Kilómetro Cero

09.05.2015 02:37

Kilómetro Cero

 

Le dieron el alta a primera hora en la mañana y con una sonrisa tibia dibujada en su rostro en todo momento, evitó demostrar el nerviosismo que la inundaba por dentro, cruzó la puerta de entrada del nosocomio y enfrentó con cierto temor la calle, luego de haber estado encerrada por más de cinco años. Atrás quedaron las sensaciones de dolor que oprimían su pecho y la llenaban de veneno.

Sentada en la banca viendo pasar los autobuses, respiraba profundamente y se dejaba envolver por la libertad, a la cual durante mucho tiempo, esperó con ansias poder disfrutar nuevamente. Observaba a su alrededor y escuchaba la música cotidiana de los movimientos, gestos, sonidos y palabras de las personas que indiferentes a ella, pasaban a su alrededor absorbidas por la rutina diaria. Buscaba con la mirada, los pequeños detalles imperceptibles a los ojos de los demás. Las hojas de los arboles arrebatadas por el viento del otoño, una hormiga caminando por su zapato, todo lo veía con la admiración de un ciego al recuperar la vista.

Toda la vida que extrañaba durante su largo encierro, se desarrollaba ante ella, pero esta vez no la veía a lo lejos, en la soledad de su blanca y pobre habitación mal iluminada,a través de la pequeña ventana enrejada, a la cual para poder alcanzar, debía trepar por la cabecera de su cama.

La noche la descubrió sentada en la banca llevando una botella azul de agua cristalina, de la cual bebía pequeños tragos de vez en cuando. Cuando la luna grande y redonda asomó majestuosa y radiante de luz entre los altos edificios, unas pequeñas lágrimas comenzaron a rodar por su mejilla, al recordar que la ventana con la cual contemplaba el exterior mientras suspiraba resignada, no le permitía verla nunca.

El último autobús del día llegó, ella subió y luego se marchó, abandonando finalmente con cierta nostalgia, su pasado reciente.

La mañana trajo nuevamente su rutina del amanecer y el médico psiquiatra, arribó al nosocomio buscando tomar su turno. La enfermera luego de saludarlo, le entregó una nota con su nombre escrito con letra de mujer, la cual el médico cuando llegó recién a su consultorio y luego de tomar asiento, colocó sus gafas de lectura y desplegó con calma intentando leerla, mientras disfrutaba un café humeante que aromatizaba su mañana:

“Ha pasado el tiempo entre estas paredes sombrías…tiempos de medicación y joven rebeldía,de llanto por lo duro de los días y del tiempo necesario para abandonar lo negro y obscuro que me llevó en su momento a rendirme…así entre todo ese dolor inmenso…fue parido el comienzo que luego me salvo la vida…comienzo el cual me fue contaminando con lágrimas de emoción y sana alegría, aunque hoy conserve algunos malos ratos y mis manías…pero ya lo malo es pasado, ahora disfruto delas cosas pequeñas…como el olor de las hojas secas del otoño y del ruido al pisarlas...de ser parte de la energía que me da fuerzas para ser quien ahora soy y asumir la enfermedad la cual me consumía…ahora viene el futuro y estar de pie siempre y ser feliz aunque este recuerdo forme parte de mi vida…Como una hoja seca que no siguió el remolino, llegué a sus manos, temblorosa y sin rumbo, sumergida en un mundo irreal...el cual nadie comprendía...salvo usted,que intentó mil veces, una y otra vez, entrar a aquel torbellino y cuando pudo finalmente detenerlo, comenzó mi regreso hacia el kilómetro cero del cual alguna vez partimos…los mudos primeros kilómetros construidos con su esfuerzo,me dieron luego la profunda certeza de mirar nuevamente hacia adelante...pero desde la primera primavera en la cual soñé sueños reales cuando niña, y la pequeña luz naciente dentro mío, comenzó a iluminar mis pensamientos y luego me despertó de la locura, dejando del otro lado del espejo las pesadillas de mundos irreales…- El doctor dejando de lado la carta por un momento, acomoda sus lentes, el café va dejando de humear, toma un sorbo...pero ya esta frío…tan frío como se siente de no haber podido recibir esas palabras de boca de su paciente...deja la taza en su escritorio, y sigue leyendo...-Hubiera querido despedirme personalmente, pero el aire fresco de este otoño, llegó a mi alma y mis pies ya no quisieron retornar hacia los consultorios. Agradezco a usted,todo lo que ha hecho por mí.- El hombre, sintiéndose mas hombre que doctor,dobló la carta, buscó una carpeta fichero y de mala gana, guardó la carta en ella. tomó un recetario, y escribió...extrañaré tu mundo y tu presencia...volvió a abrir la carpeta, colocó el papel encima de la carta doblada, abrió el cajón de su escritorio y la deposito allí...se levantó y se acercó hacia la ventana, con la mirada absorta en la calle como buscando a su paciente perdida, el reflejo del vidrio, le hizo recordar, al remolino de hojas detrás del espejo...al fin y al cabo, se dijo...de qué lado estamos?

Luego quitó con satisfacción en su rostro del fichero de los pacientes internados, el legajo de una mujer valiente. -Por seguir la marejada del mundo moderno ¿Cuanto tiempo estamos lejos de nosotros mismos?- Pensó por último antes de retomar sus tareas cotidianas.

 

F I N

 

 

 

© Claudio Alejandro Castro