El Colectivo

27.06.2019 19:08

El colectivo

Se sentía bastante incomodo saliendo de noche a pesar que años antes lo atrapaba la vida nocturna. Hizo lo que tenía que hacer, ver a una persona y entregarle un par de cosas que le había vendido antes. Necesitaba unos pesos para llegar a fin de mes, las cuentas eran muchas y no le convenía seguir acumulando deudas. Los objetos vendidos fueron una guitarra y un parlante algo viejos y en desuso que guardaba siempre en el armario esperando algún día poder tomar clases y aprender a usarlos. Luego de hacer la entrega y sabiendo que la noche ya no era su amiga y mucho menos lo atraía el murmullo de algún bar, empezó a caminar a paso ligero, el frio comenzaba a apretar por esa zona de edificios altos y como los osos en esa época del año, el hombre una vez cumplida la tarea estaba muy apurado en regresar otra vez a su hogar para poder esconderse del invierno.

Una calle típica de barrio con poca iluminación, algunos postes metálicos pintados en negro con carteles indicando las paradas de las diferentes líneas de colectivo con letras blancas. Luego de revisar los números en dos de ellos se detuvo ante el tercero y suspiró aliviado al ver que era el que buscaba. Tres personas también aguardaban el colectivo. –Muy poca gente a esta hora seguro agarro asiento cuando subo – pensó. Los minutos empezaron a pasar, las luces de los autos a su paso descubrían formas ocultas entre las sombras. Esos minutos se fueron haciendo una marea de eternidad. –Ya viene – volvió a pensar al ver que una chica delante suyo  había encendido un cigarrillo. Eso para el saber popular es un método infalible y no falla nunca a la hora de precisar que venga el colectivo. Pero justo la chica quien tiró al suelo el cigarrillo a medio fumar fue quien estaba de suerte. Otro de diferente recorrido también la acercaba a donde se dirigía por lo que el método solo sirvió para ella y otras afortunadas personas.

Comenzó poco a poco a quedarse cada vez más y más solo y la impaciencia se fue vistiendo  de pánico al ver que ya iba siendo el último y encima en un barrio retirado que ni siquiera conocía. Menos gente en las calles, mas luces de los balcones de los departamentos se iban una a una apagando. Más silencio cortado de vez en cuando por las pisadas de hojas de los ocasionales transeúntes y algunos vecinos paseadores de perros cruzando de vereda a vereda, perdiéndose al doblar la esquina siguiente. –Este colectivo que no llega- a esa altura comenzó con cierta molestia a hablar consigo mismo en voz alta. –Todo por la plata sino, no hubiera venido.-

Una persona mal vestida y de barba muy desprolija asomó por la esquina y se fue acercando hacia el nervioso visitante mientras revolvía los tachos de basura. Todo lo que encontraba en el interior lo iba poniendo en bolsas de diferentes colores. Pasó por su lado y el hombre que esperaba el colectivo con sus manos sudando hizo la vista hacia el otro lado imaginando que se vendría el mangazo de alguna moneda. Pero para su tranquilidad el vagabundo siguió de largo sin decir nada. No hizo más que unos metros cuando el hombre que esperaba el colectivo sacó del bolsillo un paquete de caramelos. Desenvolvió uno y luego tiró al suelo el papel que lo recubría.

El vagabundo se detuvo en seco y retrocedió sobre sus pasos. -¿De vez en cuando pasas tiempo intentando cumplir alguno de tus sueños de pequeño?- Dijo con una voz grave y áspera clásica de todo fumador mientras con su rostro serio y sucio lo miraba fijo a los ojos – pues yo lo hago – agregó y siguió hablando. –Vos no sos de acá, estas vestido con ropa mucho más fina que la mayoría de los vecinos de esta zona.-

Poniéndose blanco por el susto y rogando que el colectivo llegue pronto, el hombre comenzó a buscar en los bolsillos alguna moneda o billete chico que sirva como incentivo para que el vagabundo se vaya rápido y lo deje nuevamente solo. - Dame un segundo que te doy algo para que puedas comprar alguna cosa que te ayude a quitarte el frio – dijo. Pero recordó que lo único que traía encima era el dinero de lo que había vendido hace unos momentos y del cual, no podía darse el lujo de gastarlo.

-No te asustes. Te voy a hacer compañía hasta que llegue tu colectivo. En esta zona me conocen hasta los que roban por lo que vas a estar más seguro conmigo ¿Sabes? Esto es el hoy por ti mañana por mí - agregó mientras levantaba del suelo el medio cigarrillo que la chica había tirado antes– y voy a hacer que tu colectivo llegue rápido.- Encendió el cigarrillo y el colectivo cumpliendo mágicamente con el mito popular comenzó a asomar unas cuadras mas adelante.- Te decía de mis sueños de pequeño- dijo el vagabundo con alegría en la voz al ver que a su manera había auxiliado al desconocido – tuve una vida muy difícil y siempre quise ayudar al planeta y parezca o no este es mi momento para hacerlo. Ojala muchos quieran imitarme- terminó diciendo mientras agachaba su cuerpo para poder tomar el papel del caramelo del suelo y luego colocarlo en una de las bolsas que traía con las cuales separaba todo lo que debía reciclarse.   

Mientras lo veía irse el hombre pensativo subió al colectivo y un muchacho de lentes que venía corriendo también subió por detrás de él. Sacó su boleto y más tranquilo y relajado se sentó en uno de los primeros asientos.

-Lo siento pero no te alcanza – le dijo el chofer del colectivo al muchacho  -vas a tener que bajarte-

-No podes aunque sea llevarme unas cuadras, luego camino el resto. Por favor- rogó el muchacho.

-Lo lamento, salvo que alguien te pague el pasaje, no puedo hacerlo – insistió el chofer

El hombre sentado a unos metros miró hacia atrás y vio como todos los demás pasajeros comenzaron a espiar por la ventana o sus celulares, pero nadie amago a ayudarlo. –Ya veré como salgo de las cuentas- pensó y luego se levantó de su asiento y sacando algo de dinero de su bolsillo se ofreció a ayudarlo. –Gracias, no conozco esta zona soy de otro barrio. Muchas gracias. – dijo el muchacho iluminando su rostro con una sonrisa.

-Hoy por ti, mañana por mí-  Respondió el hombre.

                                               

F I N

© Claudio Alejandro Castro