Odisea
Odisea
Odisea es un pueblo netamente agricultor rodeado de granjas y casas muy modestas fabricadas en madera. Su gente es completamente pacífica y humilde; Tanto, que los animales vagan sueltos por las calles sin que nadie se preocupe o los robe. Un pueblo detenido en el tiempo parecido a una vieja fotografía en blanco y negro y habitado desde siempre por las mismas generaciones de familias trabajadoras. Pero hoy, algo extraño pudo quebrar toda esa tradición.
Para cobijar a mi pequeña hija quien venía descansando en el asiento trasero del móvil policial, utilicé una chaqueta azul que forma parte de mi uniforme habitual de trabajo. Mientras más me acercaba al pueblo una niebla muy intensa y peligrosa más iba reduciendo la visibilidad de la carretera y gran parte de la geografía a mí alrededor. Árboles inmensos sin hojas que parecían acercar sus manos esqueléticas al camino, daban un cierto aspecto lúgubre que helaba la sangre metiendo miedo al cuerpo y más aún, para toda mujer solitaria manejando en medio de la profunda noche. La iluminación era escasa a esa hora por lo que encendí los faros anti nieblas del automóvil evitando conducir a ciegas.
-Debes venir pronto, necesito tu ayuda.- Dijo la voz del otro lado de la bocina del teléfono. Se trataba de un viejo amigo (Sam) al cual no veía hace un tiempo y que trabajaba como bombero. Sin dudarlo respondí que acudiría pronto. Apenas habían pasado unos minutos de la medianoche de ese día por lo que no tuve tiempo suficiente de avisar a nadie de mi inesperada partida, ni mucho menos intentar buscar una persona quien se encargue del cuidado de mi hija durante mi ausencia.
Una serie de hechos inexplicables se vienen sucediendo durante las últimas semanas… – Dice el mensaje de texto enviado justo en ese momento por Sam -…al ingresar al pueblo continúa derecho y me encontrarás cinco calles después. - Buscando prepararme ante algún acontecimiento inesperado abrí la guantera y saqué una linterna y mi arma reglamentaria las cuales apoyé sobre el asiento vacío del acompañante. La radio del auto perdió sintonía y comenzó a emitir un ruido blanco.
Se necesitan dos horas en auto para poder cubrir la distancia hasta Odisea, el pueblo rural donde Sam trabaja como bombero.
El cartel en letras blancas anunciando la entrada me hizo desviar del camino asfáltico para tomar por uno de tierra y piedras. Luego de la entrada principal donde, entre la oscuridad reinante, dos esculturas se parecían a monstruos expectantes dando la bienvenida a un pueblo fantasma sumergido en un mar de tinieblas y energía negativa. Continué las cinco calles hasta encontrarme con mi viejo amigo.
Descendí del auto sin apagar las luces y nos confundimos en un abrazo de esos que se les dan a las personas que uno quiere y extraña.
Su rostro flaco lucía abatido. Su mirada como asustada no se posaba en algún lugar fijo y parecía como si le costara hablar, quizás no encontraba las palabras necesarias para comenzar a contar lo que estaba ocurriendo en ese lugar.
-Perdona que te traje hasta aquí…- dijo cuando por fin se decidió -…no confío en nadie.-
-¿Qué sucede Sam? –Pregunté y continué hablando – parece como si el pueblo fue abandonado de un día para el otro. Todo el lugar tiene un aspecto de estar casi vacío.-
-Antes que nada necesito enseñarte algo. – Dijo y con su mano me invitó a acompañarlo.
-Espera – le respondí y me dirigí hacia el móvil policial para tomar mi linterna y pistola. Mi hija continuaba durmiendo. Frente a nosotros se encontraban los restos de una casa que había sido completamente destruida por un incendio. El aroma a madera quemada aun impregnaba el aire.
Caminamos hacia lo que alguna vez fue el interior de la casa. -¿No tienen un policía en este pueblo? – Pregunté - no recuerdo su nombre. –
Mi amigo mientras iluminaba con la linterna de su casco se detuvo y dijo –tienes razón, aquí es donde vivía el comisario Juárez, el único policía de este pueblo- los restos calcinados de lo que parecían dos personas estaban ubicadas entre los hierros retorcidos de una cama.
El fuego debe haberlos sorprendido – continuó hablando – cuando dormían y quizás al despertar se encontraron rodeados de una especie de anillo mortal sin posibilidad de escape alguno, por eso sólo reaccionaron esperando que las llamas les devoren la vida.-
-¿Estás diciendo que los sucesos inexplicables tienen alguna implicancia con esto?- Cada paso nuestro levantaba una polvareda de cenizas del suelo.
-Sí, creo que tienen mucha relación. Verás Sara, este no es el primero sino el tercero que sucede en poco menos de un par de semanas.-
Mientras buscábamos más indicios de lo que pudo haber provocado el fuego entre los restos de la casa, Sam comenzó a relatarme los sucesos acontecidos con anterioridad. Una especie de psicosis general se había apoderado de Odisea en los últimos tiempos y el miedo de los pobladores ante lo desconocido, aumentado con la llegada de la neblina tenebrosa, motivó a que una gran parte de sus habitantes decidan huir del pueblo.
-Algunos niños comenzaron por tener pesadillas, algo normal, pero – mientras hablaba buscó con su mano un papel doblado al medio guardado en el bolsillo de su camisa – lo llamativo fue cuando todos ellos coincidieron en dibujar algo como esto.-
El dibujo hecho en lápiz sobre una hoja blanca correspondía a un muchacho sin rostro, el cual en una mano sostenía una antorcha y de su cuello colgaba una larga soga con un nudo, como las que se utilizaban para castigar los delitos con pena de muerte en la antigüedad.
-Y uno de los primeros niños casualmente en hacerlo - dijo cuando ingresamos a lo que parecían los escombros de una habitación pequeña – era la única hija del comisario, de quien luego de haber revisado todo el lugar, no veo sus restos.- Estaba en lo cierto. Salvo de sus padres, no había indicio de otro cadáver por ninguna parte.
Con las cejas a medio levantar en señal de sorpresa, pregunté. -¿Piensas que no estaba presente en el momento que se produjo el incendio?-
-Quizás, puede que haya escapado cuando vio surgir el fuego, deberemos buscarla y tal vez nos enteremos algo más sobre lo sucedido esta noche. –
-Deberíamos dividirnos para abarcar más espacio en menos tiempo. – Dije suspirando con cierta esperanza.
-Buena idea. Tú irás al norte, hacia la zona donde está ubicada la puerta de entrada al pueblo y yo iré al sur. Sara quiero que sepas – Sam colocó una mano sobre mi hombro y sus ojos no dejaban de mirar a los míos y en su mirada leí la sinceridad de sus palabras - que fui la última persona en ver con vida al comisario. Esta tarde fui a su oficina procurando obtener nuevos indicios sobre los incendios anteriores, pero al negar algún avance en la investigación, noté cierto nerviosismo suyo como si intentara ocultar algo. Como te imaginarás debido a esa visita en estos momentos me he vuelto un sospechoso, pero te doy mi palabra de que no tengo nada que ver con este asunto. Ciertamente parece como si hubiera salido a la luz un viejo secreto en Odisea que une estas muertes con el misterioso sujeto de los dibujos. Por eso te llamé, porque de haber sido otra persona me habría detenido hasta averiguar mas sobre lo sucedido aquí.- Terminó diciendo antes de que nos separemos en búsqueda de la niña extraviada.
Conduje por las mismas calles regresando al principio del pueblo, las luces giratorias del móvil policial llenaban con tonos mezclados en rojo y azul, las dos estatuas fantasmales ubicadas en la entrada. Un silencio de cementerio, de rezo dominical impregnaba el aire. Podía escucharse claramente el sonido del crujir del cuero que recubre el volante al deslizar mis manos mientras conducía. Jardines con escaso césped amarillo insinúan que aun en ese lugar seguía alargándose el invierno en plena primavera.
Cuando giraba lentamente para tomar por otra calle me produjo un pequeño susto el ruido de la radio policial despertando inesperadamente con un mensaje de Sam. Preguntaba si había alguna novedad sobre la niña perdida.
-Nada aún – Respondí – ahora estoy dando vuelta por otra calle ¿Tú como vas?- Trataba de disimular pero era evidente que siempre me sentí atraída por mi amigo.
-Igual que tú, pero apenas tenga alguna señal de ella te aviso.- Dijo y luego cortó la comunicación.
Debido a la intensa niebla las calles parecían llenas de una lluvia con gotas microscópicas que no caían del cielo las cuales dejaban los caminos completamente mojados. Algunas personas de rostros sombríos se asoman a las ventanas por unos momentos y luego cierran las cortinas demostrando lo inhóspita que les resultaba la presencia de cualquier visitante. En una esquina varios perros con sus fauces llenas de restos de comida putrefacta cubierta con gusanos, hurgan entre la basura húmeda mientras aúllan lastimosamente, como si les molestaran las luces del móvil que manejo.
El silencio vuelve a apoderarse del camino y da paso a la compañía ruidosa de mis pensamientos.
¿Será la niña la clave que pueda develar todo estos sucesos? Fue la primera pregunta que invadió mi mente antes de escuchar la voz de mi pequeña hija.
-Mamá – dice sin abrir sus ojos como si no quisiera abandonar el reino de los sueños.
-¡Hola hermosa! Perdona por haberte traído conmigo, pero son asuntos de trabajo.- Dije suavizando el tono de mi voz al sentirme un poco culpable por haberla mezclado en todo este asunto.
-Mamá…- volvió a repetir como si tuviera una necesidad imperiosa de que prestara atención a lo que tenía para decir y en cuanto quedé callada dijo –…las muñecas, sigue las muñecas – y luego volvió a quedarse dormida.
-¿Cómo hija?- Pregunté creyendo que tal vez hablaba sobre algún juego de niñas. – ¿De cuales muñecas me hablas? -
Sólo tuve que volver la mirada hacia el camino para encontrarlas. Ahí estaban, entre árboles retorcidos sin algún brote verde. Todas ellas colocadas en línea a ambos lados de la calle como marcando un pasaje, eran cientos de muñecas desnudas y con poco cabello a las que les faltaban sus ojos colgando sobre ramas raquíticas. Un fuerte viento que venía quien sabe de donde comenzó a hamacarlas de lado a lado formando una aterradora visión.
Intenté gritar pero de mi garganta no salió ningún sonido. Aquello aunque no podía ser real lo era ¿Quizás estaba sumergida en un sueño y nada de esto estaba sucediendo? Pero estaban tan cerca que si bajaba del móvil podía tocarlas. Frené el vehículo y tragando saliva tomé nuevamente el radio para llamar a mi amigo.
-Sam, creo…creo que debes venir.- Dije con el poco aire que llegaba a mis pulmones debido a la fuerte impresión de algo que nunca antes había presenciado.
-¿Sara Dónde estás?-
-Estoy conectando el Gps de mi vehículo, sigue la señal para orientarte.- Respondí
-Voy en camino, llegaré pronto.- Dijo y luego volvió el silencio a la radio.
-Hija, tenias razón pero ¿Cómo lo supiste?- Pregunté sacudiendo su cuerpecito buscando que despierte y pueda darme alguna pista para poder entender que era lo que estaba sucediendo a nuestro alrededor.
Lejos de darme alguna respuesta ella continuó profundamente sumergida en sus sueños. Retrocedí el móvil y girando el volante hacia la derecha tomé por ese oscuro sendero vigilado por las muñecas.
Resultaba imposible imaginar que en un pueblo como este la maldad tenga algún derecho para torcer el destino de sus tranquilos pobladores.
Llegué al final del camino. Dos muñecas con sus ojos vendados colocadas sobre los picaportes de unas puertas metálicas señalaban el punto. Debía buscar a la niña en el interior de una escuela primaria.
Apoyé mi rostro en el volante y medité el siguiente paso por un rato. Pero me convencí de que no debía perder más tiempo, si ella estaba ahí dentro era mi deber rescatarla de este ambiente de pesadilla lo más pronto posible.
Busqué el radio y avisé a mi amigo que cuando llegue cuide a mi pequeña hija y tomando la linterna descendí del auto. Desenfundé mi arma y comencé en soledad con el operativo de rescate.
Poco a poco abrí la puerta de la escuela mientras aumentaba mi ritmo cardíaco. La linterna enganchada al cinturón, aunque con una pequeña proyección de luz, se volvía una pieza imprescindible dentro de ese entorno tan oscuro. Un olor fétido y nauseabundo mezcla a orina y de animal muerto llenaba el ambiente.
Varios accesos después cruzo por un pasillo con luces intermitentes, ventanales empapados en lluvia y papeles desordenados por el suelo. Hacia afuera el fuerte viento parecía darle vida a los juegos de los niños. Una calesita giraba a rápida velocidad soltando un horrible y amargo chillido y las sillas de las hamacas iban y venían sin detenerse.
Algunas mariposas nocturnas volaron hacia mi linterna, como buscando bloquear su luz y fue en ese preciso momento, luego del eco de una puerta cerrándose con violencia a lo lejos, cuando sucedió.
La encontré de espaldas parada entre luz y sombra, su cuerpo parecía dividido a la mitad por una perfecta línea recta, como dos caras de ying y yang. Sombras pegadas a una moneda que sin alimentarse de luz no podrían vivir, como si alguna vez en su eternidad hubieran sido parte de ella y ahora la extrañan. Lucía un vestido blanco sucio de tierra y su pequeño cuerpo parecía envuelto en movimientos inquietantes y misteriosos, parte acelerados y parte mecánicos que borronean su contorno dibujando formas extrañas mientras a su alrededor todo se movía en tiempo normal. Mi cerebro envía mensajes de escalofríos a través de la sangre logrando activar en mi interior la alarma lucha/huye y en esa encarnizada disputa estaba ganando la primera, por eso no dudé sin demostrar miedo alguno en comenzar a acercarme a ella. Enfundé mi arma confiando ciegamente en mi elección y pude calcular que su edad era como la de mi hija. La radio sonó con un mensaje y tapé rápidamente con una mano su altavoz intentando enmudecerla.
-Perdiste demasiado tiempo – dijo una voz gruesa sin mirarme en ningún momento que para nada era la suya, eso detuvo por unos segundos mi andar.
-Vine por la niña, por favor entrégamela.- Supliqué con mi rostro sudando por la tensión sin saber con quién hablaba.
-¿Crees que yo traje la oscuridad? Pues La verdadera oscuridad no la trajimos nosotros, sino que dormía desde hace años en este pueblo.-
¿Nosotros? Pensé en ese momento ¿A qué se refiere con nosotros? –Voy a llevarme a la niña, quiero que me la entregues. – Dije en tono determinante.
-Si no hubiera sido por mi ella estaría muerta- dijo mientras la niña giraba su cuerpo por completo y retrocedía unos pasos, sus ojos miraban hacia todas partes como si estuviera en una especie de trance. –Todo pueblo tiene sus fantasmas y a la larga, cada uno paga por los suyos. Eres una mujer muy valiente. Mi labor de salvar a esta niña terminó. Las piezas que faltan las encontrarás en la comisaría y entonces comprenderás lo que realmente sucede aquí.-
Un fuerte ruido proveniente del exterior atrajo mi mirada hasta ubicar su origen. Por efecto de las ráfagas del viento, la calesita había abandonado la plaza de juegos y elevándose en el aire se dirigía peligrosamente hacia los ventanales, más precisamente adonde estaba ubicada la niña. Sin medir las consecuencias salté intentando protegerla antes de que, a nuestro alrededor, estallen todos los vidrios provocando una amenazante lluvia de cristales partidos en muchos tamaños.
Todo parecía lejano, incluso el venenoso silbido del viento que ahora atravesaba los ventanales rotos. La radio sonó una, dos y hasta tres veces. No sé cuánto tiempo estuve desmayada luego del salto. Cuatro, cinco y perdí la cuenta pero el intenso dolor que subía del brazo izquierdo fue lo que terminó despertándome.
Un poco mareada pasé la mano por la frente encontrando un poco de sangre quizás producto del golpe al caer. Por suerte mi linterna aun funcionaba.
La niña sentada sobre el suelo sollozaba a pocos centímetros de distancia de donde yo estaba, poco a poco me puse de pie y tomándome el brazo izquierdo me acerqué hacia ella, luego de revisarla me di cuenta de que no tenía alguna herida visible ni tampoco recordaba nada sobre lo sucedido. Mi cuerpo la había protegido del peligro.
Con ayuda de un trozo de vidrio, como una suerte de espejo, examiné mi frente encontrando que no era nada de urgente cuidado. La radio volvió a sonar pero esta vez sí pude responder.
Durante el camino de regreso la ansiedad por encontrar junto a la niña, la puerta de salida de la escuela primaria, hizo que mi pecho se sintiera como a punto de estallar. Quizás por eso las lágrimas en mis ojos se hayan vuelto incontrolables cuando por fin lo hicimos.
-Traje una tía de la niña quien me acompañará, iremos directo a un hospital que se encuentra cerca de aquí. Estaré de vuelta en menos de una hora. - Dijo Sam. Mi hija continuaba durmiendo pero igual me acerqué para poder abrazarla y darle algunos besos. Luego antes de subir nuevamente al móvil policial le pedí que me indique donde estaba ubicada la comisaría del pueblo.
– ¿Qué esperas encontrar en ese lugar y Sara que pasó allí dentro? La niña ni siquiera recuerda haber efectuado dibujo alguno. Es como si recién hubiera despertado. Tampoco dijo algo sobre el incendio ocurrido en su hogar. –
-Fue muy extraño – respondí mientras encendía el motor del vehículo. -La verdad es difícil de contar, pero sentí como si fuera que en lugar de hacer mal, sólo estuvieran buscando proteger a la niña. Tengo un presentimiento de que estamos muy cerca de lograr resolver todo este misterio. Confía en mí. Tú encárgate de la niña que te informaré apenas tenga alguna noticia. – Terminé diciendo antes de que nos volvamos a separar.
La gruesa neblina continuaba instalada en las calles. Un cartel indicaba que habíamos llegado a la comisaría. La edificación era muy precaria, con techo alto a dos aguas y sus paredes de madera y ladrillo pintadas en un tono celeste, el baño podía verse afuera a unos metros de la edificación. Todas sus ventanas estaban completamente enrejadas.
Descendí del móvil y encontré la puerta abierta, algo muy común para un lugar tan tranquilo como este. Caminé hasta ubicar una oficina no muy amplia donde el nombre grabado sobre el vidrio correspondía al finado comisario, pero mi sorpresa fue mayor al ingresar. Detrás de un escritorio toda su pared estaba completamente llena de papeles pegados. Cientos de ellos con los nombres de los autores garabateados debajo, eran de los niños del pueblo. Todos con una única coincidencia muy particular: El mismo hombre en cada uno de los dibujos, sin rostro y con una soga colgando del cuello llevando una antorcha en su mano.
Corriendo algunos papeles del escritorio noté uno en especial que parecía un mapa del pueblo conteniendo cinco lugares señalados, dos estaban cruzados con equis y los demás solo con un círculo. El tercero correspondía al hogar del comisario, pues tenía escrito su nombre. El cuarto sólo decía “Oso” y el quinto tenía por nombre “Juez”. Quizás los dos marcados con equis hayan sido las primeras víctimas del fuego y por eso los otros aun no habían sido señalados.
Un mar de preguntas asaltaron mi mente ¿Si el comisario estaba incluido en el mapa entonces sabía algo de lo que ocurría en el pueblo y por eso lo asesinaron junto a su esposa? ¿Tendrían que ver justamente todos ellos con el hombre dibujado por las visiones de los niños? ¿Pero que conecta a mi hija con los sueños de los niños del pueblo? ¿Un crimen del pasado buscaba justicia en el presente?
Luego de terminar de examinar hasta los rincones más pequeños de la oficina sin poder encontrar otra cosa más que el mapa y los dibujos de los niños, resoplé un tanto molesta. Parecía como si todo lo relacionado a la investigación el comisario se lo terminó llevando a la tumba ¿Pero acaso la voz estaría equivocada cuando dijo que en este lugar despejaría mis dudas?
Una serie de ruidos provenientes del suelo que pisaba atrajeron mi atención, como si el lugar tuviera una especie de subsuelo. Salí de la oficina y arma en mano me dirigí al final del corredor donde un tramo corto de escaleras me llevó hacia el sótano. Dos pequeñas cárceles se ubicaban en esa parte de la comisaría. Los muros de ladrillo estaban prácticamente tapados de hierba verde. Descendí lentamente con infinita precaución y al fin encontré lo que buscaba, en una de ellas pude visualizar la sombra de una persona.
Un hombre gigantesco y corpulento de piel oscura y frente calva estaba encerrado tras las rejas. Su barba le ocupaba casi todo el rostro, pero igualmente no alcanzaba para cubrirle una cicatriz sobre el cuello. Tenía tatuajes en ambos brazos.
-Me llamo Sara y soy policía ¿Quién eres y por qué estás encarcelado?- Pregunté enfundando mi arma al verlo completamente solo y desarmado. Un farol colgado en la pared traía luz a ese cuarto con ambiente frio y húmedo. Una rata caminaba por encima de un caño que goteaba agua constantemente.
-Me llamo y me llaman “Oso”… – Dijo el misterioso hombre y por su enorme contextura física adiviné el porqué de ese sobrenombre, vestía un traje de obrero y bebía ginebra de una botella -…y quizás sea el mensajero…- Giró como buscando algo a sus espaldas. Sobre una silla de madera un tanto vieja y maltrecha había un sobre el cual tomó y mientras giraba nuevamente el cuerpo hacia mí para poder entregármelo añadió - …A veces en la vida hay situaciones que transforman a los hombres buenos en malos, pero luego cuando todo termina piensas que volverás a ser el mismo y con el tiempo descubres que estas equivocado. Nada será igual y hagas lo que hagas te das cuenta que ese hombre bueno murió para siempre, porque tuviste un momento en el cual decidir y fue tu decisión la que cambió tu vida por completo.- Sus ojos hundidos a través de unos lentes redondos que parecían inservibles presentaban una mirada cansada y profunda y su voz, casi ronca, sonaba con una triste pena que mortifica, como si una mano le acogotara la garganta al hablar.
-Tu nombre aparecía en un mapa que encontré ¿Acaso tuviste algo que ver en todo esto?- Pregunté mientras retiraba un expediente del interior del sobre y comenzaba a revisarlo.
-El comisario me pidió que guarde ese sobre y que si algo le sucedía se lo entregue al primer policía que encuentre. No tuve el valor para abandonar Odisea por lo que luego de su muerte, imaginé que esté terminaría siendo el lugar más seguro de todo el pueblo para esconderse.-
Su rostro se llenaba aun más de tristeza, como si la felicidad en su vida fuera una poción inalcanzable. Era extraño ver a un hombre de silueta tan grande como él tan asustado y miedoso. Todo ruido le llamaba la atención, como si estuviera expectante sabiendo que pronto llegaría su hora.
-Es mentira que los crímenes con el tiempo se olvidan. Se vuelven una pesadilla constante que te atormentan noche a noche. Estoy aquí porque aguardaba que alguien me pregunte ya que estoy dispuesto a confesar…- con cada palabra suya parecía como si un sombrío velo de un pasado muy oscuro fuera levantándose dejando al descubierto una trágica obra teatral -…tuve que ver y diría que mucho. Ese día me convertí en el verdugo por así decirlo.-
Mientras prestaba atención a lo que “Oso” relataba me puse a revisar el expediente dejado como evidencia. En la cubierta tenía escrito un nombre de mujer “Clara” y dentro había fichas con fotografías de cada uno de los involucrados. Las dos primeras víctimas que habían muerto por los incendios eran hombres, luego estaba el comisario y su esposa, “Oso” y el juez.
-¿Puedes ir directamente al grano? Necesito saber a que me estoy enfrentando.- Dije llevando una voz de cuchillo afilado y penetrante.
Su mirada vagaba por el cuarto lúgubre y por suerte ese hombre estaba decidido a contar todo lo que sabía.
-Fue hace mas de 10 años, bajo una noche primaveral en pleno noviembre…- dijo -…como te comenté antes fui el verdugo de turno. Todos conocíamos a Clara, la joven esposa del juez Rodríguez, una persona muy dulce y buena con todo el mundo a la cual todos queríamos mucho. Por eso cuando nos citaron y nos comentaron acerca del crimen de ella y que el juez y el comisario ya tenían al sospechoso, tomamos algunas antorchas y no dudamos un minuto en organizar su búsqueda. El muchacho de rostro pálido, a quien se acusaba de hacerlo, había aparecido un tiempo antes en el pueblo pidiendo trabajo, a pesar de que no nos gustaban los extranjeros lo dejamos integrarse y ser parte como uno más de nuestra comunidad por eso nos sentíamos como traicionados por él.
Ella, alguien de nuestro pueblo, ahora muerta, el bastardo que la asesinó pagando por arrebatarnos una persona tan querida. Aquello merecía un intercambio justo, algo así como eliminar la semilla podrida. Lo encontramos durmiendo en una granja abandonada lejos del centro del pueblo. A modo de castigo, el juez ahí mismo sentenció la pena de muerte del recién detenido a través de la horca y ninguno de nosotros se opuso. Incitado ante el fervor general por una inmediata justicia que sobrepasaba la cordura, fui yo quien preparó el nudo de la soga y se lo coloqué alrededor del cuello mientras, entre lágrimas, el muchacho parecía como estar de acuerdo con ese desenlace. Luego de la ejecución, ante los ojos de los pocos vecinos que asistimos, el comisario acercó una antorcha y quemó el cuerpo sin vida que colgaba de la rama del árbol hasta no dejar ningún rastro de él.
Como no existía alguna ley contra el crimen que avale ese tipo de acto salvaje, esa misma noche el juez nos pidió conservar el secreto y por eso estuvimos todos de acuerdo en hacer un de pacto de silencio, el cual inclusive hasta el día de hoy seguimos manteniendo. Siempre sostuvimos ante quien pregunte que ella regresó con su madre y que al mismo tiempo el muchacho abandonó el pueblo – el hombre llamado Oso al relatar los hechos aterradores de esa noche fue haciendo una pausa y bajando la mirada.
Un poco espantada mientras escuchaba atentamente ese relato fui dándome cuenta que las muertes tenían un increíble y horroroso patrón en común. Nadie jamás hubiera podido imaginar que semejante atrocidad pudiera ser cometida en un pueblo como este y además junto al consentimiento de las más altas autoridades, quienes sin algún juicio justo hayan permitido tal cruel desenlace para el detenido y luego sellen la boca de todos los involucrados mediante una especie de pacto secreto.
-No fue hasta después de un tiempo...- añadió Oso tal vez sintiendo que era hora de romper ese pacto que lo tenía como uno de los últimos involucrados -…cuando tuve que trabajar en un campo cercano y al intentar cortar camino a través de esa granja abandonada y quizás maldita por el destino, cuando en unos arbustos, hallé ropas junto a un bolso rojo al cual vi que en su interior entre otras cosas tenía esto que incluí para ti...- sacando una mano a través de las rejas señaló con su dedo índice la parte de atrás del expediente donde había un sobre más pequeño escrito con letras de mujer al cual pegaron con cinta adhesiva -…durante muchos años lo guardé sin poder contarle a nadie mi hallazgo y la dolorosa verdad que encierra. Sabiendo que el olor a muerte en estos momentos está frecuentando mi vida, fue que tomé la decisión de esperar en este lugar con la pequeña esperanza de que alguien que no sea de este pueblo apareciera.-
Con una mezcla de sonidos graves y agudos las campanas de la iglesia, aunque eran cerca de las 4 de la mañana, comenzaron a repicar interrumpiendo el relato de Oso.
- Es un sistema de alarma que utilizamos en el pueblo para avisar ante la presencia de algún incendio.- Agregó aclarando lo que significaba ese toque rápido y muy largo de campanas.
La radio emitió un mensaje de Sam quien ya había regresado del hospital. –Sara debes venir, sigue la señal del Gps.-
-Volveré más tarde. Gracias por tu ayuda para poder comprender todo lo que sucede aquí. - Dije dirigiéndome a Oso y preparándome para abandonar el lugar.
-Soy tan culpable como los otros en haber guardado durante largos años este macabro secreto y no pienso moverme - Respondió llevando una mirada inundada en cólera -aun espero que la muerte cumpla con su trabajo y se digne a terminar con mi tragedia. -
Me alejé de la zona de los calabozos y, superada ante la repugnante verdad, sobre cuáles fueron los acontecimientos previos que desencadenaron la sombra de terror que durante esos días envolvía cada rincón del pueblo. Tuve que apoyarme contra una pared permitiendo que mi boca expulse una parte de mis revueltas entrañas.
Camine hasta el móvil, tomé dos tragos de agua buscando limpiar lo amargo de mi boca y luego dejé el expediente sobre la silla del acompañante, más adelante continuaré revisándolo. Utilizando el Gps me puse en marcha buscando averiguar más sobre lo que estaba aconteciendo a una estrecha distancia de donde estaba ubicada la cárcel.
Intentando ordenar mis pensamientos reduje la historia en mi cabeza ¿Acaso teníamos presente en el pueblo una asombrosa niebla conjurada por un espíritu intranquilo? Pero si su propósito era de venganza contrastaba con el de ayudar a una niña. Entonces me llamaba la atención ese acto de compasión que no era acorde con algún siniestro plan de matar gente ¿Realmente que buscaba ese fantasma luego de tantos años? Mejor no aventurar por ahora juicio alguno hasta desentrañar un poco más el asunto.
Conduje en silencio por algunas calles hasta finalmente llegar donde estaba Sam.
-Hola Sara.- Dijo mientras estrechábamos nuestras manos y limpiaba transpiración de su frente – ¿Tienes novedades? –
-Y muchas- respondí mientras observaba a mi alrededor. El incendio en el lateral de una vivienda parecía bajo control. Un caballo suelto curioseaba por el lugar mientras del techo virutas pequeñas de madera caían encendidas en fuego -¿No quiero interrumpir tu trabajo pero que tenemos aquí?-
-Algo que por suerte terminó… Por favor, cierra la llave del agua que voy a enrollar la manguera.- Grita Sam desde lejos quitándose su casco amarillo.
Me dirigí al móvil y luego de tomar el expediente lo puse sobre el capó del auto y continué revisándolo, Sam se acercó y comencé a relatarle todas las novedades.
-Impresionante.- Dijo luego de enterarse de todo – ¿Pero dices que en la cárcel Oso se encuentra detenido por su cuenta?- Agregó rascando su cabeza como extrañado de saber esa parte.
-Así parece, temblando y con cierto miedo decidió entregarse.-
-Pero si está dentro de esa lista entonces no creo que sea casualidad este fuego sin peligro para nadie. Pues justo es la suya.-
En ese momento recordé la mirada inquieta de Oso al entregarme el expediente, como si supiera a lo que se enfrentaba luego de hacerlo. Mi siguiente pensamiento es que fui una estúpida que no vi lo evidente, sin darme cuenta habíamos caído en una trampa. Ese fuego había sido provocado para distraernos.
Con prisa subí al móvil pidiéndole a Sam que a corta distancia me siga hasta la comisaría. Tomé el expediente mientras conducía y abrí el sobre pequeño, dentro había una carta además de una fotografía sin colores.
-Sara, hay fuego- dijo Sam a través de la radio. Dando por cierta mí teoría sobre que la comisaría sería el siguiente paso del asesino.
Cuando llegué desenfundé mi arma y apunté hacia la única persona que se hallaba en el lugar –Quieto no se mueva ni intente nada - dije y el sospechoso de pelo canoso que aparentaba tener unos cincuenta años y era fornido, obedeció levantando sus manos para luego arrodillarse en el piso sin decir una palabra. Sam apenas llegó comenzó a desenredar la manguera del camión. Pero, dada la magnitud del fuego nada se podía hacer por el pobre recluso, quien de seguro había muerto encerrado en una celda en el subsuelo de la comisaría.
Sin dejar de apuntar caminé alrededor del sospechoso hasta ponerme frente suyo.
-¿Qué hace usted aquí? – Preguntó intrigado Sam al reconocerlo.
-Llegué antes que ustedes atraído por los gritos desgarradores provenientes del interior de la comisaria – Respondió – pero, lamentablemente por las grandes llamas me fue imposible entrar y cuando escuché la sirena del camión de bomberos, opté por quedarme para ver si podía hacer algo más. Lo que digo es cierto como el sol brillando en el cielo-
-O tal vez para disfrutar del espectáculo y asegurarse de que todo termine. – Dije mirándolo fijo a los ojos.
-Oficial ¿Acaso piensa que tuve algo que ver en esto?-
-“Tan cierto como el sol brillando en el cielo”...También leí Frankestein- dije – pero imagino que no esperaba ver revivir a nadie. -
-Sam…-dijo elevando su voz sin dejar de levantar sus manos -…por favor ¿Podrías decirle a esta mujer policía a la cual no conozco con quién está hablando?-
Mientras continuaba apagando el fuego Sam no podía quitar el asombro de sus ojos. –Sara además de ser policía es una amiga de la infancia… – Respondió sin dudar-…si le está apuntando debe estar muy segura de lo que hace.-
Girando la mirada hacia mí el sospechoso dijo –Sara, así te llamas. Entonces si sabes quién soy ¿Puedo bajar mis manos? –
-Por el contrario, sabiendo quien es usted- dije mientras buscaba mis esposas y me acercaba a su lado – y por el asesinato de todas estas personas. Del presente y del pasado, queda detenido, señor Juez.-
-Tiene un excepcional talento para la imaginación oficial - agregó con voz ruda. Era muy claro que, por su alta posición que lo volvía alguien intocable, sea considerada la persona más respetada e importante de todo el pueblo – pero si tiene motivos para hacerme alguna acusación formal, por el solo hecho de encontrarme en este lugar, quisiera escucharla.-
Uní sus manos por la espalda y luego de colocarle las esposas comencé a responderle cuales eran los motivos que tenía para ponerlo bajo arresto. –Durante esta noche larga y fatigosa no fue fácil poder desechar teorías de fantasmas asesinos de personas, lo primero que cualquier mortal se hubiera inclinado a pensar al ver semejante panorama tan aterrador. Pero, lo que nunca terminó de cerrarme era la consecuencia previa que derivó en estos sucesos inexplicables y la respuesta, aunque increíble, como una luz tibia entre las tinieblas, llegó a mí.- Ayudándolo a ponerse de pie continué hablando –y para eso voy a citar el pasado que sobretodo lo tiene a usted como principal protagonista.
Primero tenemos la noche donde una turba pequeña de vecinos, viejos conocidos, quienes fueron discretamente elegidos por razones de tener un fuerte cariño hacia quien era su esposa. Personas las cuales al odiar la visita de extranjeros, se prestaron a actuar inocentemente como cómplices de un crimen creyendo que con la muerte del detenido corregían con más justicia cualquier otra ley existente. Justamente una pena mayor impuesta por usted, el honorable juez del pueblo, una figura tan temida y respetada entre ellos por lo que nadie nunca dudaría de su palabra. Ni mucho menos de porqué acusó a una persona de haber cometido un asesinato sin dar una sola prueba al respecto.
Pero si retrocedemos un poco más y vamos hacia el principio del fundamento que llevó a la detención del muchacho, encontramos que fue otra persona quien esa noche realmente debería haber sido acusado de perpetuarlo. Pero dicha persona aprovechando su poderosa influencia la usó para engañar a todos los demás haciéndolos creer que estaban ante el verdadero criminal y asesino, quien merecía terminar colgado. –
A medida que iba escuchando las razones de mi acusación el semblante bastante demacrado del juez se iba transformando de una expresión apacible a una de enojo, frunció sus cejas y pasó a tener una mirada de ira enseñando sus dientes blancos apretados. Rió con cierto nerviosismo como intentando descalificar mis palabras. -Eres una mujer muy valiente…- dijo interrumpiendo mi relato y esa frase ya parecía algo constante en cada uno de los que iba conociendo -…para acusar a una persona desconocida sin siquiera ser alguien de este pueblo, pero conmigo estas ganando un terrible enemigo. Piensa bien tu próximo paso.-
Quizás haya creído que su actitud amenazante en algún punto lograría intimidarme, pero para demostrarle lo contrario reaccioné tironeando hacia arriba las cadenas de las esposas buscando con un poco de dolor detener su risa sarcástica y las expresiones de su rostro y posterior silencio, me hizo entender que lo había logrado. Bajo ningún concepto estaba dispuesta a negociar su detención. Sam separado de nosotros un poco absorto en lo suyo continuaba con las tareas de apagar los focos de incendio.
-¿Llegas aquí en mitad de la noche y aspiras a tener todo este misterio resuelto antes de que llegue el amanecer?- Gritando en mi cara el Juez intentó jugar su ultima chance.
-Aunque haya pensado que sin cabos sueltos no habría crimen, quiero contarle que su plan fracasó y que nada evitará que vaya a la cárcel…- dije mirándolo fijo a los ojos en respuesta a su dura advertencia mientras nos acercábamos al móvil policial -…y que las campanas de este pueblo finalmente puedan descansar.
Cuando ese día eligió a las personas del pueblo más fáciles de manipular, no tuvo en cuenta de que el olfato policial nunca descansa. El comisario al igual que los otros por una cuestión de amistad primeramente de seguro creyó en su historia, pero no pudo evitarse algo de desconfianza que lo llevó luego a investigarlo secretamente hasta descubrir la verdad sobre el asesinato de su esposa.
Lamento haber llegado tarde para salvar a sus víctimas. Pero puedo asegurarle que no existe manera alguna de que salga limpio de todo esto. En nombre de ellos personalmente me aseguraré de que se pudra en una celda hasta que no queden siquiera rastros de sus huesos.- Terminé diciendo y el Juez dándose cuenta de que no existía coartada alguna que lo pueda salvar de ser condenado por sus crímenes, bajo la mirada y se llenó de silencio. Sam que había terminado de apagar el fuego se acercó hacia nosotros. Tomé la carpeta y le enseñé el sobre que Oso me había entregado conteniendo una carta escrita con letras de mujer la cual era propiedad de Clara e iba dirigida al muchacho. En pocas líneas ella le confesaba el maltrato que le propinaba con frecuencia su marido y su amor y su decisión de escapar del pueblo junto a él. Eso aclaraba el porqué el Juez esa noche envuelto en celos asesinó a Clara y luego sin algún tipo de juicio justo condenara a muerte al detenido. Acompañando el expediente el comisario tenía otra prueba irrefutable: una fotografía donde se lo veía al Juez enterrando el cadáver de Clara en algún lugar del bosque. Sam tenía razón, el comisario durante años extorsionó al Juez hasta que este se cansó y decidió terminar con todos los testigos.
Dando fin a todas las otras teorías le pedí a Sam, quien no podía salir de su asombro al enterarse quién era realmente el Juez al cual todo el pueblo respetaba, que guardara todas las pruebas pues no era conveniente tenerlas cerca de mí, ya que me correspondía efectuar el traslado del acusado hasta las dependencias policiales de la ciudad más cercana.
La gruesa niebla que llegó junto al espíritu dentro de los sueños de los niños como buscando evitar que los asesinatos quedaran en el olvido, comenzó lentamente a disiparse para dar lugar a una leve lluvia. Sonreí y suspiré con cierta esperanza imaginando que pronto cambiaria todo ese panorama desolador.
Cambié a mi hija al asiento del acompañante y como dicta el manual de procedimientos ubiqué al Juez en la parte trasera del móvil la cual se utiliza habitualmente para el traslado de detenidos. Luego pise a fondo el acelerador y nos pusimos en marcha. Estábamos aproximadamente a una hora de nuestro destino más cercano y la lluvia comenzaba a caer con más fuerza.
El ir y venir de los limpiaparabrisas quitando las gotas que por momentos desdibujaban la línea blanca del asfalto que marca la división de la ruta, se volvía algo tedioso e irritante. A pesar de todo mi pequeña hija continuaba durmiendo plácidamente y verla tan relajada me dio un poco de envidia, como el extrañar la infancia cuando parecen tan lejanos los problemas constantes que envuelven la vida adulta. Me vi al espejo retrovisor dándome cuenta que la larga noche me había dejado un muy mal aspecto. Añoré esos momentos en mi casa tomando baños de inmersión con agua demasiado caliente. Algo que amaba hacer.
Señales desoladas en color verde, rojo y amarilla en la ruta, a las cuales dejaba muy rápidamente atrás, devolvían el reflejo de la luz de los faroles del móvil. Todo parecía normal, hasta que en una parte el camino se volvía angosto hasta quedar de un solo carril y algo llamó mi atención. Sobre la carretera delante de nosotros un animal parecía estar recostado sobre el asfalto. Disminuí la velocidad evitando atropellarlo y viendo que era una simple vaca bajé del móvil buscando convencerla de quitarse y dejarnos luego continuar viaje.
Aprovechando esa distracción el Juez, quien astutamente debe haber tomado alguna copia de las llaves de las esposas antes de quemar la comisaria y guardarla por las dudas. Sorpresivamente abrió la puerta trasera del vehículo y corrió hacia el bosque a toda prisa.
Me acerqué al vehículo para cerciorarme y sin dudarlo grité –alto- para luego echar a correr detrás de él. Encima nuestro cómo encendiendo el cielo una larga ramificación de luces cruzó entre las nubes cargándolas de energía una y otra vez. Todo el techo de los arboles del bosque se iluminó en ese momento de un tono gris creando sombras nuevas a mis pies. Un espectáculo tan precioso que traía miedo a la vez. La leve lluvia comenzó a transformarse en un diluvio eléctrico.
Salté sobre enormes raíces gruesas que se elevaban unos centímetros del suelo, sentía como las arterias de mis brazos parecían hincharse de tanta sangre que mi corazón bombeaba en cada latido acelerado al máximo por el esfuerzo que me traía esa persecución, pero ser la única mujer entre 5 hermanos varones me enseñó a ser terca y no dejar que nunca ellos pudieran vencerme en cualquier competencia.
La silueta de una granja abandonada dando una inmensa escena sombría comenzó a aparecer por delante y el Juez como si conociera el lugar se dirigió directamente hacia ahí. Cruce la tranquera medio caída y me detuve frente a la puerta al llegar y tomando el arma encendí mi linterna. Sin dejar de apuntar hacia adentro giré las manijas oxidadas de la puerta primero lento y luego de par en par hasta abrirlas por completo. Algunos cuervos volaron asustados. Comencé a respirar más pausado intentando calmar mis pulsaciones mientras recorría con la mirada el lugar bastante oscuro, enormes telarañas colgaban en las esquinas. Mi sudor por momentos me nublaba los ojos y desesperada pasaba mis manos buscando limpiarlos. El radio sonó con un mensaje de Sam – estoy viendo el móvil policial, tu hija duerme pero ¿Donde estas?-
-Estoy activando la señal que dispara la alarma de mi teléfono – respondí – síguela hasta mí que el Juez logró escapar pero lo tengo cercado en una granja a poca distancia de tu ubicación...- fue todo lo que pude responder antes de sentir muy cerca mío una presencia y al girar el cuerpo vi el bulto del Juez quien intentó golpearme con una pala que pasó muy cerca de mi hombro.
Rápidamente eche mi cuerpo hacia atrás dejándome caer al suelo y buscando defenderme de la violenta agresión disparé una vez. La luz del fogonazo reveló el rostro maligno del Juez. Sus ojos estaban completamente inyectados en sangre.
-Acabamos de descubrir que realmente eres una mujer muy valiente – dijo el Juez con una mueca de dolor que deformaba su rostro mientras soltaba la pala y se tomaba con ambas manos la zona del estomago.
Caminó tambaleando hacia afuera y cayó mortalmente herido sobre un montículo de tierra removida.
Salí por detrás de él y fue en ese momento que reconocí el lugar. El árbol a medio quemar donde habían colgado al muchacho estaba cerca de nosotros y también la tumba donde Clara había sido enterrada por el Juez. Era el escenario donde todo comenzó. Pero algo sobrenatural sucedió a metros de donde estaba ubicada. Un sorprendente haz de luz, como alma escapada, subió desde el montículo de tierra y rebotó contra el árbol quemado a medias. Trepó luego hasta las nubes para mezclarse con una cadena de raíces blancas, como nutriéndose de fuerza y regresó nuevamente en forma de un gran rayo que, ensordecedor, descargó toda su furia sobre el mismo árbol sacudiendo la tierra a nuestro alrededor. Todo eso ocurrió en apenas decimas de segundos.
Cuando mis ojos se repusieron del enorme resplandor de luz y mis oídos dejaron de escuchar el zumbido de la explosión, vi algunas llamas rojas y nubes de humo emergiendo rápidamente de su interior y como si fuera una especie de pasadizo conectando la vida y la muerte esas nubes de humo formaron una silueta femenina a la cual el Juez rápidamente reconoció. –Clara, no puedes ser tú- su voz sonó temblorosa y su rostro estaba completamente envuelto en horror. Todo antes que el fuerte sonido de la madera al crujir nos advirtiera de las consecuencias del increíble fenómeno.
Un enorme tronco del tamaño de un auto desde lo alto cayó hacía donde estaba el Juez quien sólo atinó a intentar cubrirse con sus manos, pero, ni con esa burda maniobra pudo evitar que todo ese peso lo termine aplastando y de esa horrible forma acabe su vida.
El aire se llenó de un olor a tierra mojada y silencio que solo era cortado por el incesante murmullo de la lluvia.
-Sara- escuché el grito de emoción de Sam al verme y por detrás decenas de sirenas policiacas que acudían en mi ayuda. Finalmente todo rastro de maldad que inundaba las calles de Odisea había muerto junto al Juez.
F I N
© Claudio Alejandro Castro
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