, logre cortar la raíz de sus sueños.
Tenía casi tu edad cuando esa mañana de gruesa nieve invernal, luego de habernos cortado el cabello hasta casi el hombro y acompañados de una maleta con pocas cosas y nuestra ropa puesta. Emprendimos el viaje de exilio el cual para atravesar gran parte del país, debimos viajar ocultos de la vista de los soldados dentro de sucios y obscuros vagones de carga, durante interminables días para luego subir a un barco que finalmente nos depositó en una pequeña isla densamente cubierta en vegetación y con playas infinitas de finísima arena negra, producto de su actividad volcánica.
Desembarcamos al amparo de una noche veraniega y nos encaminamos hacia una casa donde una familia nos albergó por unos días. Su único hijo, un niño un poco mayor a mi edad, como si amara lo que hacía, acostumbraba a ir al muelle a tocar el bandoneón con inmensa maestría para despedir a los barcos pesqueros. Su padre, un alto miembro de la resistencia, nos entregó papeles adulterados donde nos proporcionaban una nueva identidad, ya que debíamos seguir ocultándonos pues la isla también estaba bajo el régimen del enemigo, pero lejos de la sombra de los “saqueadores de libros”.
Al igual que mis padres con los suyos, comencé una amistad con ese niño y luego de unas semanas mientras tomábamos una merienda dejando a un costado la taza de té me dijo. - Como veo que te gustan mucho los cuentos ¿Quieres visitar un lugar que parecería ser sacado de uno? -
Termina tu té y acompáñalo…- mi madre con una enorme sonrisa dijo agregándose a la conversación -…me hablaron particularmente de ese lugar pero es mejor que lo veas con tus propios ojos.- Las palabras suyas lograron aumentar mi curiosidad.-
Creo que alguien quiere ir al baño…- Dijo la abuela interrumpiendo el relato -…haremos una pequeña pausa para que puedas ir.-
Pero no te vayas. Ya regreso y me sigues contando.- Responde Anita.
Minutos después la niña regresa y se acuesta nuevamente en la cama. El rostro y las expresiones denotan que su nietita está muy a gusto con el relato, por lo que la abuela continúa hablando -…terminada la merienda caminamos durante el atardecer entre enormes plantas puntiagudas, las cuales contaban con el doble de nuestra estatura. Llegamos a la cima de una colina y desde lo alto pudimos apreciar una bella imagen. Un verde intenso coloreaba y llenaba de magnificencia todo el bosque situado hacia el centro de la isla, más al fondo se hallaba un castillo medieval ubicado a los pies de un volcán inactivo. - Al ser considerado un santuario los soldados enemigos no patrullan esta zona, sólo debemos evitar acercarnos al castillo pues esa es su base. Vamos, el tiempo húmedo presente nos ayuda. – Dijo el niño para tranquilizarme, luego me coloque mi abrigo rosa que traía en la mano dado que por las noches refrescaba bastante en esa zona y comenzamos el descenso llevando cierta precaución por donde pisábamos.
Oíamos el tintineo de la fina lluvia de verano golpeando contra las hojas de pinos y otros árboles antiguos que con sus altas ramas ayudaban a cobijarnos. De vez en cuando alguna gota caía desde lo alto y rodaba por nuestra cabeza, en el suelo la hierba apenas cubría nuestros zapatos. Un animal amigo del crepúsculo de cuernos enormes corría asustado por nuestra presencia.
El último rayo del día había desaparecido y fue en ese momento cuando sorpresivamente algo increíble despertó.
Primero mientras dibujaba una danza en el aire apareció una hipnotizante luz amarilla parecida a un diminuto foco, luego otra a mi lado y otra más parpadeando a lo lejos se sumaba, en cuestión de minutos mis ojos no podían dar crédito a lo que veían.
Cientos de miles de pequeñas y mágicas criaturas llamadas luciérnagas, unos insectos que llevan un órgano lumínico en la parte baja de su abdomen, de pronto cobraban vida y zigzagueaban libremente iluminando las plantas y la corteza de los arboles, ofreciéndonos el espectáculo más bello de toda la isla.
El niño me hizo señas con sus manos para que lo siguiera, en silencio seguí sus pasos y me llevó hacia una especie de altar donde, colocados sobre raíces gigantes cubiertas en musgo, se encontraban decenas de tarros de vidrio listos para ser utilizados por los visitantes.
-Una costumbre de nuestra isla…- dijo señalando hacia los tarros vacios -…dice que si deseas algo y quieres que ese deseo alcance más rápido las estrellas, entonces debes tomar algunas luciérnagas y colocarlas dentro para que con su luz tan cercana iluminen tus pensamientos buenos y las estrellas, entre todas las personas de este mundo, puedan reconocer tu alma soñadora. Luego debes soltarlas para que sigan brillando en la noche. Cuando quieras pedir uno puedes venir aquí, ahora debemos regresar pues es muy tarde y en unos momentos empezará el toque de queda. – Terminó diciendo, pero sus palabras me sonaron como lejanas. Sin darme cuenta la combinación maravillosa de éxtasis y felicidad me llevaron a la risa y el niño, poniendo un dedo a mitad de su boca dijo en voz baja – shhh…hagamos silencio, no debemos interrumpir a las luciérnagas – y tratando de silenciarme coloqué ambas manos tapando mi boca, pero él no pudo evitar contagiarse al verme y por un buen rato, ambos reímos sin razón hasta sentir un ligero dolor en el estomago. A nuestro alrededor las luciérnagas continuaban haciendo su danza voladora, tuve que pensar en otra cosa pues mi corazón parecía querer escapar de mi pecho, una sensación igual a cuando mi madre me leía el libro y si hay un momento para atesorar de nuestra infancia, haber descubierto ese lugar tan único y lleno de magia, se volvió el más bello recuerdo de todos.
¿Qué quisieras ser de grande?- Pregunté tratando de olvidar nuestra risa.
Deseo tener un barco pesquero, pero más poder seguir tocando mi bandoneón, eso pedí una noche en este lugar…- respondió el niño - ¿Y tú qué quieres? -
Mi padre apenas sabe escribir su nombre y mi madre, ella si puede leer y con eso ambos se conforman para no rendirse en su sueño de que algún día pueda llegar a ser una gran escritora.- Dije y luego nos quedamos en silencio, unos momentos después retomaríamos el camino de regreso.
Por un tiempo mis padres continuaron trabajando en su oficio de panaderos y yo asistía mientras a la escuela. Viajamos tan lejos de nuestro hogar pero pudiendo mantener vivo la razón de nuestro viaje. Mi madre antes de dormir continuaba leyéndome el libro, regresando poco a poco a esa rutina familiar que tanto extrañábamos.
Pero como si la calma por descuido abriera una ventana y dejara entrar a la temida tempestad, instantáneamente toda nuestra alegría se hizo ceniza al enterarnos de la noticia.
Llamaban a la puerta mediante golpes con bastante insistencia, al abrir encuentro al niño del bandoneón con su cuerpo doblado hacia adelante y tomándose ambas rodillas con sus manos intentaba recuperar el aire de sus pulmones.
Debes venir conmigo a ver esto.- Dijo con su voz un tanto agitada.
Salimos hacia la zona de los muelles y escondidos entre algunas cajas pudimos verlos.
Allí estaban, los tatuajes de su cuerpo con nombres de libros los delataban.
Se encontraban en ese momento descargando vehículos pesados para transporte de tropas, un olor fuerte a gasolina quemada se había impregnado en el aire. Sin poder disimular la expresión de enfado en el rostro, uno de ellos, quien contaba con una mirada feroz y muchas insignias en su pecho, impartía órdenes a algunos soldados. A su lado, otro uniformado de menor rango conversaba con él y claramente pudimos escucharlos.
Están aquí y no nos iremos hasta destruir ese libro.- Decía el de las insignias mientras con su dedo índice le golpeaba varias veces el hombro al otro.
¿Y qué haremos con ellos cuando los encontremos?-
Ninguno saldrá con vida de esta isla, pues debido a su desobediencia los lideres objetaron mi mando.- Terminó diciendo antes de subir a uno de los vehículos para luego abandonar los muelles a toda velocidad. Lo siguió por detrás una larga caravana de camiones transportando soldados con dirección hacia el castillo ocupado por las fuerzas enemigas.
Una inyección de miedo recorrió mi cuerpo, regresamos a contar lo que habíamos visto pero los “Saqueadores” sin perder tiempo y portando metrallas entre sus manos, habían comenzado a patrullar las calles haciendo las primeras detenciones de los que para ellos eran posibles sospechosos. La paz nocturna de las personas se ponía patas para arriba.
A la mañana siguiente, sabiendo que, debido a la ocupación enemiga y a manera de controlar a la población, era habitual pasar hambre en la isla, mediante altavoces anunciaban una especie de recompensa consistente en 10 bolsas de comida para la familia de quien nos entregue en custodia a los soldados.
Debemos confiar. – Dijo mi padre, pero su rostro estaba envuelto en desconcierto, pues nadie le podía asegurar de que no haya intentos por traicionarnos. Horas después los detenidos recobraron su libertad pero con claros signos en el cuerpo de haber sido torturados, lo que incrementaba aún más su temor.
Ese mismo día un integrante de la resistencia apareció frente a la puerta intentando hablar con mi padre.
Han capturado al líder…-dijo-…me temo que continuarán con las detenciones hasta dar con ustedes. Hemos preparado un bote al otro lado de la isla por si hace falta.-
Mi padre bajó la mirada por un momento mientras el hombre se retiraba, por dentro el pensar que tanta gente estaba siendo torturada por nuestra culpa lo hacía sentir muy mal. Mi madre lo abrazó y juntos lloraron. – Debemos entregar el libro, yo mismo lo haré.- Dijo limpiando sus lágrimas – Iremos juntos… – insinuó mi madre –…no te dejaré ir solo.- Mi padre se dirigió hacia mi cuarto donde en una tabla suelta del piso de madera, bajo la cama, escondíamos siempre el libro. En ese mismo momento en el castillo enemigo otra cosa sucedía.
Luego del estrecho abrazo entre los dos, el líder de la resistencia dijo – Hijo, cuando comenzaron a torturarme pensé que nunca más volvería a verte ¿Qué haces aquí, como llegaste?-
Hice un trato con ellos pues tu vida era amenazada…- Respondió con cierta amargura en su voz –…tuve que robar el libro y ofrecerlo como garantía para que te liberen, fue lo único que se me ocurrió viendo pasar las horas después de tu captura.-
-Debemos ir con la familia de la niña, el libro solamente no los detendrá, alguien entre los torturados me señaló a mí y a ellos y los “Saqueadores” los nombraron varias veces, pero en estos momentos se encuentran celebrando por la obtención del último ejemplar de su lista, eso nos dará toda la noche de tiempo para ayudarlos a fugarse.-
– ¡No está!.. – Exclamó mi padre llevando sorpresa en su voz - …he revuelto la habitación pero no lo encuentro.-
Acudimos a buscarlo, pero enseguida nos llamó la atención ver como una ventana golpeaba por acción del viento.
-¿Quién además de nosotros sabe donde guardábamos el libro? - Preguntó mi padre intuyendo a que se debía, mi madre movió su cabeza negando saber la respuesta y en silencio recordé una vez al niño del bandoneón pidiéndome ver el ejemplar.
Con lágrimas en mis ojos y sintiéndome traicionada abandoné la casa, mi padre intentó alcanzarme pero no pudo hacerlo. Atravesé sin descanso una larga distancia y solo me detuve cuando llegué a mi destino.
El mismo lugar de la otra noche me recibió. Clavé mis rodillas en la tierra húmeda y quizás por sentir mí tristeza o por curiosidad, esas criaturas de pequeños resplandores intermitentes se acercaron, al igual que el animal de cuernos enormes, quien comía hierba del suelo sin demostrar esta vez temor al verme invadiendo su territorio.
Algunas luciérnagas se animaron a descansar entre mis cabellos, otras jugaban a iluminar mis lágrimas. Extendiendo mi mano derecha varias de ellas se fueron depositando sobre mi palma, en señal de agradecimiento, delicadamente las acariciaba con la punta de mis dedos. Era como uno de esos sueños que te despiertan con una sonrisa en la mañana. Ciertamente con el tiempo me di cuenta de que toda esa bella ecuación, fue el momento en el cual encontré mi Corazón de Oz, el momento en el cual te das cuenta que todo en lo que tu luz de esperanza crea, realmente puede ayudar a cambiar el mundo.
Sin utilizar algún tarro de vidrio y con mis ojos manteniendo un brillo emocionante igual al de un astronauta pisando la luna, incliné mi rostro hacia las estrellas y como toda soñadora, cerré mis ojos y suspiré fuertemente para luego pedir mi deseo. Cuando volví a abrirlos todas ellas ya se habían ido de mi mano al igual que las de mis cabellos. Entonces todo se hizo real.
Abuela ¿Y qué fue lo que pediste?- Dijo Anita con intriga en su voz, sus ojos dulces se volvieron más profundos.
Algo simple, como todo deseo de un niño que imagina mundos y juega con personas que no existen las cuales van desapareciendo a medida que uno crece.
Que el hombre de las insignias, quien resultó ser un general, tome el libro y lo lea.
Mientras los soldados atrincherados dentro del castillo bebían vino y festejaban por haber completado su misión. Por alguna razón, quizás mágica o tal vez no, algo en la portada del libro que descansaba en una esquina del escritorio de madera, llamó su atención. En cierta forma siempre, aunque sea por una frase o por alguna imagen, estamos conectados a aquellas cosas maravillosas que nos hacen viajar a la infancia, los libros son una de ellas.
Pidió un chofer y a dos soldados para que lo escolten. Bajo la lluvia torrencial llegó al pueblo a bordo de un vehículo militar. Yo hacia unas horas ya había regresado con mi familia. Metralla en mano ingresaron a nuestro hogar. Un olor a aceite y pólvora de las armas invadió el comedor.
-Ya tienes el libro no tiene sentido que nos persigas.- Dijo valientemente mi padre mientras se paraba delante nuestro intentando protegernos.
Se quitó el sombrero que traía una insignia de águila metálica en su frente, lo colocó sobre la mesa y se sentó en una silla, luego del interior de una alforja retiró el ejemplar.
Primero señaló hacia mi ubicación y luego indicó con su mano hacia el libro. Todos observábamos sus movimientos. -Si ella me lee sólo esta parte la persecución termina aquí mismo.- Dijo en tono desafiante.
Permanecimos en silencio por un momento, luego empujé el brazo de mi padre y le dije – está bien Papá, piensa que es un juego como yo lo hago.-
Tomé el libro y viendo hacia la pagina señalada por el general. Leí en voz alta para que todos los presentes pudieran escuchar, incluso como nuestra puerta estaba abierta, mi voz pudo viajar aun más lejos.
“…Y la niña preguntó…-¿Estos sueños de adulto seguirán?-
No…- dijo con su voz un tanto débil el espantapájaros. -…Cuando crecemos en lugar de regalar a los demás lo que nos hizo tan felices de niños, jugamos a ser fuertes; inquebrantables; fríos y duros con los demás. Porque todo en la sociedad está pensado para decirnos que las heridas recibidas en la vida se vuelven las culpables de cambiarnos, de hacernos solitarios. Pero no fue así realmente, esto sucedió en el momento en el cual dejamos de creer. En el momento en el cual a nuestro niño interior le decimos que nuestra infancia no puede ser eterna y lo envolvemos con nuestros miedos de adulto…-
Viejo y cansado, cerró sus ojos para siempre y la niña con el rostro lleno de lágrimas al fin decidió su deseo, el que buscó durante todo su recorrido en lo profundo de esa tierra lejana.
Hombre de hojalata escucha ya lo tengo.- Dijo.
-¿Cuál es? -Preguntó
- Aún cuando su dolor sea tan fuerte, como el mío ahora, que todo aquel quien alguna vez lea un libro, que nunca se permita renunciar a sus sueños y sea siempre un niño o una niña buena…” Cerré el libro y dejándolo nuevamente sobre la mesa, regresé a mi lugar de origen.
-Mis padres murieron hace un tiempo…-El general hace una pausa, sus ojos se vuelven vidriosos y continúa hablando -…y yo, por estar ocupado en mi tarea militar, no tuve el tiempo suficiente para ir a verlos y decirles cuanto los amo. La falta de mi despedida me hizo villano con su veneno, un veneno que fue creciendo poco a poco y con mis latidos vueltos vientos de arena, se fue erosionando mi corazón hasta transformarse en un desierto.-
Tomó el sombrero y poniéndose de pie, abandonó la casa y no regresó jamás. 48 horas después las fuerzas enemigas abandonaron la isla.-
-Abuela ¿Tú piensas que el libro era suyo?-
-Siempre tuve esa intriga. Es tarde, descansa y mañana si quieres te relato otra historia. - Terminó diciendo la abuela con paz en la voz, luego besó a su nietita en la frente, apagó la luz y salió de la habitación.
Extendiendo el libro, la pequeña chiquilla y su madre estaban paradas enfrente de ella. –Ana ¿Nos daría su autógrafo por favor?-
La joven escritora con una amplia sonrisa en el rostro, revisó con su mirada la portada del libro del cual ella era la autora. Dibujados en lápiz había una nena con un oso de peluche en las manos y a su lado una abuela. Homenajeando a quien siempre le relataba historias de niña le puso por nombre “Corazón de Oz”.
Además de dejarles su firma, les dedica una pequeña frase: “Lo que tu creas cambiará al mundo…Haz uno mejor”.
F I N
Para Sofy, Bubu, Mateo, Bauty y Gianna.
© Claudio Alejandro Castro
