La Niña
La Niña
Todos corrían buscando ocultarse en cualquier parte de la lluvia. Sin embargo, una niña llevando un paraguas rosa, venía indiferente a lo que sucedía a su alrededor. En saltos dibujaba la figura de una rayuela imaginaria. Su madre, al ver que la retrasaba el juego de su hija, dijo con ternura en su voz – hija, otra vez jugando en la lluvia, vamos que te vas a enfermar – la niña buscó a su madre con la mirada y sin perder los saltos que la separaban del final del juego, se acercó lentamente hacia ella, la madre entendiendo que su hija no traía ningún apuro, dobló su cuerpo hasta llegar a la altura de la niña , para luego exclamar con una sonrisa en sus labios – Si ya llegaste al “cielo” apúrate que te voy a comprar de premio una golosina! – A lo cual la niña con alegría la acompañó de la mano olvidándose de su juego.
Han pasado los años y aquella niña hoy se ha convertido en una mujer, que veía como su hijita ataviada con capa, botas y un paraguas parecido al que ella usaba de pequeña, venía saltando los charcos de agua formados por la lluvia, mientras los mayores corrían desesperados buscando escaparle al intenso aguacero, que se abatía esa tarde sobre la ciudad. Cuando la pequeña niña se acerca a su mamá, esta la toma fuertemente de la mano deteniendo su juego, las dos se miran fijamente a los ojos envueltas en un profundo silencio, el sonido de la lluvia recorriendo las alcantarillas podía escucharse claramente. – Comencemos de nuevo – dijo la madre y juntas y tomadas de la mano, siguieron saltando por sobre los charcos de agua, primero la niña y luego su madre. Cuando por fin llegaron al “cielo” dieron por terminado de esta manera, su juego de rayuela imaginario.
Una pareja de ancianos las observaba como reían y festejaban a lo lejos y bajo la pesada lluvia – ¿Quién fue el que decretó que el mundo adulto debe olvidarse de las raíces que lo transformaran mañana en árbol? - Dijo el anciano de pronunciadas arrugas con cierto aire de nostalgia en su voz, viendo como la madre y la pequeña niña se perdían entre la gente. Su mujer unos años menor que él, lo miró sin comprender lo que decía.
El anciano estira su mano hacia ella y continúa preguntando – ¿Recuerdas ese tango que solíamos tan bien bailar en nuestros años de juventud? – La mujer animándose a la invitación, lo toma de la mano y llevando una sonrisa enorme en su rostro responde - ¿De donde sacaremos la música? – El anciano mientras comenzaban el dos por cuatro bajo la lluvia le susurra al oído - de nosotros mismos – y comenzaron una milonga lenta por la edad de ambos. Las personas escondidas bajo los techos, los miraban sin entender lo que sucedía en ese lugar. Sus caminatas acompasadas, hablaban de lo bien que los ancianos bailaban el tango. Cuando finalizaron, ella reclinó su cuerpo levemente hacia atrás y el suavemente la acompañó con su brazo, evitando de que caiga y mirándola fijamente a los ojos le dijo con cariño en su voz – a pesar de llevar cuarenta años de casados, sigo viendo en tus ojos negros, a esa niña de la cual me enamoré cuando jóvenes y que me despertó a la vida. –
F I N
© Claudio Alejandro Castro
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