Las cicatrices de Pripyat
Las cicatrices de Pripyat
Los restos de una de las ciudades más bellas, que exhibía en el pasado 50 mil arbustos de rosas símbolo de la cantidad de habitantes, abandonada en su totalidad 36 horas luego del desastre, comenzaron a aparecer lentamente sobre el horizonte.
El muchacho solitario estando próximo al último puesto de seguridad, detuvo la marcha del motor de su automóvil. Los soldados presentes habituados a las visitas lo dejaron continuar sin prestarle mucha atención.
Lo que hace muchos años parecía una próspera y moderna zona fértil, era ahora solamente un vasto territorio golpeado por la erosión del tiempo y, se asemejaba más al escenario de una ciudad después de la peor guerra apocalíptica. Símbolos comunistas caídos y otros carteles envueltos en óxido en los cuales aún apenas podía leerse la leyenda “El átomo es pacífico” continuaban diseminados como basura por todos los sectores. Ríos desordenados de polvorientas máscaras anti-gases utilizadas por los civiles antes de la evacuación, inundaban sus agrietadas calles y lo obligaban por momentos, a suavizar el andar del vehículo.
Unas pocas personas todos ellos de edad avanzada, regresaron a instalarse en esa ciudad fantasmal sin importarles de que aún los niveles, aunque bajos de radiación, continúan flotando sobre las ventanas abiertas de los deteriorados edificios departamentales ubicados en el perímetro del centro, cubiertos mayormente de moho y de grandes plantas crecidas en sus paredes por la falta de mantenimiento. Pero el joven Vladimir sabía que, para evitar contaminarse, debía aventurarse a una visita de no más de 4 horas dentro de ese lugar quizás maldito por el destino. El cielo veraniego con casi unos 30 grados estaba claro de nubes, al llegar al edificio donde vivía de niño junto a su padre detuvo finalmente el vehículo y antes de descender, tomó un pequeño estuche de terciopelo y unos guantes de látex, dado que por cuestiones de seguridad para los visitantes estaba prohibido andar sin utilizarlos, medida tomada para evitar la propagación de tóxicos fuera de los límites de la enorme ciudad atómica.
Luego de atravesar el lobby de acceso de la planta baja donde algunos investigadores y militares desmantelaban una estación médica móvil, debió subir por las escaleras de cemento ya que el complejo por completo carecía de suministro eléctrico. Lo ayudaron a viajar en nostalgia con su mente a momentos muy fuertes del pasado, el tropezar con algunos juguetes imperfectos por el paso del tiempo olvidados sobre el suelo.
Temprano en la mañana de ese fatídico día y mientras comenzaba a derretirse la nieve en las terrazas de los edificios por efecto de la primavera. Quebrando el silencio profundo y como si fuera un mal presagio al peligro inminente, pájaros y animales huyeron antes de que un estruendoso sonido, seguido de un fuerte temblor, sacudieran la tierra producto del sobrecalentamiento y explosión dentro de la planta nuclear, ubicada a tan solo a 25 kilómetros de distancia, despertando a toda la población. Tenía tan solo diez años en ese momento.
Sin que nada lo pudiera detener el agujero creado en el techo del reactor número 4 dejó escapar a la atmósfera tanto humo radiactivo, suficiente como para afectar a la mayoría de los países de Europa central y oriental. La noche de terror se apoderó por completo del cielo de la mañana. Quizás la suerte y los vientos dominantes lograron evitar el envenenamiento de todos los habitantes y su posterior muerte por la exposición a la gigantesca nube creada en apenas unos minutos. Los medidores Geiger llegaron al tope máximo por lo que se hacía imposible poder registrar la magnitud real del accidente. Estudios posteriores determinaron que la cantidad de radiación emitida fue casi 500 veces más poderosa que la bomba arrojada en Hiroshima.
La primera medida fue crear una zona segura dentro de un diámetro de 30 kilómetros alrededor del reactor y la segunda, sacrificar a todos los animales buscando evitar que la catástrofe sin precedentes en la historia, alcancen aún mayores consecuencias.
Su padre, un bombero militar experimentado en situaciones extremas de riesgo fue llamado a presentarse en forma urgente, por lo que apenas tuvo tiempo para despedirse de Vladimir. Ambos vivían solos en ese departamento, su madre había muerto de forma natural años antes. Máscaras antigases fueron distribuidas entre toda la gente, quienes al cabo de unas horas fueron evacuadas dentro de miles de autobuses por prevención, para cuando llegó la noche toda el área estaba completamente vacía y desierta. Enviado con sus abuelos el joven Vladimir creció alejado de su padre y sólo 10 años después pudo regresar a visitarlo. Enfermo de radiactividad y sin poder tener contacto con el exterior, su padre pasó todo ese tiempo en soledad siendo exhaustivamente investigado por sus colegas militares y científicos presentes hasta el día de hoy, buscando aprender sobre cómo reacciona el cuerpo humano al sobreexponerse a los agentes radiactivos.
El ruido de vidrios sonando por debajo de su calzado lo hace regresar de sus pensamientos. Un piso antes de llegar al suyo cruza a una anciana ciega sentada en una silla de madera con su largo cabello blanco despeinado, zapatos bajos y bastón. Tal vez molesta la mujer pronuncia – Vladimir ¿Otra vez jugando en las escaleras? –Y luego insulta en voz baja mientras sostiene entre sus manos un perro de dimensiones pequeñas, orejas largas y pelaje color ocre.
Vladimir continúa su camino y al llegar al piso alto donde vivía, recorre los primeros metros del largo y sombrío pasillo mientras siente como un fuerte escalofrío le recorre la espalda llegando a meterse profundo en su alma. Busca la puerta de entrada la cual se encontraba sin llave. Ingresa y encuentra a su padre de espaldas mirando por la ventana del salón comedor, a lo lejos, hacia el oeste, a simple vista podían observarse las chimeneas muertas de la planta nuclear.
Recuerdo el mar – dice su padre – anoche soñé con él y lo tomé como una señal de que ibas a venir, ese fue el lugar que elegí para enviarte junto a tus abuelos apenas conocida la noticia de la explosión en el reactor. -
Vladimir toma asiento de frente a una mesa verde, las llamas doradas del sol iluminan con un intenso resplandor todo el salón. Su padre camina unos metros alejándose de la ventana para acercarse hasta su hijo y luego de colocar suavemente la mano sobre el hombro, continúa diciendo. – Fuimos prisioneros de los nazis durante la segunda guerra mundial, pero una mañana de primavera como la de hoy, la mayor batalla aerotransportada en la historia se celebró sobre nuestro suelo. 5000 hombres cayeron del cielo y, como resultado del incesante fuego antiaéreo, casi la mitad de ellos pereció antes de llegar a tocar tierra. Buscando que no sean atrapados por las patrullas Nazis, entre los habitantes del pueblo ayudamos a ocultar a los soldados paracaidistas.
Un mes después ya reagrupado y sin importarles el ser superados en mayoría de fuerzas, atacaron al enemigo y antes de que finalice el día, a sangre y plomo nos regresaron la libertad tan esperada por todos nosotros. Más tarde los pueblerinos nos encargamos de la tarea de apagar los focos de incendio que dejó la cruenta lucha y, agotado al terminar el trabajo y con mi rostro sucio, me juramenté llegar a ser en el futuro un bombero con un corazón de noble madera fuerte. Tenía diez años como tú en ese momento. -
El toque de sirena largo y grave para llamar a los bomberos que primero comienza a sonar levemente y como una marea en subida, rebota entre los edificios hasta inundar por completo todos los rincones del complejo fantasmal. Vladimir abre sus ojos sorprendido de volver a escuchar su fuerte sonido.
- Quizás no regrese para poder terminar esta charla ¿Pero sabes una cosa? En nuestra mente el reloj siempre congela su arena de tiempo y aunque sepas que no puedes cambiar tu pasado, aun te queda revivir sus mejores momentos. Ven aquí y dame un abrazo. - Dice su padre. Vladimir se pone de pie y ambos se rodean con sus brazos en un abrazo infinito, algunas lágrimas recorren su rostro.
Suena el teléfono móvil y luego de atender, Vladimir escucha del otro lado de la bocina entre gruesas frituras la voz de su esposa interrogando: ¿Dónde estás? El funeral es mañana. -
-Estoy conduciendo hacia allá, - Con su voz un tanto quebrada responde…- solo hice una pequeña parada. -
-Debes venir a despedirte de tu padre. -
-Eso estoy haciendo ahora cariño…despidiéndome de él. - Suelta antes de colgar la llamada. Su rostro no enseña tanta tristeza pues siempre comprendió que durante esa visita, no se sintió solo dentro de ese apartamento de escalofriantes paredes.
Enciende el auto y abandona ese lugar donde nunca más habrá voces de niños jugando en el jardín y donde la muerte, aún en nuestros días del futuro, viste un traje invisible.
Sobre la mesa verde han quedado un pequeño estuche de terciopelo abierto y dentro una insignificante y efímera medalla al valor, la única recompensa recibida por los familiares de los cientos de bomberos liquidadores y soldados rasos, héroes que no tuvieron la suerte de desfilar en la Plaza Roja o el honor de ser enviados al espacio ni tampoco recibieron entrevistas como los valientes personajes que fueron para la historia. Solo fueron rápidamente olvidados y borrados del relato oficial. Los pocos sobrevivientes, que con una sola subida a la azotea de tan solo 40 segundos, a la gran mayoría de ellos aquel ferviente patriotismo les condenó la vida, pero sabiendo que si no detenían en un corto plazo la peligrosa fuga, a lo largo de toda Europa, millones de inocentes inevitablemente morirían, eran aislados y sometidos a intensos estudios como simples ratas de laboratorio hasta su muerte y luego enterrados en sótanos profundos lejos de un funeral común y de la suerte de una lápida con su nombre, como si recordarlos fuera una incómoda cicatriz para la historia de la Unión Soviética.
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© Claudio Alejandro Castro
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