La Misma Lluvia

09.05.2015 01:47

La Misma Lluvia

 -Hoy de seguro será un día distinto.- Piensa luego de ver su rostro bien afeitado contra el espejo empañado de vapor en sus orillas. Ya no recuerda cuando fue la última vez en la cual tomó una ducha tan refrescante y prolongada como esa.

Desciende luego de vestirse por las escaleras y la señora tan gentil, que lo había cobijado la noche anterior, le tenía preparado el desayuno.

-Don Walter…– Su sonrisa abierta se asemeja al sol.

-Walteriot-Corrige con su rostro serio, pero luego sonríe.

-Oh cierto…discúlpeme, por un momento olvidé su nombre de juglar. Venga y desayune…- La mujer mientras lo invita a sentarse, tiende con su mano un saco de tela de color obscuro.-…Encontré este saco de tela liviana ideal para esta época del año y era de mi marido y como sabemos, el ya no lo necesitará, entonces pensé en que le quedaría bien a usted.-

-Por su generosa hospitalidad y por los regalos que siempre me brinda, le agradezco doblemente.- dijo con clara alegría en la voz.

-Aquí siempre será bienvenido. Mi hija está viva y es gracias a usted. Por favor no agradezca más y desayune tranquilo, yo debo aun tender la ropa luego de quitarla de la lavadora.- Dicho esto la mujer se retira dejándolo en absoluta soledad. Soledad a la cual Walteriot ya estaba acostumbrado.

Ese verano era tan caluroso y desde temprano, el viento matinal hacía sudar la piel. La mujer desde el umbral de su puerta, se despedía agitando la mano. Walteriot con el saco puesto y llevando por debajo su ropa vieja y remendada, junto a la compañía de algunas bolsas donde trae sus pocas pertenencias y de las cuales nunca se aparta, transita por las calles ya sin tener su rostro polvoriento.

Más tarde corta una flor roja que coloca en el ojal del saco y juega a imaginarse llegando temprano y elegante a una cita.

Se detiene en la pequeña estación de trenes del pueblo y comienza a cantar o recitar poemas dejando un sombrero en el suelo e invitando gentilmente a los sorprendidos transeúntes quienes alegres le dejan alguna moneda. Sube a un tren que lo llevará hacia algún lugar. Al final del recorrido, baja en una gran ciudad y continúa con su trabajo de acercarle música y poesía improvisada a la gente.

Luego de unas horas abandona la estación de trenes y vaga errante y sin rumbo por las calles, mientras el cielo se obscurece anunciando la próxima llegada de la lluvia.

Al doblar en una esquina, un río de gente aparece por delante de él. Algunos señalan hacia lo alto de un edificio ubicado frente a ellos. Todos observan a un hombre llevando ropas negras asomando su humanidad en una de las cornisas intentando saltar al vacío.

La suave lluvia buscando aflojar el calor reinante comienza a caer. Walteriot mira el miedo reflejado en los ojos de cada uno de los presentes e intuye, mientras camina por detrás de ellos y las dagas de los minutos pasan, que ninguno de todos los casuales observadores tomará la urgente decisión, de subir a ayudar al hombre. Lo sabe bien, ya que en algún momento de su pasado, las deudas por problemas económicos lo acorralaron, llevándolo casi a perder todas sus posesiones materiales, pero luego de luchar durante día y noche sin descanso ni resignación, pudo lograr recuperarse. Pero en mitad de ese miedo, convertido más tarde en obsesión a no fracasar, perdió en la dura batalla lo más importante en su vida, a su esposa, a la cual con nada de todo lo salvado del naufragio, le serviría para recuperarla. Por eso sabia que todas las personas presentes en ese lugar y al igual de quien amagaba a tirarse al vacío en ese momento, todos compartían ese miedo a perderlo todo, y por eso, solo cuando mucho aguardarían como un público privilegiado con ubicación en primera fila, la llegada de la policía y los bomberos para que se encarguen del problema.

Un vecino curioso en bata blanca, sale dejando la pesada y dorada puerta de vidrio del acceso principal abierta. Walteriot aprovecha presuroso ese segundo para escurrirse dentro del edificio. Nadie le presta atención, puesto que el espectáculo principal se desarrolla a varios metros de altura por encima de la planta baja.

Una imagen devastadora para los que aman la vida y no se encuentran atrapados en posesiones materiales, era ver a este hombre asomando por la cornisa. Walteriot, quien poseía los encantos de cantar, danzar, recitar poemas y hacer malabares-como los antiguos juglares de la edad media-era un sobreviviente como tantos otros, quienes buscan cambiar al mundo mediante este arte y subsisten, de la enfermedad, el hambre, el frío y por sobretodo, de la indiferencia de la gente, él sabía sobre el cruel significado de esa imagen, y por eso, luego de tomar una botella plástica vacía que estaba tirada en el suelo, sube las escaleras del edificio sin detenerse.

Mientras se dirige hacia el piso alto donde se encuentra ubicado el hombre que intenta saltar, la memoria le trae un recuerdo doloroso. Era una mañana como cualquier otra, donde la pesada lluvia inunda todas las alcantarillas de la gran ciudad. Han pasado los días luego de haberse salvado del fracaso, pero, sin embargo, a pesar de haber salido victorioso, se encuentra  en la estación de tren y su rostro confiesa una profunda tristeza, se dispone a dirigirse hacia el trabajo. Pero en ese momento, decide tomarse el tren que a la inversa, lo alejará de todo, llevándolo a miles de kilómetros de su anterior vida.

Fue en ese preciso momento donde murió Walter el hombre atado a lo material y nació Walteriot el juglar.

Hernán, ahora devenido a empresario, trabajó anteriormente como enfermero en la parte de psiquiatría de un hospital general y conocía muchos casos de pacientes con tendencias al suicidio, motivo por el cual, había insistido en cada reunión de consorcistas, sobre la importancia de enrejar las ventanas que asoman por sobre las escaleras internas de uso público del edificio, dado que, al no tener medidas de seguridad, eran un peligro constante. Pero ahora, aprovechando que, por motivos económicos, los demás habitantes del edificio, desestimaron su propuesta y luego de utilizarlas para poder acceder a la cornisa del décimo piso, asoma su cuerpo hacia afuera, ante la mirada atenta de los transeúntes, ubicados varios metros hacia abajo.

Apoyado contra la pared sucia, no trae prisa en saltar. Un largo cortejo fúnebre de automóviles, debe desviarse dado que el gentío curioso atravesado en la calle, interrumpe el transito. Hernán al verlos pasar, imagina una premonición sobre su próximo destino. Su rostro joven y cabizbajo, se cubre con la máscara del miedo.

Piensa mientras enseña los dientes, en el error de haberle prometido en el pasado a su padre, sin capacitación previa en los negocios y habiendo abandonado su trabajo de enfermero, el continuar dirigiendo la empresa, que había sido fundada hacía muchos años por su abuelo.

La tradición familiar con la quiebra de la fábrica hace algunos meses ha terminado por su culpa y por ello, un sentimiento de vergüenza lo invade y lo llena con sombras y amargura por dentro.

El sonido de una canción cantada a viva voz, comienza a  interrumpir el reinante silencio de los cementerios. Algunos pájaros asustados vuelan bajo la lluvia y Hernán, observa hacia su izquierda, hacia donde se encuentra la ventana por donde accedió a la cornisa, lugar desde donde se origina el sonido. En la calle, ecos de sirenas policiales comienzan a aproximarse.

Unas manos trayendo una rosa colocada dentro de una botella de color azul, sobresalen hacia la cornisa, Luego Walteriot asoma la mitad de su cuerpo mientras extrañado por su presencia, Hernán en completo silencio lo observa.

-He venido hasta aquí porque mi flor necesita refrescarse, y el agua a esta altura es más pura, porque cuando llega al suelo, se oscurece de la tristeza y de los demonios que abundan en el mundo…- suelta Walteriot mientras sonríe -…tal vez no me recuerdes, pero ahora al verte más de cerca y luego de tantos años,  yo lo hago.-

Los bomberos y la policía en la calle despliegan toda la rutina que ya traen preparada para estos casos, buscando alejar a los curiosos. Hernán mira hacia la gente que parecían hormigas pequeñas allá abajo y busca mientras en su memoria algún recuerdo del extraño que estaba frente a él.

-Lamento lo de tu esposa…- Dice con voz y rostro sincero cuando al fin encuentra el recuerdo que buscaba -…no volví a verte luego de aquella vez.-

Walteriot frota suavemente los pétalos de la rosa, como pidiendo un deseo, mientras se cristalizan sus ojos al haber recordado también a su esposa. –Ella que trabajaba contigo en el hospital, me hablaba siempre de la pasión que ponías para hablar de la vida con las personas con tendencias suicidas, las cuales con miedo, pasaban por los consultorios y me hizo conocerte y luego de su muerte, buscando abruptamente el final de mi vida, fui a visitarte y me ayudaste como a los demás.-

-Esa fue la última vez la cual te vi y me alegro, de que te haya servido todo lo que hablamos ¿Cuantos años han pasado de ese momento?-

-Quince años, pero ahora estamos aquí, yo dándole un poco mas de vida a esta rosa, tu intentando irte de este mundo. Quizás, esta mañana cuando me levante y me mire frente a un espejo, el pensamiento que tuve me trajo hasta ti.-

- ¿Cual fue ese pensamiento?-

-Hoy será un día distinto…y necesito que me ayudes para que así sea.-

Hernán pensativo observa hacia el cielo. Un arco iris de hermosos colores brillantes aparece. –Debo verme como un tonto aquí arriba – Dice para luego bajar la mirada.

- ¿Sabes que significa cada amanecer?- Dice Walteriot el juglar con encendida esperanza en su mirada -…quizás, la mejor definición ante los ojos de los demás, sea otro simple día dentro de una marea de hojas de un calendario. Pero, sin embargo, ante los ojos de unos pocos, cada amanecer es en realidad un mundo nuevo que despierta ante ti. Es la oportunidad que todos buscamos y a la cual asistimos sin prestarle la mas mínima atención, pero si quieres sentirte vivo, entonces desafía al día, desafía a la lluvia, la misma que lava las culpas del mundo, la que purifica nuestras almas y la que quita del filo del dolor los momentos felices, aunque sean pequeños, para traer luego una respuesta.-

-¿Aún recuerdas después de tanto tiempo las palabras que te dije ese día?- dice Hernán mientras sonríe.

-Podría incluir a tus bellas palabras que nunca olvide…- dice mientras señala hacia la flor -…a esta pequeña rosa que traje ante ti y que, desconociendo sobre las leyes de la vida, las cuales hablan sobre su corto recorrido, ella igualmente no trae miedo de abrir generosamente sus pétalos y enseñarnos su belleza, sin siquiera saber que existe una palabra llamada muerte, puesto que antes de la llegada de ese momento, siempre primero, viene la vida.

Pero si quieres mejor escucha a tu voz interna, esa que hay dentro de cada uno de todos nosotros, y la que te trae siempre el coraje para salir adelante.-

Sus palabras tiernas comenzaron a impresionar a Hernán, quien comenzó a preguntarse si valía la pena el haberse subido a esa cornisa. Intentó hablar, decir algo en respuesta, pero la emoción era demasiado fuerte. Eso duró algo más de un minuto, pero pareció una eternidad.

Walteriot siguió hablando, mientras una lágrima recorría su mejilla. – Me fui esa noche del hospital, luego de haberte prometido que iba a pensar en todo lo que me habías dicho. Por la mañana, estaba sentado triste y pensativo tomándome la cabeza, cuando por entre las rejas de una ventana abierta, una graciosa mariposa entró y recorrió la casa, la misma que conservaba como un recuerdo de mi esposa muerta, pero ella luego de dar unas vueltas, salió presurosa por la puerta de entrada que también estaba abierta. Me levanté y la vi alejarse mientras danzaba graciosamente y enseguida entendí, que de seguro ella pensó que si se quedaba un momento más, de seguro junto a mí, esclavo de los recuerdos, perdería su libertad.-  

Mientras extendía su mano hacia Hernán, quien atento lo escucha, Walteriot continúa hablando –Vivimos sin darnos cuenta, que con cada acto, vamos modificando el curso de las cosas.

Vine desde muy lejos, luego de tantos años, buscando visitar la tumba de mi esposa. Pero el destino me llevó hacia esta calle y me trajo a este momento, y me dio la posibilidad también de ayudarte, por favor toma mi mano y acompáñame, que juntos iremos a visitar a mi esposa, puesto que aun te debo mi agradecimiento.-

Hernán duda por un momento, pero ya no siente el horrible pánico que te ata al fracaso. Con lágrimas en sus ojos, mueve su cuerpo hacia la izquierda y toma fuertemente de la mano a Walteriot. Quien lo atrae hacia él y lo ayuda a bajar de la cornisa, mientras los curiosos en la calle gritan y aplauden de alegría.

Todos en algún momento de nuestra vida, nos volvemos como una gota lluvia aguardando por un rayito de sol que nos ilumine.

En estos momentos un niño nace en algún lugar. Puede que si cierras tus ojos, su voz de alegría y esperanza escuches. La vida piadosa sin pedir nada, continúa.

 

                                    F I N

© Claudio Alejandro Castro