Rojo
Rojo (parte 2)
Siendo temprano en la mañana la radio de transistores daba un resumen con las noticias políticas más importantes de la semana ese caluroso y soleado sábado.
El Detective escuchando las noticias se rasuraba con una navaja viéndose al espejo del botiquín, a su lado, sobre el inodoro, la edición matutina de un periódico tenía otra vez una foto suya en la tapa principal “El Detective Rojo encuentra la gran joya perdida en el puerto de Buenos Aires” decía el título. Debajo, en letras más pequeñas, los periodistas aún seguían debatiendo sobre cuál debería haber sido el tamaño del iceberg que hundió al crucero Titanic en el pasado otoño.
Hace un tiempo la prensa, por sus continúas apariciones en las portadas de diarios y revistas, había decidido apodarlo y eligieron un particular nombre para ello “Rojo”, dado que donde se encontraba siempre había sangre alrededor y quizás tenían mucha razón.
La mujer completamente desnuda de cabello largo y piel morena, con la que frecuentemente pasaba las noches, dormía plácidamente en la cama del cuarto.
El teléfono interrumpió la paz matutina. Apresurado limpió el resto de jabón de su rostro con una toalla y se dirigió hacia el comedor, giró la perilla del volumen de la radio hasta silenciarlo y fue cuando pudo escucharse el ruido de un choque automovilístico mezclado con un sonido seco al que enseguida reconoció como un disparo de arma de fuego, que llamaron su atención.
-Vístete y vete antes de que tú marido te extrañe- gritó y tomó su arma de la corredera que estaba colgando del perchero, para luego correr con sus pies descalzos hacia el balcón.
Ethel, cuyos padres fueron inmigrantes cubanos amanecía siempre de buen humor, pero increíblemente, a pesar del dicho que dice “las mujeres hermosas nunca están solas”, ella si estaba sola y amaba al Detective.
-Chico, tú sabes que odio cuando traes el trabajo para la casa- dijo irónicamente con su dulce voz de cantante de cabaré antes de girar en la cama para poder continuar durmiendo.
Al salir al balcón lo que pudo observar bajo el sol caliente del mediodía, fue un vehículo Ford T color azul cuyo conductor parecía desvanecido sobre el volante que iba desacelerando su marcha poco a poco y otro de una línea exclusiva marca Renault color gris, del cual no recordaba haber visto muchos circulando por la ciudad, alejándose a toda velocidad con rayones en la pintura de su costado izquierdo, marcas que eran como si hubiera colisionado contra algo duro.
Descendió rápidamente por las escaleras mientras el ambiente se llenaba primero del múltiple sonido de silbatos (medio de comunicación entre los oficiales de policía) y luego de sirenas policíacas aproximándose.
El vehículo había detenido su marcha totalmente al chocar con la vereda y un poste de luz.
El Detective se acercó y comenzó a analizar lo que veía. Hombre blanco edad aproximada 50 años traje algo viejo y desgastado cabello color negro entre canoso, zapatos lustrados recientemente con pomada con abundante sangrado en su pecho manchando su camisa blanca, bigote fino sin cicatrices visibles y de contextura obesa. Su mente viajaba a una velocidad impresionante armando un pizarrón mental en cuestión de segundos.
Un uniformado se fue acercando luego de descender del móvil mientras otras unidades policíacas iban llegando al lugar.
-Buenos días Detective. Estaba patrullando la zona y fui quien hizo sonar el silbato para alertar a los demás - dijo uno de los de traje azul y bigotón policial con insignia de sargento. No existía autoridad en la ciudad que no reconociera a simple vista y, sobre todo, guardara cierto respeto al famoso dueño de casi todas las portadas de los periódicos por sus agitadas y sangrientas aventuras policíacas.
-Hola- dijo el Detective sin quitar la mirada del vehículo y los alrededores. -podrías por favor dar la orden de acordonar la zona dando un margen de dos cuadras hacia arriba y hacia abajo debemos mantener limpia la zona del crimen. Necesito testigos y causas posibles del porqué alguien asesinaría a otra persona durante el día, en plena calle y a metros de mi puerta. - Los vecinos curiosos comenzaban a salir y a comentar entre ellos junto a los ocasionales transeúntes.
-Sí, señor. Inmediatamente- respondió el sargento. - Pero podría por favor vestirse. - agregó mirándolo de reojo mientras con su mano daba indicaciones a los otros policías.
El Detective solo vestía una camiseta blanca y calzones grises a plena luz del día.
-Los periodistas están cerca - agregó el sargento indicando con su cabeza hacia adelante. Mientras un flash de foto apenas iluminaba por unos segundos.
-Ethel - gritó el Detective. Pero ella conociendo a su hombre venía asomando en ese momento por el balcón del departamento ubicado en un segundo piso con unos pantalones y un saco en sus manos.
-Gracias, pero solo quería mi anotador y una pluma - dijo irónicamente el Detective mientras los recogía del suelo.
-En el bolsillo de tu pantalón mi rey - respondió Ethel mientras saludaba con su mano. Su piel brillaba bajo el sol.
-Que hermosa mujer- dijo el sargento.
-Si quiere verla trabaja todas las noches cantando en el cabaré de la zona del congreso. - dijo el detective -Pero ahora hagamos nuestro trabajo. Dejemos el placer y las bellas mujeres para otro momento. -
Tomó el cuerpo del hombre muerto y lo jaló hacia atrás.
-¿Podrías ayudarme? El cuerpo de un muerto pesa el doble y necesito colocarlo sobre su silla para poder buscar pistas entre sus ropas-
- ¿Qué crees que hacía? - preguntó el sargento mientras los dos intentaban sentarlo.
-Por el ángulo en el cual quedó el vehículo, pienso que estaba buscando estacionar cuando fue embestido, en una mala maniobra, por el otro auto desde donde creo que le dispararon.
Recuerdo un par de noches antes observar este mismo auto estacionado cerca del café que está una cuadra más abajo. Me llamaba la atención su mano derecha donde le faltan la mitad del dedo anular y meñique y creo que por esas viejas heridas su profesión debía ser la de un carnicero. Siempre traía puesta una boina color negro que se le debe haber caído.
Si tal vez estaba tratando de acercarse para poder hablarme ¿Cuál sería su motivo? -
-Aquí está su boina- dijo el sargento.
- ¿Por cierto cuál es tu nombre? - preguntó Rojo.
-Disculpa, me olvidé de la presentación, me llamo Enrique, pero me conocen más como Quique y soy un agente policial con muchos años en la fuerza. -
-Mucho gusto Quique. Pero si quieres ayudarme debemos apurarnos. La ambulancia de la morgue puede demorar varias horas, pero el fiscal de turno en una hora estará por aquí y luego de su llegada mi libertad para alterar la escena del crimen ya no volverá a ser la misma. Cómo este cadáver ya no podrá declarar deberemos buscar indicios en su cuerpo y el entorno.
- ¿Por qué hueles su ropa y mueves sus dedos? - Preguntó extrañado y con cierto asco el sargento.
-Posee sus ojos irritados y su piel está también irritada por debajo de sus dedos. ¿Sabes qué puede significar? -
- ¿Que tuvo contacto prolongado con algún químico? - re preguntó el sargento.
-Muy bien. En este caso pólvora quemada. Ahora, ¿qué tienen en común los carniceros con la pólvora? -
-Creo que no tengo respuesta -
- ¡Exacto! - Exclamó el Detective. - No hay respuesta porque no tienen nada en común. También su ropa que huele a huevo podrido al que seguramente habrás confundido con el típico de las cloacas, algo normal por estas calles. Pero en realidad es sinónimo de haber manipulado altas dosis de azufre. Igualmente, no creo que ese haya sido el motivo principal por el cual vino a buscarme. –
-Aquí, bajo la solapa izquierda tiene algo parecido a un distintivo. – Dijo el sargento mientras sostenía la solapa del saco con sus dedos permitiendo ver lo que había debajo. El Detective al acercarse notó la forma de una escuadra y un compás encerrando una letra “G” bordados en hilo color blanco.
-No es un distintivo cualquiera – dijo el Detective – Es un símbolo. El muerto pertenecía a la logia masónica y por eso usaba su símbolo para distinguirse entre las personas comunes. –
-Creo que ya tienes una idea del motivo. – Dijo el sargento.
-Algo así, pero, volvamos a dejar el cadáver en su posición original que el fiscal debe estar al llegar en cualquier momento. – dijo lanzando un suspiro el Detective luego de poner un rostro de preocupación.
El fiscal se hizo presente momentos después. Conversó con los policías, pero el Detective evitó darle todos los detalles de las pistas encontradas. Luego se acercó al sargento Enrique y hablaron en voz baja.
-Hola. - Dijo el sargento luego de haber terminado la reunión con el fiscal. - Hoy tuve un interrogatorio extenso de parte del fiscal, el cual, conociendo tu historial de casos y tu habilidad para resolver escenas del crimen, se dio cuenta de cuanto evitaste darle información. -
-Por el momento es mi derecho reservar todo lo averiguado y hasta tanto tenga una idea absoluta de los acontecimientos seguirá de esa manera ¿Y qué le dijiste? -
-Nada. Si tú con toda la experiencia como detective que tienes escondiste detalles es por algo importante. Alguna especie de sexto sentido tuyo y por eso decidí darte mi apoyo. Pero ahora tengo que darte la mala noticia. El fiscal en castigo me ordenó que sea tu compañero de aventura por lo que dure la investigación. -
-Gracias por tu apoyo- dijo el Detective sonriendo -y acepto tu ayuda. Tengo que darte una misión mientras analizo lo que hallamos hoy leyendo el cadáver en la escena del crimen. -
El sargento luego partió en una misión especial encomendada por el Detective.
El vehículo Renault dónde huyó el tirador era una edición limitada de la cual solo había tres autos registrados en todo el país. Dos estaban en el distrito de la ciudad de Buenos Aires. Por el momento los tres dueños de esos autos pasaron a ser los principales sospechosos.
Uno de todos esos autos debería tener raspones y abolladuras recientes en su lado izquierdo.
Pero el Detective no estaba del todo feliz por la noticia de tener un compañero y por eso envió al sargento a revisar esos autos sabiendo que el verdadero sospechoso no iba a estar entre ellos. Mediante pactos del pasado, la logia masónica tenía prohibida la entrada a la ciudad de Buenos Aires.
Entre las pistas encontradas, una en particular, parecería contener una importante información. Un pedazo de papel roto el cual poseía unos enigmáticos números que había encontrado en la mano del muerto y que decidió ocultar mientras tanto del fiscal y sobre todo de su nuevo compañero a quien aún no le tenía la suficiente confianza como para poder compartir sus hallazgos.
“23.12” era lo que contenía escrito ese papel roto junto a manchas de sangre.
Pero ¿Qué podría decir? ¿Una hora o un día próximo del calendario? ¿O quizás todo junto?
La habitual marea de preguntas despertaba su extraña manera de pensar. Algunos críticos dirían que extraordinariamente conjugaba el pensamiento convergente planteando el problema y el divergente creando posibles decisiones en base a opciones que su mente dibujaba utilizando en cierta manera la experiencia de casos anteriores de manera simultánea. Pero era la música lo que más aceitaba su poder cognitivo y para eso disponía de una trompeta, herencia de su padre, quien la usaba para despertarlo para ir a la escuela dándole el toque de diana al amanecer, como se acostumbra a hacer en el ejército con los soldados. Instrumento que con el paso del tiempo le fue enseñando a amarlo y a respetarlo.
Era sábado 20/12 por lo que si aplicaba esos números al calendario entonces indicaba algo que supuestamente ocurriría dentro de tres días, cerca de la Navidad. Pero ¿Quitar una vida por un simple papel?
Ethel luego del almuerzo se retiró al cabaré en su propio Ford T color marrón, ese año el congreso había aprobado la primera ley que permitía entregar registros de conducir femeninos y ella, con mucho orgullo, fue la segunda mujer en aprobar el riguroso examen de manejo. Luego de que ella partiera el Detective continuó toda la tarde buscando entre libros de literatura masónica alguna pista que pudiera ayudarlo.
El cabaré Armenonville, basado en un teatro parisino, fue inaugurado en 1910 y estaba ubicado en avenida Alvear por el barrio de Recoleta y desde su apertura se transformó rápidamente en un emblema de lujo y glamour y era visitado por grandes personalidades. Contaba con una grandiosa orquesta con muchos músicos de renombre y fama que alegraban las noches con largas sesiones de tango y alguna que otra música exótica.
Luego de cantar un par de tangos acompañada de la orquesta, Ethel, quien vestía muy elegante, se quedó en silencio mientras recibía unos tibios aplausos.
En ese momento empezó a sonar una trompeta en solitario y ella enseguida reconoció sus notas y comenzó a entonar una vieja rumba cubana la cual habla del hombre y la mujer, la tierra y la cosecha, del fruto prohibido y la vida y la recompensa del amor mientras la percusión de los tambores, la batería y el piano lograban que algunas personas muevan ligeramente la cabeza y los pies al ritmo de la música, generando un clima con mucho más sabor a fiesta y alegría para todos los presentes. Cuando su majestuosa voz y las luces del escenario se apagaron indicando el final de la canción, el público se puso de pie estallando en un aplauso general y vitoreando su nombre. Ella era la estrella, como lo era todas las noches y eso la volvía una mujer feliz.
El Detective guardó en su estuche la trompeta y luego de agradecer a los integrantes de la orquesta, por su acompañamiento, descendió al bar. Ethel, quien ya había terminado su repertorio de la noche, también se dirigió hacia el mismo lugar.
Luego del apasionado beso fue ella la primera en hablar. -Te conozco y sé que cada vez que vienes a verme es por el sentimiento de culpa que te da ausentarte por cosas relativas a tu profesión. -
-Tengo que seguir una pista fuerte y me ausentaré unos días. Pero te los compensare a mi regreso. - dijo el Detective mientras la tomaba de la mano.
-¿El nuevo compañero del que me contaste no irá contigo? -
-Fue a seguir una pista falsa. Estará molestando a un juez y a un banquero y eso lo mantendrá entretenido hasta altas horas de la noche. Pero ahora necesito un favor tuyo, que me lleves a Constitución en mi auto y que luego lo dejes estacionado aquí en el cabaré. Tengo una hora para abordar un tren y sabes que por mi trabajo no puedo darte más información para no poner tu vida en riesgo, pero nos mantendremos en contacto. –
-Creo que comenzaré a llamarte como lo hacen todas las personas por culpa del periodismo: “Rojo” – Dijo Ethel observando una fotografía del detective en un pedazo de hoja del periódico manchado con algunas gotas de alcohol que estaba sobre la barra de madera del bar.
Afuera de la estación, el vehículo marca Anasagasti color negro construido totalmente en Argentina, había quedado aguardando con el motor en marcha, el reflejo en los ventanales del tren de una pareja besándose en el andén, bajo el vapor de la locomotora y las tenues luces blancas del andén, volvían el momento aún más romántico.
Cuando el sonido del silbato anunciando la partida del tren repitió su eco por toda la estación, se escuchó a Ethel decir – Rojo, no me olvides- llevando ternura en su voz y lágrimas en los ojos. En una simple promesa el Detective dejó toda la muestra de su amor hacia ella - “volveré por ti”-. A su lado, apoyado sobre el asiento, había una maleta de cuero color marrón, su sombrero y el estuche azul de terciopelo dónde guardaba su trompeta.
Luego de llegar a la estación de destino tomó un taxi buscando dirigirse al hotel más alejado del casco céntrico para así poder evitar la mirada de los curiosos y sobre todo a los perros sabuesos de la prensa. Por eso decidió viajar bajo el amparo de las sombras de la noche, sabiendo que, a esas horas, la mayoría de las personas estaría durmiendo en sus casas. Estaba en la única ciudad del país donde, en los planos originales de su construcción, fue permitido utilizar arquitectura masónica en todos sus rincones, inclusive se puede encontrar fácilmente la forma de la escuadra y del compás, su típico logo, dibujado en los mapas de sus calles y diagonales: La ciudad de La plata. Hasta esa ciudad lo habían llevado las pistas y era donde se encontraba el dueño del tercer auto marca Renault edición limitada a quien Rojo había conocido personalmente en el pasado.
Temprano en la mañana llamaron insistentemente a la puerta. Rojo se levantó rápidamente de la cama y sacó su arma y esperó unos momentos detrás de la puerta en completo silencio.
-Sé que estás ahí - dijo una voz que le sonó muy familiar. -Soy el sargento Enrique -
Rojo abrió la puerta y miró hacia los costados antes de pedirle que entrara. -Pude perderte anoche al salir de la estación cuando me di cuenta de que ambos viajabamos en el mismo tren. Pero, ¿cómo me encontraste?- Preguntó mientras colocaba su arma sobre una mesa redonda que había dentro del cuarto.
-Dinero, si usas dinero en cualquier ciudad puedes encontrar a las personas, verás, cuando visité al segundo sospechoso me informó que recordaba haber visto registros de un tercer auto y que figuraba como destino final la Ciudad de la Plata. Luego al no encontrarte en tu domicilio y notando que habías desaparecido fui al cabaré y vi tu auto estacionado afuera, esperé a que salgas y te seguí a la distancia pero luego al llegar aquí se complicó un poco más cuando me di cuenta de que te había perdido, pero lo solucione primero buscando al taxista que te había traído hasta aquí y luego sobornando con dinero al conserje para que me diga tu cuarto, a quien por cierto, note que presenta un seseo constante al hablar y, por suerte, aún no había cambiado de turno. Me llevó una investigación de toda la noche pero pude lograrlo. Por algo gane el rango de sargento de homicidios y no fué simplemente por mi gracioso bigotón.-
-No, no digas suerte. Es algo básico de las creencias. Es el destino lo que más pesa y si estás predestinado entonces sobrevives.- dijo Rojo quien se iba vistiendo mientras corría una silla hacia atrás y con su mano invitaba al visitante a sentarse. -voy a ir poniéndote al tanto de las noticias, luego de todo lo que has hecho para encontrarme te lo mereces.-
El sargento interrumpió la conversación enseñando un pedazo de papel -tengo algo nuevo para tí, en la morgue encontraron este pedazo de papel cortado en la boca del muerto.-
Rojo pudo ver lo que decía el papel y agregaba la otra parte que le faltaba a su otra pista y que lo hacía aún más enigmático. “Iglesia - 23.12”
-es una dirección - dijo Rojo sacando de su maleta de cuero un mapa de la ciudad. -Estamos en la ciudad de las calles y las diagonales con números y nos estamos olvidando de usarlos para las direcciones.- siguiendo los números con sus dedos encontró que estaba ubicado en el centro exacto del compás y la escuadra, a mitad de la ciudad - es la primera iglesia fundada en la ciudad, 23 y 12. Al menos ya tenemos resuelto esa parte, pero ahora deberemos dirigirnos a ver al dueño del Renault. A Elías, alias “El Carnicero”.-
Era 21 de diciembre y las calles de la ciudad comenzaban a vestirse con los clásicos colores navideños.
Les tomó algo de tiempo acostumbrarse a las numeraciones para poder encontrar el frigorífico. Su oficina estaba detrás de la zona donde los empleados faenaban las 24 horas del día. El negocio de la carne jamás se detenía, ni siquiera siendo un Domingo.
-Todavía sigues con Ethel? ¿Cómo hace esa mujer para soportar tu estilo de vida?- Elías, el carnicero quien tenía toda su dentadura recubierta de oro, soltó una carcajada contagiosa.
-Eso a ti no te incumbe mi amigo, pero vine aquí porque necesito dos cosas y luego me iré.- respondió el Detective con una media sonrisa dibujada en su rostro. El sargento había quedado afuera del frigorífico espiando la zona por si había movimientos sospechosos mientras Rojo mantenía la entrevista con Elías. Muchos empleados y camiones de reparto bajo el sol del mediodía iban y venían saliendo por el portón principal.
-Dime y las tendrás enseguida-
-un auto -
-Elige el que quieras de mi garage-
-El Renault edición limitada-
-Me estás insultando - dijo con tono agresivo el Carnicero mientras se ponía de pie golpeando pesadamente el escritorio con una mano -todos saben que ese auto jamás sale de aquí, y menos sin que yo lo maneje, y si estoy aquí entonces las llaves estarán colgadas cerca mío donde jamás pueda perderlas de vista- dijo señalando hacia la pared donde estaban las llaves colgadas en solitario debajo de algunos cuadros enmarcados conteniendo fotografías que iban enseñando el paso del tiempo en la vida del Carnicero, pero, por las marcas en la pared, faltaba uno entre todos ellos. Era el dueño del único frigorífico habilitado para operar y de todas las carnicerías de la ciudad.
-quieres verlo y comparar el ruido de su potente motor contra el de tu Anasagasti?-
Rojo asintió con la cabeza y luego se dirigieron a la parte de atrás, a los fondos de las instalaciones donde estaba un garaje enorme. Había decenas de camiones de reparto en fila, todos estaban estacionados y con el motor apagado.
-contempla está belleza. Impecable- dijo el Carnicero. Rojo revisó el auto con la mirada, pero no encontró señales de algún tipo de abolladuras del lado izquierdo ni tampoco marcas de pintura reciente. No era el auto que buscaba y solo dijo un elogio para hacer sentir bien al dueño y que no sospeche que buscaba -hermoso auto el que tienes.-
Regresaron a su oficina y el Carnicero ofreció uno de sus camiones en reemplazo del auto cosa que Rojo aceptó mientras ambos tomaban asiento nuevamente.
-Cuál era la segunda cosa mi amigo?-
-Armas y pólvora. Si quiero muchas armas y pólvora, como para una puta revolución en esta ciudad ¿Adónde me dirijo para obtenerlas sin ningún trámite burocrático de por medio? Y tú sabes bien dónde puedo obtenerlas.- preguntó Rojo.
-Diste justo en el clavo, hace un tiempo, una persona importante de esta ciudad entró al igual que tu por esa puerta y me dijo lo mismo. “Armas, necesito armas y pólvora y pago muy bien por ellas” y se llevó un par de camiones completamente cargados. Ahora la pregunta qué debo hacer es: ¿viniste aquí a detenerme o solo a conversar sobre los viejos tiempos?-
-no seas estúpido- respondió Rojo. - primero no es mi jurisdicción y segundo si viniera a hacerlo no tendríamos está conversación amigable. Aún no quebrantaste ninguna ley que tus amigos de la justicia no permitan por estos lugares. Puesto que si alguien te buscaría sería yo el primero en enterarme. Pero nuestra vieja amistad no me permitiría hacerlo. Ahora dame el nombre de quien lo hizo.-
-Te daré su nombre, pero si quieres interrogarlo te aviso que llegaste un poco tarde. El idiota murió hace un año por las secuelas que le dejo la última epidemia.-
-Por otro lado hubo un muerto en buenos aires que conecta con esta ciudad ¿Qué sabes de la iglesia ubicada en 23 y 12?- Rojo usaba un tono y un rostro más serio para sus preguntas. Notó los ojos hundidos y el sudor constante en la frente del Carnicero.
-En ese lugar anteriormente hubo un orfanato el cual albergaba a muchos niños sin padres. Yo era uno de ellos. Recuerdo que era un día jueves cuando el fuego comenzó en la zona de los baños. Muchos niños y adultos, atrapados por el humo y las llamas, murieron enseguida. Otros también por consecuencia directa de las heridas semanas más tarde. Se quemaron todos los archivos con sus nombres y los pocos huérfanos sobrevivientes, entre los que estaba yo, fueron derivados a otros institutos. Luego tiraron abajo los restos del lugar y terminaron haciendo la iglesia. La primera en la ciudad. El muerto del que hablas y de quién me enteré por las noticias en la radio era uno de esos niños y por supuesto que lo conocía bien. Pero no tengo ni la menor idea de lo que hacía en la otra ciudad y tampoco tuve algo que ver en su trágico final. Estaba aquí cuando sucedió.- Sus ojos denotaban mucha nostalgia al relatar esos hechos del pasado, pero no evitó que siga hablando.
-El 23/12 además se celebrará una misa de nochebuena en ese lugar. Es una antigua costumbre por aquí, con la única diferencia que este año habrá invitados muy importantes entre todos los presentes, cómo el señor presidente de la nación y el gobernador de la provincia quienes asistirán y por primera vez se transmitirá en vivo todo el evento, al país entero a través de la radio.-
Un bocinazo llamó la atención del sargento, quien en esos momentos se encontraba vigilando la zona vistiendo ropa de civil.
-Rápido sube- ordenó Rojo quien manejaba un camión de reparto de carne prestado por su amigo Elías.
-¿Qué pudiste averiguar?- Preguntó el sargento mientras subía y cerraba la puerta del camión.
-En principio un nombre, Hector Ruiz. Según Elías fue quien le compró armas y mucha pólvora, pero terminó en el cementerio antes de poder usarla. El auto está impecable por lo que debemos descartar que tenga algo que ver con nuestro cadáver. Creo que deberemos hacerle una visita nocturna y revisar su oficina porque siento que no me dice toda la verdad y me habló como eligiendo las palabras buscando no equivocarse en ningún momento, vi sobre su escritorio muchos boletos para una gala boxística mañana como a las 19 horas y de seguro asistirá a ella. -
-¿Pedirle un camión prestado a quien crees que puede estar implicado en el caso?- Dijo el sargento.
-Es una señal de amistad, además, ¿Tu conoces a otra persona por aquí que nos pueda facilitar un vehículo? - Respondió Rojo sin quitar la mirada del camino y luego siguió hablando.
-Ahora haremos una primera parada en el cementerio para poder verificar la tumba y luego iremos a un taller abandonado donde le haremos una pequeña reforma y de esa manera podremos utilizarlo sin llamar la atención. Lo que no te dije es que dentro de dos días habrá una misa y tendremos la visita del presidente de la nación y del gobernador de buenos aires y tengo un muy mal presentimiento sabiendo eso.–
Se dirigieron por calles polvorientas hacia el sur de la ciudad. La entrada principal de la necrópolis es un impresionante pórtico con columnas muy altas estilo dóricas. El sector de bóvedas familiares estaba diseñado con la misma geometría que la ciudad con calles y avenidas y también diagonales. Dando a entender que los antiguos masones fueron sus diseñadores.
-Aquí está la tumba- dijo el sargento señalando hacia una lápida con inscripciones cortas y una fecha de muerte correspondiente al año 1911.
Rojo sacó una cámara Kodak pocket de bolsillo que desplegaba un fuelle al abrirla con la cual tomó algunas fotografías del lugar y luego se dirigieron hacia el taller abandonado que pasaría a ser su base de operaciones.
Al llegar el sargento levantó el portón metálico mientras Rojo iba metiendo el camión de culata. -Tenemos hasta el amanecer para armar nuestro centro de investigación y comenzar a analizar las pistas que tenemos hasta el momento - dijo Rojo después de descender del camión. -Pero necesito que hagas algo y es muy importante para no levantar sospechas. Que uses mi ropa y vayas al hotel donde pasarás algunas horas y regreses aquí cuando caiga la noche. No antes. Por si estuvieran vigilando el lugar y para evitar que puedan seguirte, al salir camina varias cuadras antes de intentar tomar un taxi.-
El sargento se dirigió al hotel y regresó cuando cayó la noche. Rojo había trabajado todo ese tiempo pintando el camión.
“Reparto de leche Hermanos Cortez” decía en letras blancas adornado con muchos firuletes porteños.
-¿Al menos conoces a los hermanos Cortez?- preguntó el sargento.
-Ni idea de quienes son, pero había un almanaque con una mujer desnuda y ese nombre estaba debajo. Ahora seremos esos hermanos para quién lo pregunté.-
Caminaron alrededor del camión revisando que esté todo bien. Rojo había modificado el chasis dándole unos golpes a los faroles y también había alterado la patente buscando disfrazarlo para que nadie pudiera reconocerlo. Pero había algo que llamó la atención del sargento.
En letras fileteadas en varios colores decía “Lo mejor que hizo la vieja, es el pibe que maneja” luego de leerlo dirigió inmediatamente la mirada hacia Rojo.
-Era eso o una frase religiosa- dijo Rojo levantando sus hombros.
Los gallos cantaron en ese momento anunciando la claridad del amanecer del día más importante. Un día antes de nochebuena dónde aparentemente todo sucedería.
Rojo, el detective y Enrique, el sargento, se vistieron con ropas color blanco y un delantal color verde y se colocaron unas boinas en la cabeza simulando ser unos simples repartidores de leche. Sabían que el día iba a ser muy largo y que las horas y los minutos, para ellos, en lugar de marcar para adelante, contaban hacia atrás.
Su primer movimiento era acercarse a las inmediaciones del frigorífico a bordo del camión y vigilar el momento en que Elías y sus amigos partieran hacia la gala boxística. Luego con sus ropas blancas iba a ser más fácil mezclarse entre los empleados del frigorífico. La parte más difícil sería distraerlos mientras buscaban información que pudiera servir como prueba de que, con la presencia de las principales autoridades del país, estaban tramando efectuar un atentado durante la misa en la iglesia. Si su plan fallaba quizás nunca nadie se entere la verdad sobre lo que realmente sucedió esa noche.
-Si nos descubren estábamos haciendo una entrega y nos equivocamos de dirección - dijo Rojo
-Pero no tenemos carga- dudó el sargento.
-Eso nos da una ventaja- agregó Rojo.
-Cuál?- preguntó intrigado el sargento.
-Que ellos no lo saben- dijo Rojo con total sinceridad en su voz.
El motor del Renault edición limitada ruge y sale por el portón principal. A bordo, Elias y otros tres hombres abandonan el predio. Rojo revisa el reloj, son las 16.30 de la tarde. Pero aún hay mucha luz del día y se les va a hacer aún más difícil entrar y salir sin ser vistos.
Rojo cruza la calle, da la vuelta a la manzana y usa los tachos de basura malolientes para poder subirse y luego saltar sobre la reja lejos de la vista de todos. El sargento espera cerca de 20 minutos y abre un tablero que estaba ubicado en la siguiente esquina el cual moja con agua logrando que salgan chispas volando hacia todas partes. Luego un apagón deliberado envuelve toda la zona.
Utilizando el mango de su navaja de afeitar, Rojo fuerza la cerradura que permite la entrada a la oficina de Elías. Luego de ingresar comienza a revisar un archivero metálico y para poder guardar evidencia de lo que iba encontrando utiliza su máquina fotográfica de bolsillo. Dentro del archivero había varios legajos y en uno de ellos una foto antigua donde posaban 4 niños y al girarla nota que en la parte de atrás estaba escrito el nombre de cada uno de ellos. Dentro de otro legajo había muchos títulos de tierras que llevan los nombres de esos 4 y una carta firmada por todos donde habla sobre una especie de plan que en el futuro los hará millonarios. Uno de ellos tendría que llegar a la presidencia apoyado por los otros y luego declarará capital del país a la ciudad de la plata y eso cuadruplicará el valor de los títulos de tierra que previamente hayan adquirido a muy bajo precio. Pero, agrega una cláusula que, de ir muriendo, todo pasará a manos de quién fuera el último sobreviviente.
Antes de irse revisa el escritorio de Elías y encuentra un plano del orfanato y luego encimado en lápiz la forma de la iglesia y algo siniestro y muy peculiar en ese dibujo. La hora en que comenzó el fuego en los baños coincidía con el día de la misa y el año: 23.12.
Un macabro pacto entre 4 niños huérfanos terminaría de cumplirse ese día previo a la navidad. Inversiones en tierras infértiles que adquirieron antiguamente a muy bajos precios los transformaría en millonarios, pero, dentro de ese genial plan algo salió mal, quien debía llegar a la presidencia y declarar capital del país a la ciudad de la plata, termina corriendo su decisión a la ciudad de Buenos Aires ¿Traición entre ellos o algo de culpa? Quizás el fantasma o los gritos desgarradores de los otros niños fuera una pesadilla frecuente e inolvidable que los atormente noche a noche. Pero era evidente que lo siguiente por venir era una venganza por esa decisión traicionera hacia su pacto.
El cuadro con la fotografía faltante en la pared estaba también en ese mismo cajón del escritorio. Elías abrazaba a quien ese día apareció muerto frente a la puerta del Detective ¿Será también esa culpa previa por mentir sobre que no sabía nada del porqué lo asesinaron el motivo del sudor constante en su frente sumado a los ojos hundidos por las noches de insomnio?
Debido a la falta de energía los empleados hacía rato que se habían retirado dejando el lugar completamente vacío y en silencio, pero, en ese momento, algo inesperado y fuera de todos los cálculos sucedió. Voces de personas como trayendo una especie de discusión entre ellos y de puertas abriéndose, podían escucharse cada vez más cerca de Rojo.
Ingresaron dejando detrás suyo la puerta abierta. Elías y las otras tres personas tomaron asiento.
-Perdimos mucho dinero por tu culpa - dijo el más alto de ellos.
-nos prometiste ganancias millonarias y ahora tu amigo el presidente hace un mes nos traiciona al declarar ciudad capital a Buenos Aires. Eres una vergüenza para todos los masones. - habló otro en un tono muy alto. El tercero, una y otra vez, frotaba las manos sobre sus piernas mientras mantenía silencio.
-esto no va a terminar bien- pensó rojo quien se encontraba escondido detrás de la puerta que habían dejado abierta al entrar. Tenía su arma en la mano.
La tensión en las voces y las miradas cruzadas iban cada vez más en aumento. El final del asunto parecía bastante predecible.
Elías sacó su arma de uno de los cajones y solo pudo efectuar un disparo. Los otros tres fueron más rápidos y dispararon hasta casi vaciar sus cargadores. Uno de ellos cayó herido. El Carnicero, bañado en sangre, agonizaba por los múltiples balazos recibidos en su cuerpo.
Mientras el humo de las armas todavía no se había disipado del aire, Rojo empujó la puerta y al grito de -“quedan todos detenidos”- intercambió disparos con los que todavía seguían en pie.
La balacera duró poco tiempo. El Detective, aprovechando el elemento sorpresa y con mejor puntería, les dio muerte a los dos tipos.
-Vives o mueres, tú eliges- dijo Rojo apuntando hacia el último de los tres quien estaba herido en el suelo. El tipo dudó por un segundo, pero al siguiente intentó apuntar con su arma. Solo un disparo del detective bastó para liquidarlo.
Elías seguía vivo, su rostro era una mezcla de tristeza, miedo y desesperación sabiendo que el momento final estaba próximo. Rojo se acercó y puso su oído cerca para poder escuchar las pocas palabras que el carnicero apenas pudo balbucear antes de morir.
Cuando el Detective intentaba alcanzar la puerta de la oficina, un ruido de vidrios rotos llamaron poderosamente su atención. Un fuerte olor a pólvora quemándose y su instinto le indicaron que algo andaba mal. Al girar la mirada hacia atrás observó brevemente que en el suelo había un cartucho de dinamita encendido el cual debía haber sido arrojado por la ventana. Corrió instintivamente buscando salvar su vida antes de que la explosión pudiera destruir la oficina de Elías y parte del techo que se fue desmoronando hasta dejar la mitad del frigorífico totalmente en ruinas.
Unos minutos después, con el cabello lleno de polvo de escombros, el detective salió por la puerta principal mientras de fondo el eco de los silbatos mezclados con las sirenas policíacas y de bomberos indicaron que se iban acercando hacia el lugar.
-Quedé de guardia donde estaba el tablero de energía por las dudas alguien intentara volver a conectarlo, pero corrí hacia acá apenas escuché la explosión ¿Qué fue lo que sucedió? - preguntó con su voz un poco agitada el sargento –
-Necesito que me hables más fuerte – Dijo Rojo quien aún sentía un fuerte zumbido en sus oídos acompañado de un ligero sangrado.
Los policías que se habían presentado en el lugar llamaron al comisario quien inmediatamente se hizo presente. Rojo mantuvo una conversación prolongada y al enterarse que todas las otras pruebas se habían destruido con la explosión, decidió entregarle su cámara de fotografías al oficial a cargo dónde mantenía un registro detallado de todas las pruebas necesarias para poder incriminar a Elías y a todos los integrantes de la asociación ilícita.
La tradicional misa navideña fue cancelada debido a que debajo de la iglesia había un sótano que pertenecía al viejo orfanato, que nunca fue declarado en los planos de construcción del templo cristiano, donde los masones hacían sus rituales secretos y que fue deliberadamente dinamitado buscando cumplir con el plan de venganza. El presidente de la nación fue detenido y luego encontrado culpable y condenado a cadena perpetua gracias a todas las pruebas aportadas por el Detective.
Según la fotografía encontrada por Rojo, los 4 que habían ideado el plan cuando eran niños, estaban muertos o detenidos. El primero, muerto en la puerta del domicilio del Detective. El segundo, que se llamaba Héctor Ruiz, muere un año antes por una infección por la epidemia. Elias, el Carnicero, acribillado en su frigorífico y el último de todos ellos, el presidente, quien finalmente acabó preso y condenado. Pero, aunque el caso parecía totalmente resuelto y cerrado. Aún faltaba algo y el Detective lo sabía y por eso esa mañana de 24 de diciembre y luego de que el lugar fuera limpiado durante la noche, volviéndose otra vez completamente seguro. Decidió pedirle al sargento que lo acompañara a la iglesia y cuando terminó la misa matutina, esperaron pacientemente hasta que el último de los feligreses se retirara a su casa. Ambos fueron a ver al cura párroco.
-Hola ¿Usted es el cura Néstor?- Preguntó Rojo.
El cura con su sotana de misa puesta y que era calvo y de bigote fino y corto y su cabeza tenía cierta forma de huevo, quien estaba frente al enorme altar giró la mirada y saludó -Hola - dijo - Ese soy yo. ¿En qué puedo ayudarlos hijos míos? -
Rojo se quitó el saco y lo puso sobre sus rodillas para luego sentarse en el banco de la iglesia. En la otra punta del mismo banco el sargento también tomó asiento. Era el primero de la serie de bancos de madera que habitualmente se usan para las misas, el más próximo al altar.
-Sabe? La verdad ayer escuché por primera vez su nombre en labios de un moribundo. El que usa ahora por supuesto que no fué. El tal Nestor Muñiz, me refiero al verdadero y entonces entendí todo. Don Héctor Ruiz.-
-No sé de qué está hablando creo que me confunde con otra persona- dijo el cura mientras acomodaba su monóculo y su voz era de un tono muy tranquilo. Rojo metió la mano en el bolsillo del saco y retiró un sobre que tenía un nombre escrito en pluma.
-¿Está muy seguro de que lo llevaré a la comisaría y luego de tomarle las huellas dactilares no serán iguales a las que están dentro de este sobre? Porque por más que cambie de nombre las huellas de su mano serán las únicas inalterables y quién confesó se terminó enterando tarde ya que sabía que sus socios igualmente lo matarían sin importar lo que les diga.-
El cura comenzó a sudar pero aún así seguía hablando con un tono muy tranquilo en la voz.
-Creo que esa persona estaba muy confundido sabiendo que iba a morir y tal vez lo convenció a usted y por eso vino aquí -
-Tal vez podría haber ocurrido lo que usted dice- mientras Rojo comenzaba a relatar el sargento observaba atentamente los movimientos del cura. -Pero entre las pruebas halladas en el lugar guardé una en particular que es un documento legalizado en el cual Héctor Ruiz, el finado, cede todo a la iglesia y a su cura párroco, Néstor Muñiz, incluído un Renault edición limitada que en ese momento no estaba registrado. El documento está fechado 6 meses antes de su supuesta muerte. Pero, además del documento hay una fotografía que muestra a una persona igual a usted pero sin sotana y al presidente reunidos en un bar de Buenos Aires donde le entrega una maleta la cual estaba destinado a la compra de tierras pero en otra ciudad que justo terminó siendo la elegida. Dos años antes de que gane las elecciones y uno antes de que eligiera a buenos aires como capital del país, traicionando de esa manera a todos los masones aportantes de su campaña y de la millonaria inversión en tierras totalmente inservibles, pero lo mejor es que, en estos momentos, la policía junto a los organismos del gobierno, están exhumando la tumba en el cementerio que por supuesto estará vacía. Ahora sí ve usted que no hay confusión alguna?-
-Debo felicitarlo- dijo el cura -Pero nadie puede creerle a un muerto y dentro de poco usted será uno de ellos-
El sonido del percutor de una pistola, tirado hacia atrás, interrumpió la conversación. El sargento, levantándose del banco se fue acercando poco a poco al cura sin dejar de apuntar hacia el Detective.
-Finalmente el telón de la obra termina de caer- dijo Rojo -me falto agregar dos cosas, la primera que averigüé que hay un garaje a pocas cuadras de mi casa alquilado a nombre del sargento. Quien ese día en el cual comenzó la investigación supuestamente se encontraba solitario patrullando la zona. Pero no a bordo de su móvil policial sino utilizando para despistar el mismo auto Renault edición limitada sin registrar, el cual, luego de asesinar a un hombre a sangre fría, escondió en ese garaje para cambiarse rápidamente de ropas y subir al vehículo oficial con el que finalmente llegó y se presentó ante mí y la segunda, que cuando lanzaron una dinamita a través de la ventana del frigorífico de Elías, se olvidó de algo elemental y es que no puede ocultar el olor a azufre y los químicos de la dinamita de sus ropas. Pero igual debo agradecer que se haya parado junto a usted.-
-¿Por qué debería hacerlo?- dudó el sargento.
-Por pararte en mi línea de fuego- Rojo, quien ocultaba su arma bajo el saco, gatillo dos veces. El sargento enseñando sus dientes cayó gravemente herido y el cura intentó sacar un arma que escondía bajo su sotana pero el detective lo frenó disparando al aire -tire el arma o usted acompañará a su amigo y está vez realmente estará bien muerto- dijo.
La policía retiró el cadáver del sargento y se llevó detenido al cura quien se entregó sin oponer resistencia. Rojo salió de la iglesia y arrojó a la basura el sobre que se encontraba vacío y escrito con su propia letra. - Mi intuición de justicia nunca falla - pensó.
Eran las 18 horas en Constitución cuando el último tren del 24 procedente de La Plata arribó al andén. Una bella mujer de cabello largo enrulado y piel morena aguardaba impaciente.
Rojo descendió del tren y fue recibido con todo el amor de una mujer completamente enamorada que extrañó a su hombre.
Luego del brindis de las 12 de la noche salieron al balcón y fue en ese momento, bajo el sonido ensordecedor de los fuegos artificiales, que escucharon el timbre del teléfono. Rojo fue a atender y su cara se transformó en sorpresa al escuchar lo que le decían del otro lado de la bocina.
Ethel se acercó y preguntó que sucedía.
-¿Recuerdas al detective del caso del prostíbulo y la reina abeja?- dijo Rojo.
-Claro que lo recuerdo. Fue el primero en recibir la llave de la Ciudad de Buenos Aires.- dijo Ethel.
-Secuestraron a su hija y me pidió de inmediato mi ayuda. Que por supuesto se la daré.- terminó diciendo Rojo antes de dirigirse a buscar su saco y su sombrero. Pero esa es otra historia
F I N
© Claudio Alejandro Castro
