Las Valkirias

09.05.2015 02:44

Las Valkirias

Intentar cruzar un desierto suele ser una aventura muy desalentadora, sobre todo cuando puede tratarse del más árido y seco de este mundo. Pero, luego de atravesar la ladera de la montaña, cuya cumbre se pierde entre las nubes y que te separa de ese desierto, no esperaríamos nunca poder encontrarnos con nieve cubriendo parte de la superficie. Cuando uno se acerca, logra observar que esa nieve es en realidad, un inmenso tapete de flores blancas, el cual más adelante se confunde entre colores amarillos; azules y rojos, extendiéndose hasta donde se pierde la vista. Esto podría maravillar enormemente a cualquier inesperado topándose con un bello panorama como este. Cualquiera menos a la mujer de ojos brillantes, la cual era la única persona manejando un automóvil por la solitaria ruta ese día.

El humo saliente del motor le advertía, que prontamente debería detenerse, pero le restaba importancia, como a la hermosa vista a su alrededor. El atardecer naciente y el viento ingresaban por la ventanilla abierta, junto a numerosos dientes de león. Al costado de la ruta, algunas víboras se movían entre la vegetación buscando ocultarse, y eran sinónimo, de la pronta llegada de la noche, y con eso, la temperatura bajaría casi hasta el punto de congelación. La radio, su única compañera de viaje, solo emitía hacia tiempo distorsiones y luego largos silencios.

Unos kilómetros más adelante, el vehículo exhaló su último aliento de humo y abandonó la búsqueda. Suspiro resignada al darse cuenta, la enorme distancia aún por recorrer, sacó del interior del vehículo una cantimplora metálica conteniendo agua y sin perder más tiempo, comenzó a caminar.

Al comenzar a divisar el pequeño pueblo costero buscado por ella, el cual no figura en ningún mapa y solo se llega por indicaciones, sintió un ligero alivio. Se detuvo y sentada sobre una piedra enorme, descansó brevemente por unos momentos, cansada, al haber recorrido durante horas, la fría y solitaria ruta. Luego arrojó lejos la cantimplora metálica vacía, se puso de pie nuevamente y se dirigió hacia la entrada principal del pueblo para luego de atravesarla, hallar el único bar del lugar.

- Aquí seguramente podre obtener más información sobre la persona que busco – pensó y luego inevitablemente tosió y, cuando revisó con la mirada su mano, encontró sangre, la cual limpió entre sus ropas.

Ingresó al establecimiento y la recibió el murmullo de las personas, pero de inmediato cuando les llamó la atención el brillo magnifico de los ojos de la extraña mujer visitante, este se transformó en un marcado silencio. Sin importarle, ella caminó mientras el retumbar de sus pasos se escuchaba claramente en todo el recinto. Podía sentir como era atravesada por las miradas curiosas. Se sentó en una silla ubicada hacia el final del mostrador, luego todas las personas, en su mayoría mujeres, continuaron hablando y sus voces volvieron a llenar cada hueco, como si la mujer ya no existiera.

El cantinero de aproximadamente treinta años, se le acercó con un vaso de vidrio opaco. Limpió el mostrador con la servilleta que traía en su hombro y le sirvió un vaso de aguardiente.

– Bienvenida al pequeño pueblo de “Las Valkirias” debes estar congelada – dijo – toma esto y te devolverá el calor del cuerpo inmediatamente. – Sin dudarlo, aceptó el trago y lo tomó de un solo sorbo mientras su mano temblaba levemente – voy a dejarte la botella… – dijo el cantinero sin quitarle la mirada de encima y luego de servirle otro vaso, agregó -…porqué veo que traes mucha sed – la mujer, al sentir quemarse su garganta con el aguardiente, comenzó a toser un par de veces y nuevamente, al revisar su mano, encontró sangre en abundancia.

–Eres igual a ella - dijo el cantinero y la mujer de brillantes ojos, lo busco rápidamente con la mirada. Sacó un pañuelo de tela de entre sus ropas y dijo mientras volvía a toser – busco a la mujer que se parece a mí.-

-Yo puedo decirte donde está ella, pero primero deberás hacer algo – dijo el cantinero con voz sincera.

-¿Qué debo hacer? – Contestó la mujer con intriga. – Primero deberás escuchar una historia.- respondió el cantinero. – No tengo tiempo para historias – dijo molesta la mujer. – Pues deberás tenerlo, si en verdad deseas saber su paradero. –

Sin saber realmente de cuánto tiempo disponía asintió con la cabeza, aprobando lo propuesto por el cantinero y este, luego de acercar otro vaso opaco y de servirse de la botella de aguardiente, comenzó con el relato.

“-Hace muchos años, una mujer perdió a su marido y a su único hijo de ocho años en un terrible accidente en la ruta en la que viajaban. Despertó luego de tres semanas en un hospital y cuando le dieron la trágica noticia, lloró desconsolada durante cuatro días al sentir que había perdido todo lo importante de su vida. Luego cuando pudo calmarse sintió una voz muy próxima. Al revisar con la mirada y no encontrar a nadie no se preocupó y pensó que a lo mejor provenía de otra sala. Pero fue recién al quinto día cuando una niña pequeña, de la misma edad de su hijo fallecido, apareció sentada en una silla cercana a la mujer y era la dueña de esa misteriosa voz.

- ¡Debes vengarte de quien le hizo esto a ti y tu familia!- Exclamaba repetidamente la niña. Durante una semana siguió apareciendo y, cuando las enfermeras o el médico llegaban a ver a la paciente, desaparecía sin dejar rastros. La mujer, no quiso comentar esto con nadie temiendo por el comienzo de la locura.

Seis meses después le dieron el alta y la niña acompañó a la mujer hasta la casa donde antes de la tragedia, compartía junto a su hijo y a su marido. Cuando llegaron, la pequeña se sentó bajo un árbol y dejó a la mujer entrar sola en la casa. Durante las siguientes semanas, cada vez que la mujer veía por la ventana, la encontraba sentada en el mismo lugar, bajo el árbol de ramas flacas y sin vida. Hasta una mañana, cuando simplemente desapareció.

Luego la mujer la olvidó y decidió abandonar su anterior trabajo de doctora y entró a un convento y continuó en soledad con su vida, a pesar de tener que soportar diariamente un inmenso dolor por su perdida. Pero una mañana mientras leía el diario, encontró una terrible noticia. El camionero que mientras manejaba se había quedado dormido y al cruzarse al carril contrario, provocó el trágico accidente. Era puesto en libertad por la justicia ese mismo día.

-¡Debes hacerlo, debes vengarte ahora!- Escuchó que le decían y al bajar el diario. Encontró a la niña sentada frente a ella.

Al ser una monja no le sería muy difícil reunir datos del domicilio particular. Esa noche luego de conseguirlos, guardó un frasco en un pequeño maletín negro y se dirigió junto a la niña, hacia el domicilio del camionero.

Comenzó a llover y eso le recordaba la noche del comienzo de su dolor. La niña sentada a su lado, sonreía enseñando maldad en su rostro. Ninguna de las dos hablaba. Los recuerdos de su marido y su hijo fallecidos en el accidente inundaban por completo su memoria.

Cuando llegaron detuvo el motor y buscó el maletín negro y descendió sola del vehículo, ante la atenta mirada de la niña que se quedó sentada en el auto. La monja golpeó la puerta y un viejo enfermo abrió y se alegró inmediatamente al verla – adelante, por favor adelante…me viene bien la compañía de alguien ya que vivo solo y más aún, si ese alguien es con quien puedo confesar los pecados de mi alma.- y cerró luego la puerta gris, mientras afuera la lluvia se desataba con toda la furia.

Al cabo de unas horas la lluvia se había detenido, la puerta gris de la casa se abrió nuevamente y solo la figura de la monja la cruzó, llevando el pequeño maletín negro en una mano y en la otra, el frasco vacio. La niña descendió del vehículo, para poder ver mejor y comenzó a reír y reír sin parar y luego, se perdió en el obscuro bosque cubierto de cipreses, para no regresar jamás.

Tiempo después, la mujer se enteró de la ubicación por esta zona, de cientos de minas de metal y carbón y, al saber, que las miles de personas trabajadoras en el interior de ellas, enfermaban y luego morían inevitablemente, porqué al gobierno no le preocupaban en lo más mínimo y el hospital más cercano, se encontraba del otro lado del inmenso desierto. Fue por eso, que luego de reunir unas pocas cosas y decidida a ayudar, escapó del convento y buscando olvidar su triste pasado, hace veinte años se aventuró a un viaje para el cual debió atravesar a pie el continente por completo y llegar a este lugar ubicado cerca del océano, el cual estaba completamente desolado.

Fue la primera en instalarse aquí. Luego, numerosas mujeres de todas partes del mundo, las cuales en cierta forma compartían un dolor parecido al suyo. Al conocer su historia de soledad y sacrificio llegaron para sumarse en la ayuda. Las tiendas se fueron multiplicando, hasta que se formó una gran aldea y finalmente se fundó este pueblo.”

“Las mujeres que vinieron a salvar a los hombres“. Por eso se decidieron a llamar a este pueblo “Las Valkirias”. –

La mujer tosió nuevamente y suspiró aliviada, imaginando estar cerca de la conclusión de la historia, limpió la sangre con el pañuelo de tela y lo buscó con la mirada – puedes decirme ahora ¿Donde está ella?- Dijo. – Soy un hombre de palabra. Por eso voy a cumplir con lo prometido… – respondió el cantinero y señalando hacia afuera, agregó –…Continúa por el camino principal hacia el final del pueblo, encontrarás allí una tienda de hospital y a su lado, una pequeña iglesia. Ese es el lugar donde ella vive ahora. –

-¿Cuánto te debo?- preguntó la mujer. – Nada… - Respondió –…Has escuchado pacientemente la historia, entonces no me debes nada. -Terminó diciendo, mientras retiraba la botella de aguardiente y los dos vasos opacos.

La mujer se puso de pie y presurosa abandonó el bar y tomando el camino señalado, se dirigió hacia el final del pueblo. Halló el lugar donde se ubicaba el hospital y a su lado, una pequeña capilla con flores en la puerta. La recorrió entera pero no encontró a nadie en su interior, solo flores en agua recién recogidas se encontraban por todas partes y su dulce aroma, recordaban la primavera. Cuando caminó por el exterior de la capilla yendo hacia la playa, encontró una tumba con signos de haber sido hecha en los últimos días. Se acercó y mientras tosía, reconoció el nombre de la mujer escrito sobre la lapida. Se sentó de frente viendo al mar y continuó tosiendo con más fuerza intuyendo próximo el final de su camino. Maldijo por lo bajo lamentándose por no haber llegado antes.

El cantinero apareció y parándose frente a ella dijo – eres igual a ella, salvo por el brillo intenso de tus ojos.- La mujer al encontrarse tosiendo con insistencia, no le pudo responder. El cantinero continuó hablando. – Aquí fue donde ella entró en paz con su alma y con Dios, y luego, finalmente perdonó a la persona que le había hecho tanto daño en el pasado e inclusive, pudo llegar a perdonarte a ti.

Luego terminó diciendo mientras observaba el nombre grabado en la lapida. – Murió hace una semana y el desierto, comenzó a reverdecer en ese preciso momento.- La mujer tosió nuevamente y se limpió con el pañuelo de tela, ya empapado completamente en sangre. El cantinero se acercó hacia la mujer convaleciente y arrodillado le murmuró al oído. – Esa noche, cuando tú estabas dentro del auto. Yo estaba junto a ella en el interior de la vivienda y fue por eso, que tu plan de venganza no se llevó a cabo. El camionero pudo confesar sus pecados y recibió palabras de amor que tocaron su corazón. Estas simples palabras, ayudaron a cicatrizar sus heridas y le sirvieron para poder aferrarse aún más a la vida, y luego vivió durante muchos años más.-

La mujer lo miró sin llegar a comprender sus palabras, el cantinero se puso de pie y dándole la espalda, comenzó a contemplar el cielo y el mar. Las primeras luces del amanecer, transformaban la obscuridad en brillantes colores. La brisa recorría la orilla y era tan fría, que volvía los rostros duros. Las débiles olas que rompían bajo sus zapatos parecían acariciarlos. La mujer lo observaba con mirada curiosa mientras seguía tosiendo, y fue cuando tuvo una leve visión, de que a espaldas del cantinero asomaban unas enormes alas.

El cantinero giró el cuerpo y luego interrogó a la mujer que se encontraba sentada cerca de la lapida – tu final se acerca, pero viniste aquí con un propósito ¿Quieres decirme cual es?-

Ella tragó fuertemente saliva y dijo con resignación y alivio.- Desperté cuando su familia murió y como la parte obscura que soy, quise engañar a esta mujer. Pero ahora me doy cuenta, quien fue realmente la única engañada. Me despido arrepentida por mi error en su momento, merezco mi destino y solo vine por qué quería pedirle perdón. Ahora, necesito que me respondas algo.-

-Adelante - dijo el cantinero – pregunta. -

-¿Quién eres tú y como sabes tanto de mí y de ella?- Interrogó la mujer, que había dejado de toser y ya sin fuerzas, sentía como su vida junto al magnífico brillo de sus ojos se iban apagando. Pero a pesar de ello se halló tranquila y sin miedo, al haberse enterado sobre su perdón.

- “No se puede escapar del pasado y cada uno de nosotros, debe finalmente terminar su propia historia”. Fueron sus últimas palabras – recordó con melancolía el cantinero. – Soy su hijo.- Terminó diciendo con alegría en la voz, mientras seguía contemplando el bello amanecer, que continuaba bañando el cielo con luces espectaculares. Más tarde sobre la playa, quedaron dos tumbas.

F I N

© Claudio Alejandro Castro