Naufrago

09.05.2015 01:48

        Naufrago

 

Como era mi costumbre, me dirigí hacia ese bar que estaba ubicado al final del pueblo donde vivía, el cual era pequeño como la cantidad de habitantes, pero grande en historias. Los mayores se dedicaban a la pesca, al igual que lo hacia mi padre. Pero siendo adolescente, decidí seguir lo que me dictaba mi corazón y abandoné la tarea de ayudarlo en la pesca, dedicándome solo a escribir cuentos y poesías. Luego con el tiempo, mi padre harto de esperarme, terminó aceptando mi decisión y se llevó a mis otros cuatro hermanos menores para que lo acompañen en sus tareas.

 

Luego de ingresar al bar, saludé a los parroquianos que ya eran viejos conocidos y me dirigí hacia una mesa lejana, pedí un vaso de ron al mozo que estaba sentado en la barra, casi dormido del aburrimiento. Cuando me lo trajo, tomé rápidamente un sorbo, buscando aplacar el frio que envolvía mi cuerpo y luego desenfundé mis armas tradicionales (una pluma y un anotador personal de 48 hojas casi destruido por el uso) y aprovechando que en ese lugar la acústica era mejor, comencé a dibujar en la servilleta mientras escuchaba las conversaciones de los pocos pero tradicionales presentes, aguardando que alguna palabra o gesto, despierte la inspiración dentro mío.

Afuera el otoño golpeaba con sus primeros fríos, intentando recordarnos que el verano ya había terminado y lo cruel que suelen ser los inviernos en las playas del sur.

 

Noté una persona que se hallaba como yo alejado de todo, de aspecto normal y con ojos de curiosidad, el cual me observaba detenidamente. Continué dibujando líneas cruzadas sin sentido, hasta que un – hola – me hizo levantar nuevamente la vista y con sorpresa encontré a la persona que me observaba momentos antes, la cual se había tomado el trabajo de acercarse hacia mi - tú debes ser el poeta – dijo enseñando una tibia sonrisa que intentaba ocultar de su rostro, las preocupaciones que lo habían ajado prematuramente - me contaron de ti – agregó mientras retiraba hacia atrás la silla vacía que se hallaba frente a mi mesa – ¿Te molesta si me siento? – preguntó. Las demás personas acostumbradas a mi presencia, continuaban con sus conversaciones sin prestarnos la más mínima importancia. – Si vienes a conversar adelante, no me molesta en lo absoluto. – Respondí con voz amable mientras pedía al mozo que nos traiga dos vasos de ron. - Perdona la curiosidad – agregué – ¿Pero de donde me conoces? -  

 

-Traiga la botella – dijo el hombre, dándome a entender que la charla sería bastante larga, luego sacó un paquete de cigarrillos de tabaco negro de entre sus ropas e hizo un gesto de ofrecerme fumar, pero me negué moviendo mi cabeza – haces bien – dijo mientras encendía uno y luego fumó dos veces, soltó el humo de su boca el cual formó pequeñas figuras fantasmales, que luego se desintegraron en el aire. – Te he visto antes en la playa cerca del muelle escribiendo en tu anotador– dijo – me mudé aquí hace aproximadamente dos meses, vine porque alguien muy querido por mí, estaba enfermo y decidí acompañar sus últimos momentos en este lugar.- Una pausa acompañó su relato y un trago amargo de buen ron le siguió a continuación. El mozo que ya nos había dejado la botella completa para nosotros, había vuelto a su aburrido rincón, buscando continuar su siesta laboral.

 

 “No existe mejor elixir que el alcohol para desinhibir el alma y más para un alma que necesita extirpar una pena” recordé en ese momento las palabras que siempre repetía mi padre.

 

La voz de la persona que estaba sentada frente a mí, sonaba sincera y sus ojos denotaban la urgencia de tener que hablar con alguien, comprendí que esa persona necesitaba liberar un dolor que lo estaba volviendo su esclavo y que también, necesitaba de alguien que pueda escucharlo y tal vez, entenderlo.

 

-Yo venía en ese tiempo solitario – continuó el hombre relatando – y ella traía una grave enfermedad, por la cual ya se había despedido del verbo amar. Pero nos conocimos en estas bellas playas y ya no pudimos volver a separarnos. – Contaba mientras su mirada se iba encendiendo por su recuerdo. – Tuvimos un breve noviazgo y dado que no sabíamos de cuánto tiempo disponíamos, decidimos casamos rápidamente. A diferencia de muchos, no nos obsesionamos buscando una cura, simplemente aceptamos que su enfermedad no la tenía y solo nos dedicamos a aprovechar cada día, como si fuera el último. Regresábamos aquí todos los veranos,  porque a ella la brisa y el agua del mar lograban calmarle los fuertes dolores que padecía. Uno de esos veraneos, encontramos a un pequeño cachorro abandonado que estaba dentro de una bolsa, el cual aullaba lastimeramente, como maldiciendo su suerte y dado que estábamos imposibilitados de tener hijos, decidimos quedárnoslo enseguida.

 

Nos sentíamos los tres como una familia completa y continuamos a nuestra manera, viviendo felices, a pesar de la enfermedad que sobrellevaba mi esposa. Pero en los últimos tiempos, la notaba como que estaba agotada, aunque ella prefería no decírmelo. Su alegría lentamente se iba apagando, al igual que sus fuerzas para seguir viviendo.  –

 

Dándome cuenta que le costaría un poco seguir contando, le serví otro vaso de ron, el cual como si fuera una persona bajo el calor agobiante del desierto, tomó con ansias de inmediato. Su rostro se entristeció y su voz por momentos lograba quebrarse, pero continuó igualmente en su relato, intentando poder quitar la ancha espina que de seguro, atravesaba por la mitad su corazón.

-Cinco años pudimos robarle al destino, cinco hermosos años – repitió mientras una lágrima recorría su rostro – los más felices de mi vida.-

 

Interrumpí su relato, buscando tranquilizarlo y poder darle un momento para que pueda recomponerse. Dado que sus ojos se habían empapado en lágrimas – tranquilo – le dije – tómate un momento y cuando quieras continuas relatándome- él asintió con la cabeza, como entendiendo que precisaba descansar del recuerdo. Se levantó y se dirigió al baño y luego de transcurridos diez minutos, en los cuales pensé que ya no volvería, regresó y se sentó nuevamente frente a mí. – ¿Quieres preguntarme algo?–  dijo con voz tranquila mientras encendía otro cigarrillo – Si - respondí - ¿Viniste a enterrarla a ella? – pregunté y luego me di cuenta que la ansiedad por seguir conociendo la historia, me había superado.

 

-No - respondió – ella quería que sus cenizas fueran esparcidas aquí y lo hice hace diez años.

 

Mi rostro enseñó la incomprensión por lo que me contaba y él notándolo, continuó con su  relato.

 

-Luego de que me entregaran sus cenizas, me sentí tan vacio y comencé a culparme por no haber hecho algo para alivianar su dolor, siempre creí que podría seguir sin ella, pero estaba enojado conmigo todo el tiempo y terminé por unos meses, apenas saliendo para pasear a nuestro perro. Luego de haberme perdido en la penumbra y llegar al borde mismo del precipicio, fue cuando lo decidí finalmente – el relato se pausó por unos segundos que parecían interminables, en los cuales pregunté tontamente – ¿Qué era lo que habías decidido?-

 

Él me miró fijo por un momento, hasta que dijo lo que había pensado – había tomado las cenizas de mi mujer y a nuestro perro y subiendo todo al auto, me dirigí hacia aquí una noche de lluvia torrencial. Sin importarme en lo más mínimo mi seguridad manejé durante toda la noche y llegué al amanecer. Dejé a mi perro dentro del auto y le bajé un poco la ventanilla para que le entrara aire, luego tomé las cenizas y las arrojé, cumpliendo lo que le había prometido a ella.

 

Pero ya no pude regresar al auto.

 

 

Sin darme cuenta, en unos momentos estaba con el agua casi congelada, que cubría la mitad de mi cuerpo y continué caminando hacia el interior del mar sin detenerme, alrededor mío las olas rugían como un león con furia y sed de sangre, todo parecía estar bailando una danza macabra, una danza de muerte, con la cual era invitado a seguir mi camino. A lo lejos y a pesar del viento en contra, podía escuchar los ladridos desesperados de mi perro, pero continué mi marcha, hasta qu el agua me cubrió por completo.-

 

El silencio que se produjo entre nosotros en ese momento, parecía ser el necesario. Esta vez dominando mi ansiedad, no hice ninguna pregunta  y dejé que él cuando quisiera continúe con la historia. La botella de ron estaba casi terminada, pero ninguno de los dos se atrevía a pedir otra. El mozo como leyendo nuestro pensamiento y despertando de su siesta, se acercó con una nueva y la dejó para luego regresar nuevamente a su espacio, buscando que nadie lo invadiera.

 

-Cerré mis ojos – decía el hombre – esperando que suceda lo inevitable y fue cuando comencé a escuchar el susurro de su voz, dentro de mi cabeza, diciendo: “Cuando supe de mi enfermedad, me di cuenta que ya era tarde para sentir miedo y lo primero que creí, es que fui expulsada de la idea de un paraíso y que solo merecía un castigo. Luego me di cuenta que no debía perder el tiempo buscando a alguien que me quiera y fue entonces que decidí que lo mejor era  enfrentar en soledad mi destino.

Esa mañana cuando te conocí, me senté cerca de la playa, aprovechando que a esa hora estaba serena y tranquila. Recuerdo que bajaba una brisa que te erizaba la piel, pero yo venía trayendo la mirada empapada en agua fría y sin embargo tú te acercaste y con voz tierna me dijiste, que eras un ángel buscando a su otro y eso me hizo recordar algo que había olvidado con el tiempo: Reír, reír como si fuera otra vez una niña y luego, tus brazos se volvieron ramas que me cubrieron cuando necesitaba de una sombra y tus besos sinceros, me devolvieron las alegrías que el miedo me había quitado. Finalmente me di cuenta que no traías mentiras y entonces lograste que mi pecho ya no parezca el de un conejo asustado, por pensar que para mí, todo ya estaba escrito.

Al saber lo que me esperaba, tuviste el valor suficiente para no asustarte y te quedaste siempre a mi lado. Fue por tu inmenso cariño, que lo que parecía una triste calle obscura que me conducía hacia mi final, se transformó en el principio de un amor inabarcable. Ahora, amor mío, ya sabes la respuesta a tu pregunta…”

 

Termino diciendo ella y su voz se apagó en mi mente. – Hizo una breve pausa para encender otro cigarrillo y luego continuó hablando mientras su voz sonaba aún más quebrada, producto de la mezcla entre el recuerdo y la emoción de lo que relataba -  abrí mis ojos inmediatamente e intenté moverme, pero los calambres en mi cuerpo debido a la baja temperatura del agua, no me permitieron hacerlo. La playa estaba desierta y además llovía torrencialmente, las olas eran por momentos salvajes y arrastraban todo lo que encontraban ¿Entonces quien vendría tan lejos de la playa a buscarme?

Recordé las palabras que ella me dijo la última vez que estuvo a mi lado, era al final del verano y se encontraba envuelta como un capullo, debido a los terribles dolores que le acarreaba su enfermedad y sin ya saber cómo calmarla, le pregunte si quería que la llevara al médico y ella con una dulce sonrisa en su rostro cansado, contestó mientras me tomaba con fuerza la mano: “jamás dejare que el tiempo de un hospital, nos robe nuestros momentos“  y fue entonces cuando comprendí  que si ella nunca se rindió, yo no debería hacerlo tampoco. –

 

Interrumpí su relato mientras pedía un café negro, dado que a esa altura, el ron ya había dejado de ser necesario, el hombre aprovechando la pausa que se había generado, encendió el cigarrillo numero diecinueve y me acompañó con mi pedido. Cuando el mozo luego llegó y nos dejo las tazas, el hombre dijo sin mirarme – ¿Deseas saber que pregunta era la que halló finalmente su respuesta? – lo mire fijo y casi como exclamando le dije – ¡Si, por favor! –

 

-¿Cómo seguir sin ella? Esa era la pregunta que me espantaba cada noche –

 

Al escuchar sus palabras quede pensativo y conmovido a la vez. Él  bebió el café de un sorbo y suspiró resignado, al darse cuenta de que ya no le quedaban más cigarrillos y que aun debía continuar con su relato.

Fue en ese preciso momento, cuando uno de los parroquianos apareció ante nosotros y le entregó un paquete sin abrir, al mirar detrás de la persona que generosamente se había molestado en acercarse, observamos que los pocos que a esa hora quedaban presentes, habían entrado en un profundo silencio y que escuchaban atentamente nuestra conversación,  también todos ellos tenían sobre sus mesas, tazas humeantes de café negro.

 

Lejos de molestarse el hombre y agradecido por el gesto, decidió terminar de contar la historia, su propia historia. Permitiendo que todos los presentes la escuchen, para ello corrió la silla hacia atrás, apoyándola contra la pared descascarada, buscando evitar darles la espalda a los presentes, encendió un cigarrillo  y le dio una larga pitada, como si ya no quisiera perder tiempo y luego continuó con su relato – Las piernas al igual que  mis brazos pesaban como yunques, pero escuchar su voz y recordar que su dolor jamás logró borrar, la bonita sonrisa que traía siempre en su rostro, me llevó a recordar más momentos envueltos en felicidad con ella y esos recuerdos, se transformaron en fuerza.

 

Sin importar el dolor moví un brazo y luego el otro y así, logré emerger a la superficie. La primera bocanada de aire fresco que recibí, me hizo hinchar los pulmones al punto de que casi explotan, luego miré hacia la costa y logré ver a una mujer que señalaba hacia donde estaba y otra persona que se arrojaba al agua para venir a socorrerme. Volví a escuchar los ladridos de mi perro y logre divisarlo metido en las aguas y recordé en ese momento que el mecanismo de la ventanilla que había dejado apenas abierta, estaba falseado y él con ayuda de su hocico, siempre lograba bajarla con un pequeño esfuerzo. Un hombre mayor a mi edad, llegó a mi lado y antes de tomarme del cuello dijo: “Tranquilo, cuando era joven fui salvavidas, afloja el cuerpo y déjate flotar, que voy a sacarte de aquí.”  Le hice caso y me llevó hacia la orilla, al llegar y aunque estaba débil, abrace a mi perro con la fuerza de alguien que agradece por poder continuar vivo, el hombre mayor que me había rescatado, vivía junto a su mujer en una casa próxima a la playa y, hacia ese lugar, inmediatamente nos llevaron para evitar que nos congelemos.

 

Luego de una taza de chocolate caliente y un baño, la pareja que nos cobijó tan gentilmente, relató que habían escuchado los fuertes ladridos y que al acercarse hacia la ventana, observaron a mi perro escapando del auto y debido a la insistencia, se dieron cuenta de que algo sucedía cerca del agua, por lo que se dirigieron hacia el lugar.

 

Cuando mi perro y yo regresamos a la ciudad, todo había cambiado entre nosotros, ahora lo miraba con los ojos de un padre agradecido por haber encontrado en un hijo, la razón para quitarse la miseria que ocupaba su alma.

 

Tiempo después regresé a mi viejo trabajo de diseñar veleros, pero esta vez dibujé un diseño especialmente hecho para mí y que luego construí con mis propias manos, buscando que sea cómodo para mí y mi perro, para luego salir juntos a navegar por el mundo.

 

Hace un año, el comenzó a enfermar y fue luego de que el veterinario me informara de su estado delicado, que decidí venir y pasar los últimos tiempos acompañándolo. Es por eso que esta tarde lo enterré en el mismo lugar en el cual, junto a mi mujer, lo habíamos encontrado en el pasado, debajo del muelle de los pescadores. –

 

Terminó su relato llevando paz en su voz. Sonrió y todo el mundo contagiado de su alegría también lo hizo, limpió una tímida lágrima que recorría su rostro y miró la hora en su reloj de muñeca – debo partir – dijo. Miré la hora yo también y recordé que después del verano en las playas del sur, todos los lugares comienzan a cerrar a las doce de la noche. Me puse de pié y nos dimos la mano. – No quería partir de este bello lugar – dijo – sin antes dejar mi historia.

-Gracias – le respondí y luego se fue apresurado. Junté mis armas (Anotador de 48 hojas, desgastado por el uso y mi pluma) y salí del bar y a pesar del frio, decidí dirigirme hacia el muelle de los pescadores queriendo ver el mar nocturno y caminé para ello, bajo la luz de algunos generosos candiles enterrando a cada paso mis pies en la arena.

 

Cuando llegué al muelle de los pescadores, que a esa hora se hallaba desierto. Apoyé mis brazos sobre la baranda de paseo y observé las olas que apenas se movían, como si ya hubieran entrado en letargo nocturno. La luna clara que se reflejaba sobre las aguas, dejaba ver un velero alejándose de la costa. Cerré mis ojos e imaginé estar tendido boca arriba sobre su suave cubierta, inhalando profundamente el aroma a mar y viendo como hechizado hacia la luna, sintiendo como su belleza me inundaba. Abrí mis ojos y busqué pararme debajo de una de las luces del muelle y saqué mi anotador y busqué la única palabra, que había escrito mientras duró el relato de la historia que contó aquel hombre.  

 

“Naufrago” fue la única palabra que había garabateado sobre una de las ultimas hojas de papel blanco, en mi anotador desgastado. Me senté sobre el piso de madera vieja y tomando la pluma, comencé a escribir.

 

“A veces los tiempos difíciles nos deshabitan de sueños y nos vuelven seres errantes, pero no será la marea la que empuje los cientos de botellas con notas, que durante la vida vaya arrojando un naufrago de amor, sino las ganas de vivir depositadas dentro de cada una de ellas, las que finalmente lo rescatarán de su isla de soledades.”

 

                                                               F I N

© Claudio Alejandro Castro