La Última Estrella
La Última Estrella
Hace muchos, muchos años, en lo profundo del espacio, vivía una estrella muy joven que colgaba en mitad del cielo. Era apenas visible a simple vista y se encontraba separada de sus hermanas mayores, pero era diferente a todas las demás, porque al igual que nosotros ella también soñaba y deseaba poder iluminar con su luz blanca, el corazón de todas las personas que se encontraban perdidas o solas como ella.
Llevaba tristeza en su mirada, puesto que por su corta edad, su luz se volvía débil y solo podía iluminar los cuerpos celestes que se encontraban más próximos a ella. Suspiraba resignada, aunque no abandonaba su sueño y se imaginaba brillando fuerte como un lucero cuando llegue a mayor y los náufragos perdidos cerrando sus ojos y le pidiendo a su luz, el deseo de ser rescatados pronto y que una inmensa felicidad la invadiría por ese gesto noble y desinteresado de su parte, logrando de esta manera ayudarlos a no perder sus esperanzas.
Mientras aguardaba por ese momento, despertaba por las noches y parpadeaba generosamente con su tibia luz blanca y jugaba con la estela de los cometas que surcaban el cielo y se ilusionaba pensando en que se reflejaba en la mirada de todos los que se animaban a alzar la vista para contemplarla. Pero con el tiempo sentía su vida sin un proposito. Ya no la asustaba el saber que la inmensidad del espacio, la separaba de sus otras hermanas y que siempre se encontró en soledad.
Miraba directo hacia un sol amarillo pequeño que junto a un universo nuevo, comenzaban a brillar y al menos esa visión la hacía sentirse un poco acompañada.
Una de esas noches de rutina, la estrella observó como alguna de sus hermanas, misteriosamente se quedaban a obscuras. – ¿Que estará sucediendo? – Pensaba ella en voz alta.
-¡Yo también lo he visto!- Escucho que le decían. – ¿Quien está hablando? – Dijo sorprendida de que después de tanto tiempo, alguien le respondía.
–Soy el pequeño sol que esta frente a ti – Dijo la voz y ella lo buscó con la mirada hasta encontrarlo.
Justo frente a ella, el pequeño sol estaba rodeado de cinco planetas nuevos que se alimentaban con su calor.
–Las he visto apagándose en los últimos días – dice el pequeño mientras también buscaba a la estrella con su mirada. Las luces de otras estrellas continuaban apagándose y esto los extrañaba a ambos, que en su interior comenzaban a sentir temor al no saber qué era exactamente lo que ocurría.
En silencio continuaron cada uno con su tarea durante todo el día, el sol con sus rayos amarillos alimentando de veranos a los planetas azules y la estrella buscando brillar más y darle esperanzas a los veleros perdidos en el mar. Cuando la estrella estaba por irse a dormir, escucha un – Hola – cercano a ella y buscando con la mirada el origen de la voz, se encuentra dos pequeños ojos rojos en mitad del espacio que iluminaban y de ellos salían pequeños destellos intensos.
–¿Quién eres tú? – Pregunta extrañada la estrella. – Soy el miedo – le responden los ojos rojos y agregan - nací de la soledad de cada una de ustedes, la cual se volvió temor y luego vine yo, el miedo. Voy absorbiendo la luz blanca del espacio y por si no lo has notado, tu eres la última estrella y es por eso que estoy aquí. –
La estrella sorprendida por las palabras del miedo, comienza a buscar con la mirada a su alrededor, notando que las luces de sus hermanas estaban completamente apagadas y siente temor al darse cuenta de la veracidad de sus palabras. Cuando vuelve a mirar hacia los ojos del miedo, se encuentra que ya no estaba y siente que poco a poco, esa luz negra comenzaba a abrazarla, a envolverla buscando apagar su luz.
El sol pequeño dijo con preocupación en su voz - ¿Qué sucede? Siento frio – ella observaba que sus rayos se iban empequeñeciendo y los planetas que lo rodeaban, comenzaban un largo invierno que los congelaba rápidamente – No tengas miedo – dijo ella – por favor, no me abandones- Buscando consolar al sol – no puedo – él le respondía - de repente me envuelve un sueño pesado que no me deja mantenerme despierto – sus ojos se encontraban apenas entreabiertos, a pesar del esfuerzo que hacia vanamente para no quedarse dormido.
La última estrella al darse cuenta de que el sol estaba a punto de morir y sintiendo la obscuridad llegando a su interior, recuerda su sueño y entonces decide entregar su fuente de luz, su corazón. Sin pensar en las consecuencias de su acción, cierra sus ojos por unos momentos y pide su deseo con todas sus fuerzas, luego, como una torre de lanzamiento, su corazón sale despedido hacia el espacio. Ella vuelve a abrir sus ojos y observa con lágrimas de alegría que la inundaban como manantial, como este se dirigía velozmente hacia el sol, cuyos rayos apenas se podían distinguir.
Durante su viaje, el corazón de la última estrella, encontró planetas congelados y cometas fríos que pululaban en el espacio, pero siguió su camino sin desviarse hacia su objetivo.
El sol que estaba temblando y a punto de ser extinguido, sintió un fuerte punzón y luego un fuego que provenía de su interior y que lo encendió por completo, descongelando sus rayos amarillos y a los planetas azules que estaban a su alrededor.
Al fundirse con el corazón de la última estrella, su luz y su calor llegaron mucho más allá de su pequeño universo, las estrellas más lejanas que se encontraban dormidas recibieron este calor y de esa manera, ellas al no sentirse ya solas, terminaron con el alimento del miedo que debió ocultarse en los confines del universo, desde donde jamás volvió a regresar.
Todas buscaron con la mirada a la última estrella, descubriendo con dolor que se había vuelto una estrella negra, inerte y apagada. Sabiendo que su deseo más ferviente la llevó a entregar su vida, juraron entre todas, que su sacrificio por salvar al prójimo, no brillaría en el mar del olvido y ellas a partir de ese momento, compartirían su deseo de ayudar a los náufragos y a los corazones rotos y que cuando las personas levanten la mirada al cielo buscando consuelo. Ellas brillarían aún más, para ayudarlos a entender, que su esperanza, es la luz que alimenta al universo.
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© Claudio Alejandro Castro
