Las venas de Arcadia
Las venas de Arcadia
Esa noche mi padre totalmente ebrio comenzó a golpear salvajemente a mi madre. A consecuencia de sus heridas y sin que mi padre la llevara a un hospital, ella agonizó y falleció días después.
Era una mañana fría de invierno cuando totalmente enceguecido por el odio y el rencor decidí tomar venganza por su muerte. Alertada por los vecinos la policía se hizo presente en la granja donde vivíamos y sin tener a nadie que pueda declarar a mi favor, el tribunal, desoyendo el argumento de defensa de mi abogado pagado por el estado, bajó el martillo decidiendo injustamente mi condena a cadena perpetua por la muerte de mis progenitores.
En el mundo real, cuando eres pobre, a diferencia de las tradicionales historias de crimen y castigo, no siempre hay un claro sentido de justicia. En ese momento tenía 15 años y ya pesaba sobre mi mente el espectro de mi padre asesinado con mis propias manos.
Arcadia, en la mitología poética antigua, era una especie de paraíso ficticio donde abundaba la felicidad y la paz en todos sus rincones. Pero en el mundo real de mi época, 1930, la prisión con el mismo nombre ubicada en una zona desértica y pedregosa y a los pies de una montaña, donde pagaría mi condena, tenía forma de pozo infernal y su entrada se asemejaba bastante a las fauces de un lobo y devoraba por igual tanto a pecadores como a inocentes.
Las cadenas y los grilletes metálicos (herropeas) que traía colocados en brazos y piernas eran tan pesados que te impedían imaginar algún intento de fuga.
-Miren el sol del atardecer y respiren muy fuerte- Dijo el guardia parado en mitad del camión de transporte de presos quien llevaba una escopeta entre sus manos – atesoren todo esto porque no volverán a verlo ni a respirar aire fresco mientras vivan. -
Vestido con un traje gris y negro a rayas al igual que todos los demás presos, no pude evitar ponerme nervioso temiendo por mi suerte dentro de ese lugar -Hijo, siempre estaré contigo. - Dijo mi madre quien estaba sentada a mi lado.
-Tú…- dijo el guardia dirigiéndose a mí -…te llamas Sadko verdad? -
Asentí con mi cabeza en silencio mientras observaba hacia el lugar vacío donde antes estaba sentada mi madre.
-Debes saber que ser tan joven aquí es la peor maldición. – Dijo con cierta burla para luego echarse a reír muy fuerte contagiando con su risa a los otros presos que viajaban con nosotros y luego continuó hablando – para los que no conocen la historia de este lugar al que prefieren no marcar en ningún mapa ya que nombrarlo es sinónimo de desgracias – dijo señalando hacia el frente – en sus profundas entrañas se extraen diamantes y se utilizan presos porque a la sociedad no les importan en lo más mínimo, como tampoco sus vidas, ya que la estructura fue construida en una falla geológica y su movimiento incontrolable provocan derrumbamientos al igual que los de hace una semana, dónde los temblores enterraron vivos a 40 de ustedes y nadie se preocupó en intentar rescatarlos o en buscar sus cuerpos. Recuérdenlo cada día al despertar, si es que logran despertar porque trabajaran sin cesar durante toda su condena. A partir de este día, son solamente mano de obra barata y desechable. –
Al escuchar su relato todos los presos automáticamente dejaron de reír y llenaron su mirada con una pesadumbre igual a la mía ante su futuro incierto y negro como noche sin luna ni estrellas. Mientras nos acercábamos a las gigantescas puertas ubicadas en la entrada, un olor raro y nauseabundo, como aliento del infierno, comenzó a inundar todo el aire a nuestro alrededor.
Luego de descender del camión en la parte de estacionamiento fuimos marchando torpemente a pie dirigiéndonos hacia el túnel de acceso, algunos presos con miedo en sus ojos vomitaron hasta vaciar sus tripas mientras nuestra vista se iba acomodando a la mezcla de luces artificiales y sombras reinante, otros simplemente lloraron y hubo quienes se animaron a mirar para atrás antes de comenzar sorpresivamente a levantar sus brazos como si estuvieran teniendo un cierto festejo, que era algo irritante de ver por sus incómodas notas de alegría bañadas en lágrimas de amargura. Como si fueran seres marginados de la peor calaña dignos de aceptar sufrir todo el mal que se le presente, pero a su vez, aceptando despedirse de lo que quizás nunca vuelvan a ver otra vez, el odioso aroma a vida del exterior.
Los guardias fuertemente armados nos hicieron formar una fila dividida en dos columnas mientras ellos se mantenían en ambos extremos sujetando las correas de decenas de feroces canes expectantes quienes enseñaban sus colmillos afilados. Altavoces ubicados bajo las luces de los reflectores de las altas torretas construidas en madera repetían instrucciones constantemente – manténgase en la fila y no intenten salir o automáticamente los centinelas abrirán fuego. Si alguno tropieza y cae será entregado a los perros quienes se encargarán de su cuello y su sangre sin que nadie los detenga. –
Era claro el mensaje de que lo mejor era hacer caso a sus reglas si querías sobrevivir dentro de esa prisión.
No pudimos evitar girar la mirada cuando nos envolvió el fuerte sonido de las gigantescas puertas al cerrarse, era algo parecido a ese mal sueño donde te entierran y sabiendo tan cercano el abrazo de la noche eterna, observas sin poder hacer nada cómo van poniendo clavo a clavo la tapa del ataúd mientras va cayendo paladas de tierra y te consume una terrorífica sensación de asfixia.
-Estoy aquí hijo. No sientas miedo- la voz de mi madre sonó muy cercana. Pero mi principal problema no era el miedo, era percibir sobre la piel de otras personas arañazos de la locura. La cual podía ver sus señales en las miradas pérdidas de los presidiarios más antiguos, de cabello blanco, quienes cargaban bolsas con leña sobre sus espaldas encorvadas y que íbamos cruzando en nuestra lenta marcha a medida que nos íbamos sumergiendo en las profundidades de ese infernal mundo subterráneo.
Demoramos varias horas en llegar a nuestra primera parada, otros presidiarios nos ayudaron a quitarnos el peso de los grilletes quienes luego nos indicaron entrar a un amplio salón comedor donde se dispondría la repartición de la cena del día. Los ventanales en los laterales eran ocupados por guardias que vigilaban toda la zona.
Cansado, pero sin hambre decidí sentarme con la única intención de tomar solamente agua y quizás eso molestó a los presidiarios de la otra mesa quienes se reían y hablaban entre ellos mientras no me quitaban la mirada de encima.
Uno de ellos se puso de pie y se acercó con actitud amenazante. -Quiero el collar que llevas en el cuello- dijo en tono alto intentando asustarme, pero no tuvo en cuenta que jamás pensaría en entregar lo único que me quedaba como recuerdo de mi madre. Aprendí un poco de boxeo en la escuela, pero nunca imaginé que sus amigos iban a sumarse y en un momento eran tres contra uno, algo que parecía enaltecer a los demás presos que alentaban y aplaudían lo que parecía una segura masacre, la mía.
Creo que quizás haya sido casualidad o algún movimiento del destino, pero mientras me tomaban uno de cada lado y otro me golpeaba, apareció un sujeto con piel oscura por detrás y tomando los dedos de la mano de uno de los que me sostenían giró rápidamente su brazo hasta romperlo, luego golpeó al otro entre sus piernas quien cayó al piso de rodillas. El tercer presidiario levantó sus brazos en señal de no querer pelear y dijo -cacique, no quiero problemas contigo- antes de retroceder buscando alejarse.
-Me debes un ayudante- dijo el hombre mirando a quien parecía ser el jefe de los guardias quien justo entraba por la puerta del comedor trayendo un látigo de cuero el cual movía con mucha agilidad mientras hacía sonar un silbato.
-Cacique, llévatelo y quiero que aprenda bien tu trabajo o ambos se arrepentirán. - Respondió con un tono de voz muy grave casi ronco para luego dirigirse al resto de los presos, era tan alto que su rostro sobresalía por ecima de todos los demás. - Los demás sepan que para la mayoría fue la última cena ya que se procederá a seleccionar entre quienes descenderán a los niveles inferiores y quiénes quedarán para los trabajos de la superficie. Ellos tres serán los primeros elegidos - señalaba hacia los que me habían atacado momentos antes y aprovechaba la situación para enviar un mensaje de regla/conducta para todos los demás.
-Seguirme- dijo viéndome fijo a los ojos el hombre de piel oscura -Confía, estarás bien- dijo la voz de mi madre y eso ayudó a decidirme en acompañarlo viendo las pocas opciones presentes para elegir.
Si hablamos en términos de perder o ganar por la situación anterior y a pesar de haber terminado bastante golpeado por parte de esos tres. Me fui retirando con cierto sabor dulce a justicia en mi boca cortada y sangrante pero ahora debía preocuparme por saber quién era el misterioso hombre y que tenía planeado para mí.
Observé que era alto, muy delgado y de mentón fuerte. Elegí mantenerme en silencio mientras lo acompañaba.
-Saber de crianza de animales- dijo quebrando el silencio.
-Crecí en una granja- respondí.
-Arcan es mi nombre- agregó a modo de presentación.
-Me llamo Sadko- dije
-Tu edad tenía cuando llegué- suspiró con un dejo de nostalgia luego de comentar.
-Fui sentenciado por asesinato- siendo la única persona que habló conmigo en mucho tiempo decidí ser totalmente sincero -pero soy inocente, al menos con la muerte de mi madre. -
-Tendremos cierta libertad que no conseguir en otros niveles – quizás Arcan no quiera saber sobre mi historia pensé mientras lo escuchaba y por eso eligió cambiar de tema - inclusive alimento en abundancia, pero siempre deberemos tener listo nuestro trabajo para el día siguiente. Cumple tu parte en todo esto y será el precio que te mantendrá con vida. – Continuamos el resto de la caminata en silencio. Hasta que no aguante más y dije -gracias por tu ayuda. -
Se detuvo en seco al escucharme y dijo -Lo que haber hecho en el pasado es tu cruz y no mía. Pero tampoco pensar que de alguna manera hacer redención conmigo. Deberme una, no olvidar y tampoco intentar traicionar o pagarás sus consecuencias. -
Sin salir de ese nivel pasamos a otro sector donde había algo que jamás hubiera imaginado encontrar en ese lugar.
Especies de pesebres llenos de pasto divididas por maderas formaban los corrales. Los caballos en todos los colores de pelaje: Moro, Castaño, Zaino bocifuego, Alazán y Tordo se alimentaban entre tenues luces de antorchas y sombras.
-Eso hacer aquí - dijo Arcan - y esa tarea hacer desde pequeño en mi tribu y antes mi padre y su padre y así por mil ancestros. Criar fuertes y nobles caballos. -
Se veían bastante engordados y sobre todo muy sanos y fuertes. Arcan durante semanas me fue enseñando todo sobre el arte patriarcal de cuidar caballos. Desde temprano comenzábamos con la diaria tarea de alimentar, limpiar su pelaje y entrenamiento exhaustivo. Contábamos con equipos de vagonetas de caja de madera que serían arrastrados a fuerza de músculo y sangre a través de rieles, los caballos debían transportar toneladas de escombros extraídos de los niveles inferiores sin descanso alguno. Mediante poleas y arneses los que se encontraban listos para el trabajo descendían y de esa manera también recibimos desde la superficie los reemplazos ya que la mayoría de ellos no llegaba a cumplir los cinco años de trabajo forzado. Al igual que muchos presidiarios quienes morían por agotamiento debido al durísimo esfuerzo al que eran sometidos o se mataban entre ellos cuando la luz de la razón y de la moral se recluían en los espectros de la oscuridad asomando finalmente los filosos dientes de la locura para dar sus peligrosas mordidas de crueldad, comparables quizás a las bestias más salvajes en el orden natural.
El jefe de los guardias con su mirada de maldad pura nos visitaba cada tanto para revisar nuestro trabajo y también para seleccionar caballos, cada vez los elegía más jóvenes para que puedan soportar la pesada carga. Fue la primera vez en años que vi a Arcan perturbado y molesto.
Con el tiempo fui enseñándole mi idioma y Arcan fue enseñándome el suyo, inclusive era tan suave y agradable escucharlo al pronunciar que lo usábamos para comunicarnos y darles órdenes a los caballos.
A veces teníamos que subir a la superficie trasladando a los caballos con sus ojos completamente vendados cuidando que la luz del sol los cegara y que terminen inservibles y sin vista.
Una noche de verano Arcan, que siguió una sugerencia mía, pidió permiso para llevar a los caballos más viejos a la superficie evitando de esa manera la luz fuerte del día.
-Es mejor ver algo alguna vez que hablarles a los oídos cientos de veces de ello. –
Fue lo que dije para convencerlo.
Una vez afuera y bajo el manto infinito de estrellas Arcan se quitó la camisa y luego se puso a cantar en su idioma, noté que su espalda estaba llena de cicatrices de quemaduras.
- ¿Puedo preguntarte algo? – Dije interrumpiendo.
Arcan asintió con la cabeza permitiendo que siguiera. -Me habías contado que tenías mi edad cuando llegaste aquí. –
-Fuimos invadidos – comenzó con su relato - y por lo que recuerdo toda nuestra aldea fue masacrada, solo yo siendo de los más jóvenes pude escapar corriendo y llegué tan lejos que cuando me di cuenta estaba en mitad de un pueblo de calles empedradas al que no conocía, fui vagando de casa en casa buscando algo para comer y tratando de comunicarme con la gente del lugar, pero era imposible ya que fue mi primer contacto con una civilización externa.
Jamás me había alejado de mi tribu pues estaba prohibido salir de los límites de las montañas. Los aldeanos avisaron a las autoridades que luego de encerrarme tuvieron una especie de juicio corto donde decidieron enviarme aquí. Solo por no saber su idioma fui torturado con fuego y declarado culpable y no volví a ver a mi gente. Esa es la justicia que recibimos quienes no somos del mismo tono de piel igual a los tuyos. Aunque ancestralmente éramos dueños de estas tierras a nadie pareció importarle en lo más mínimo.
Cometí el crimen de ser el último descendiente de una tribu y hablar en una lengua muerta. - hizo una pequeña pausa antes de seguir -para los seres queridos nunca existir el olvido – dijo con su frente viendo hacia la luna redonda y clara – y sus espíritus rondarán nuestros días. Digo esto porque la diferencia entre nosotros es que tú te lamentas noche a noche por un ser querido mientras yo llevo por dentro las voces de todos mis antepasados y, si a pesar de tener este dolor tan abrumador e inmenso, puedo seguir respirando, entonces tú también puedes hacerlo. Que tu madre sea tu pequeña luz, tu chispa y fortaleza para poder mantener la esperanza de que alguna vez, a diferencia mía, que mis huesos son muy viejos y aunque ya no esté contigo, de que podrás encontrar la manera de salir de las garras de este infierno. – Luego continuó cantando en su idioma.
Me alejé de él buscando una pequeña pausa para estar en soledad, elegí una piedra para poder sentarme a disfrutar del silencio de la noche.
-Perdón mamá - dije con mucha rabia y lágrimas en mis ojos – perdón por no haberte defendido esa noche y dejar que el miedo paralice todo mi cuerpo y también por condenarte a vivir junto a mí en este lugar tan sucio y olvidado. -
-Debes dejar de atormentarte por lo sucedido hijo. Nunca fue por tu culpa. – Respondió mi madre sentada en otra piedra.
-Sadko, debemos irnos. – Gritó Arcan en ese momento viendo que faltaban pocas horas para el comienzo de los primeros rayos de luz del día. Nuestro deseo de que los caballos más viejos logren, aunque no se repita, ver con sus propios ojos el mundo exterior antes de morir, había sido cumplido.
Luego de ese día nos fuimos haciendo más amigos y cuando tiempo después Arcan murió sentí como si mis ganas de continuar se vinieran completamente abajo.
En ese momento estaban forzando tanto a los caballos que inevitablemente morían aumentando constantemente su número diario. Los rumores hablaban de que habían encontrado una nueva veta la cual era muy grande y por ese motivo había el doble de escombros para extraer. El jefe de los guardias exigía más envíos de caballos con una frecuencia de entrenamiento mucho mayor a la normal. Sentía como si todo iba cuesta abajo y no podía hacer nada para detenerlo.
Ver la silueta de mi madre caminando entre las caballerizas fue un claro mensaje de que quizás la desesperación por cambiar las cosas poco a poco se estaba transformando en locura, pero me provocó cierta curiosidad cuando ella se detuvo donde estaban los recién llegados y miró hacia su costado como si algo hubiera llamado su atención.
- Sadko ven - dijo.
Para mí sorpresa algo extraño aconteció. Nos habían entregado una yegua embarazada sin que nadie se hubiera percatado del error y con todo el esfuerzo del traslado más el cansancio del día provocaron que se acelerarán sus contracciones. El trabajo de parto de la cría estaba comenzando.
Sabía que necesitaba una caballeriza más amplia por lo que sin perder tiempo decidí moverla a una con mayor espacio para luego ayudarla a echarse sobre el suave pastizal. Varias horas después nacía una hermosa potranca, la primera en el cautiverio de Arcadia, pero inevitablemente debido al agotamiento sufrido su madre falleció.
-De todas las cosas que puedas hacer hay una sola de la que nunca te arrepentirás. De haber sido valiente en los momentos más duros en esta tierra. - Dijo sonriente mi madre quién se encontraba parada a mi lado.
La potranca era preciosa, de pelaje colorado muy brillante, con cola y crines amarillos y patas blancas de igual color a la línea que atravesaba su frente.
-Madre ¿Recuerdas la historia de la bella doncella Persefone perteneciente a la mitología griega que me contabas cuando era niño? Creo que por su forma parecida la llamaré Kore, que significaba hija. -
-Sadko, - respondió mi madre mientras observaba cómo limpiaba con un trapo y agua la sangre del pelaje de Kore – estas muy preocupado por cómo podrías detener la matanza innecesaria de caballos y creo que no estás atento a la respuesta. Solo debes imaginar a Arcadia como pulmones que necesitan aire para respirar. Piénsalo y entenderás a lo que me refiero. –
Continué higienizando a Kore sin poder dejar de pensar en las palabras de mi madre.
Arcadia produce diamantes. Pero ¿Qué es más necesario inclusive que los propios presos para poder obtenerlos?
Viendo hacia el trapo manchado la respuesta apareció de repente, si le quitaba las venas a Arcadia entonces no podría seguir siendo productiva para nadie y mis caballos eran la sangre y fuerza principal con la cual se transportaba todo el oxígeno para los pulmones de Arcadia.
Las siguientes semanas comencé con un entrenamiento distinto para toda la tropa de caballos. Siendo animales muy inteligentes ellos iban aprendiendo a contar el número de vagonetas que les iban enganchando antes de tirar de ellas. De ser tan dóciles y obedientes en el pasado pasaron a ser totalmente rebeldes e intratables, aprendieron a decir: ¡No!
18 era el número máximo que estarían dispuestos a acarrear y sin importar los castigos que les dieran ellos no se moverían hasta que el exceso fuera desenganchado.
Así fue como logré bajar el injusto número de animales muertos llegando a niveles ínfimos y eso también permitía que los caballos al final del día no regresaran tan agotados.
Kore iba creciendo y poniéndose cada vez más fuerte. A pesar de las frecuentes visitas de inspección, del jefe de los guardias, me arreglaba como para mantenerla escondida y lejos de su vista evitando de esta manera tener que enviarla siendo tan joven a los niveles inferiores. Pero toda bendita calma nunca es duradera.
Las noticias que iban llegando empezaron a no ser muy alentadoras. El impacto ambiental de 200 años de minería en Arcadia comenzó a dar su mal fruto. Movimientos sísmicos cada vez más prolongados en los niveles inferiores podían sentirse, aunque con menor intensidad sobre los primeros niveles.
La forma de pararlo hubiera sido detener todo mientras se evaluaban las consecuencias. Sin embargo, lejos de usar una lógica coherente, el jefe de los guardias intensificó aún más las tareas de trabajo volviéndose algo totalmente peligroso para todos.
Con el correr de las semanas los niveles sísmicos aumentaron en frecuencia y duración y los muertos se duplicaron. Los efectos, cada vez más intensos, comenzaron a repercutir en las zonas aledañas a Arcadia. Inmensas rocas que caían desde las altas montañas que nos rodeaban fueron bloqueando el camino de entrada a la mina. Nada se aproximaba a Arcadia, ni siquiera el habitual envío de camiones transportando presos y caballos. Cuando las antenas de radio también fueron arrastradas por las rocas quedamos totalmente incomunicados con el exterior.
Invadidos por el terror a perder la vida decenas de guardias renunciaron a sus puestos de trabajo y luego partieron para no regresar nunca más, esto generó una evidente disminución de la seguridad y como cada vez era mucho mayor el número de presos contra el de guardias, fueron sonando más fuerte los rumores de sangrientos motines ocurridos en los niveles inferiores. El miedo a la inminente muerte, que como tierra húmeda podía olerse en el aire, fue viciando los corazones. Primero descomponiendo rostros y almas para luego dar paso al caos, que fue subiendo desde las podridas entrañas de Arcadia hasta propagarse, mudo y furioso, por todos sus oscuros rincones.
Ocurre siempre que mientras más cuidamos algo somos más propensos a cometer errores y ese día me había relajado tanto que olvidé esconder a Kore entre las caballerizas más alejadas de la luz. Ella corría entre los corrales cuando vi emerger de entre las sombras al jefe de los guardias, sentí en ese momento como un gran escalofrío recorría mis hombros y luego bajaba por mi espalda. Sus ojos estaban tan negros que ya no reflejaban la luz de las antorchas y era como una visión que atormentaba.
-Necesito ahora unos caballos – gritó y para dejar claro su pedido comenzó a palpar su arma reglamentaria.
Mi corazón comenzó a latir aceleradamente cuando sin dudar el jefe, con una sonrisa de hiena encarnizada teniendo cercana a su presa, sacó su látigo y se abalanzó sobre Kore intentando poder atraparla. Fue ese minuto en el cual sin pensar en otra cosa me precipité buscando sujetar con fuerza su mano evitando que diera un latigazo que la hubiera lastimado. Comenzamos un forcejeo que se prolongó por unos minutos.
Entonces un estruendo formidable comenzó a resonar por todos lados seguido de un estrepitoso caer de rocas a nuestro alrededor. Todo tembló y se sacudió en ese preciso momento en el cual luchábamos sin cesar por la vida de Kore y de todos mis caballos mientras los ojos del jefe de los guardias se iban inyectando en sangre y furia.
-Aquí yo decido quien vive y quien muere – comenzó a gritar como enloquecido mientras escupía saliva de su boca - yo soy su dios y nadie puede contradecir mis órdenes. –
Buscó su arma y teniendo fracciones de segundos para pensar decidí golpearlo fuerte en el estómago y luego al haber doblado su cuerpo, empujarlo con mi hombro debajo de una avalancha de rocas la cual terminó por cubrirnos a los dos.
Me despertó el relincho suave de Kore quien se encontraba a mi lado. Un poco más adelante la mano ensangrentada del jefe de los guardias quien aún sostenía el arma era lo único que podía observarse sobresalir de una montaña de rocas.
-Kore…Kore tienes que irte de aquí - dije al notar que me encontraba bastante malherido. El dolor que sentía por los golpes de las piedras en todo mi cuerpo era insoportable. Con mi cabeza sangrando y un tobillo fracturado estaba bastante impedido para poder caminar -y llévate a tus hermanos contigo - agregué acariciando su frente. Los sacudones en la tierra eran cada vez más fuertes. El principio del fin se estaba aproximando.
-Kore no se irá de aquí sin ti Sadko, perdió a su madre y no te perderá- dijo mi madre -y pueden salir por este agujero- su dedo índice señalaba a un sector de la pared que se había abierto y desde donde podía escucharse el poderoso aullido del viento.
-Está bien, hagámoslo - dije poniéndome torpemente de pie para luego subir al lomo de Kore.
La vieja construcción de Arcadia contaba con varias galerías de inyección de aire desde la superficie. Los inmensos ductos de ventilación de 11 metros de diámetro nos servirían como vía de escape del inminente colapso de ese infierno.
Siguiendo por ese camino finalmente logramos alcanzar la superficie y bajo una luna grande y blanca y las estrellas nocturnas fueron los mudos testigos de nuestro escape.
-Confío en ti Kore. - Dije a su oído antes de desmayarme sobre su lomo.
Ecos de voces que hablaban en un dialecto conocido retumbaban muy lejanas y se fueron mezclando con mis sueños.
Hijo despierta – dijo mi madre mientras acariciaba tiernamente mi rostro, traía unas líneas blancas dibujadas en su cuerpo -los espíritus del bien han cuidado de ti- agregó sonriendo.
Abrí suavemente mis ojos y lo primero que note fue a un niño pequeño quien ayudado por un palo picaba mi cuerpo mientras reía.
Quizás asustado al verme despertar el niño corrió hacia afuera de la tienda. Mientras me quedaba solo en ese momento, noté que mi pecho y mis brazos también tenían dibujadas las mismas líneas blancas que traía mi madre en mis sueños.
Una mujer anciana de piel mestiza, cabello blanco y arrugas pronunciadas en su frente se acercó y comenzó a hablarme en un idioma muy diferente al mío. Aturdido al principio después de tantos días de encontrarme recostado en un catre me costó comprender del todo sus palabras, pero con el pasar de los minutos me fui dando cuenta que podíamos comunicarnos ya que conocía a la perfección su dialecto. Eran miembros de la tribu de mi viejo amigo Arcan. Ellos no habían desaparecido por completo y estaban en una aldea bastante próxima a Arcadia.
Intenté levantarme apresuradamente al ver que era de día y recordar a Kore y a todos mis caballos.
-descansar tranquilo- dijo la anciana en su idioma. -Ellos tener sus ojos vendados y poco a poco iremos devolviéndolos a la luz. -
Me costó unos días poder volver a ponerme de pie. Con mi tobillo entablillado con una madera y con la ayuda de unos troncos pude caminar mientras terminaba de reponerme de mis heridas.
Fui contándole mi historia a la anciana y también le hablé de quién salvó mi vida en Arcadia y quién además fue mi único amigo en esa prisión, Arcan.
Luego de unos meses un puñado de carruajes con los integrantes de la tribu, mis caballos y Kore y yo, formando una gran caravana, nos pusimos en camino hacia la promesa de un nuevo destino, ese día emigramos dejando atrás esa zona desértica.
La granja de mis padres que contaba con muchas hectáreas de campos y bosque servirían para poder instalar definitivamente a toda la comunidad indígena.
Tiempo después y ya totalmente instalados en la granja la silueta de un oficial de policía montando una bicicleta apareció por el camino de maizales. -hola- dijo cuando descendió y caminó hacia mí –
Tú debes ser Sadko ¿Verdad? -
Asentí con mi cabeza. El oficial sacó una carpeta color marrón de una alforja que traía colgada de su hombro y comenzó a hablar mientras me entregaba esa carpeta la cual era mi legajo policial. -Tiempo después de que te trasladaron detenido a los tribunales apareció una carta de puño y letra escrita por un testigo quien tenía algunos negocios con tu padre y que decidió no revelar su identidad. En ella decía que pasó por aquí esa mañana y vio a dos personas luchando. Uno era muy joven y el otro un adulto mayor. Que el adulto logró noquear de un golpe al joven y luego teniéndole desmayado en el suelo tomó un arma y le apuntó durante unos breves minutos hasta que llevó el revólver a su sien y se disparó, pero antes de hacerlo pidió perdón por haber provocado la muerte de su esposa. Las pesquisas realizadas luego confirmaron su relato. Pero por miedo el testigo no quiso declarar antes.
Intentamos localizarte, pero en los tribunales habían borrado tu nombre de las listas de presos. Quisiera pedirte perdón en nombre de la justicia y aprovechar la visita para notificarte de que has sido absuelto y eres totalmente libre por los cargos de asesinato de tus padres. -
La noticia llenó de lágrimas mis ojos y le trajo cierto alivio a la angustia que frecuentemente invadía mi alma, fue como un golpe inesperado de cierta felicidad con toques de amargura por mi madre.
Antes de regresar al trabajo diario del campo pasé primero por la tumba de mi madre para dejarle unas flores, la cual era mi primera visita y por supuesto el momento para agradecerle por haberme acompañado durante mi encierro en prisión.
- ¡Que los espíritus del bien te acompañen siempre madre! – Fue mi deseo, siendo ese día mi cumpleaños número 30.
Y luego, con las líneas blancas nuevamente pintadas en mi cuerpo y los ojos suavizados, monté a la hermosa Kore y junto a los otros caballos galopamos hasta los límites de la granja. Sobre una meseta alta y con el sol naciente a mis espaldas me despedí de todos ellos quienes corrieron libres, hermanados y en paz, dejando atrás una inmensa estela de polvo hasta desaparecer por completo en el horizonte. Viéndolos alejarse suspiré con una emoción inmensa de saber que, de esa manera, terminé al fin de cerrar las venas de Arcadia.
F I N
© Claudio Alejandro Castro
