Semillas
Semillas
Aunque parecía simplemente el final del día, el atardecer en el campo lleno de tintes rojos, traía en el aire cierta magia para esa tarde de verano. El anciano solitario de ojos claros, corpulento y de hombros anchos, vestido con pieles y cubre sexo de piel de guanaco y viviendo en una choza de armazón de arboles en forma cónica cubierta por ramas y pieles de animales, según la costumbre de sus antepasados. Podía, a lo lejos, observar las sombras estiradas de algunos paisanos, quienes habiendo terminado ya sus tareas, cabalgaban cruzando el rio a paso lento y sin apuro. A esas horas el sol flotaba por detrás de ellos. Apenas bajando el hocico, sus caballos bebían de las aguas frescas buscando aplacar el calor de la tarde.
Luego de la colonización a base de pólvora y acero, donde casi todos los indios fueron salvajemente masacrados. La guerra contra el indígena, hace algunos años, finalmente había terminado. Kepja siendo el último chaman de sangre pura sobreviviente de la tribu Ona (Selknam llamados así por ellos), primero fue evangelizado y más tarde, obligado a mudarse a otra parte del territorio siendo desterrado para siempre de su tierra natal.
Interrumpiendo el melodioso canto de los grillos y el coro de sapos, apareció Juancito, el muchacho huérfano encontrado cuando niño a la vera del rio por el Chaman, trayendo una veloz carrera sobre una carreta tirada por dos mulas. El anciano imaginando cual misión lo traía de forma imprevista, endurece su rostro. -Don Kepja…-dijo el joven luego de detenerse. -…El Cura lo llama y es muy urgente.-
Abandonando el lugar desde donde observaba sentado en el suelo el atardecer, ubicado en un valle entre montañas, el anciano camina a su encuentro. – No hagamos esperar al Curita.- Dice. Juancito obedeciendo chasquea las riendas y la carreta al ponerse en marcha emite un leve crujir, mientras por detrás de ellos en hilera, algunos perros de pelaje negro se suman lanzando gruñidos.
Una luna grande y redonda se apodera generosamente del cielo y los acompaña iluminando con su luz de plata, el sendero de tierra y piedras blancas. A la vera del camino, los altos girasoles forman interminables muros negros meciéndose al suave viento. Ejércitos de luciérnagas como diminutas bombillas amarillas vuelan libres por todas partes. Toda esta geografía rural, apenas ha sido destruida por la mano del hombre.
-Será una noche fría.- Dice Juancito.
-Temaukel, nuestro ser superior, quien vive en el cielo luminoso, vigilará a través de las estrellas. Haremos una gran fogata en su nombre y tendremos la ceremonia “Hain” de iniciación…- responde el anciano llamado Kepja, mientras con una pintura negra corporal realizada en arcilla, colorante y grasa de animal. Siguiendo una tradición de cientos de años, comienza a recubrir con rayas y puntos redondos su rostro y su cuerpo, este color era una forma de exteriorizar su sentimiento de tristeza ante una ceremonia fúnebre. Una máscara de madera de tronco con perforaciones en los ojos y la nariz, utilizada para los rituales de los chamanes (médicos brujos de la tribu Selknam) descansa a su lado.
Al llegar a la vieja casona ambos descienden, Juancito toma de la parte posterior de la carreta, un farol de aceite algo oxidado y lo enciende y con su luz parece desgarrar la negrura de la noche. El Cura del pueblo sale a recibirlos.
-Gracias Juancito por traer a Don Kepja…-Agradece el Curita y agrega…-Doña Elisa agoniza en su cama y tal como es la costumbre en este pequeño pueblo, luego de confesar sus pecados y de recibir el perdón por parte de la iglesia. Los habitantes de esta comarca están de acuerdo en aceptar con gusto esta visita final del médico brujo.- Mientras caminan hacia el interior de la vivienda, el Chaman se coloca la máscara hecha en tronco de árbol, utilizada para la tradicional ceremonia de su pueblo con la cual dejan una “semilla para la eternidad” dentro del espíritu de la persona moribunda. El Curita continúa hablando. –Luego de terminada la guerra. De todos los voluntarios del pueblo llamados a combatirla, su hijo fue el único que regresó con vida. Pero no pudo resistir las cruentas aberraciones vividas y sus profundas marcas, todas ellas invisibles a los ojos de los demás y al poco tiempo acabó suicidándose. Ella en su mente nunca aceptó su muerte y por eso, quitó la parte de su regreso y continúa viviendo acompañada por su nieto, siempre sentada junto a la chimenea esperándolo, como si la contienda no hubiera terminado. - Termina diciendo mientras señala hacia una vacía silla victoriana, ubicada en el amplio y elegante salón comedor.
Antes de llegar a la escalera principal que los comunicará con los dormitorios. Kepja se detiene al encontrarse con el nieto de Doña Elisa, por unos momentos ambos se observan fijamente en silencio, luego los tres continúan su camino hacia los dormitorios.
El curita aguarda afuera, el Chaman y Juancito ingresan para encontrarse con la mujer. Quien los recibe recostada en la cama envuelta en fuertes dolores. Ayudado solamente con el sonido de sus pies al golpear el suelo, Kepja comienza el canto buscando entrar en conexión con los espíritus de los antiguos. Un poco más atrás, Juancito, en completo silencio, observa atentamente la ceremonia. La identidad de toda una raza indígena estaba almacenada dentro del idioma. Idioma cuyo origen se remonta en el tiempo, hacia los primeros habitantes de nuestro suelo continental. Como ningún otro lenguaje arcaico, por momentos sus sonidos eran irritantes y fuertes. Palabras encadenadas al espíritu y el pensar, se encontraban dentro de la canción utilizada por Kepja para su ritual.
Agradecimientos hacia sus dioses por la vida y hacia la madre naturaleza, por los amaneceres y los atardeceres de caza, eran de los más repetidos. Mientras más tiempo se desarrollaba la conexión de Kepja con los antiguos, una maravillosa sensación de amor, se iba pegando a la piel y la llenaba de escalofríos que penetraban hasta el alma. Afuera, las hojas de los árboles parecían temblar, aunque aparentemente no soplaba nada de viento. Doña Elisa había logrado, como los árboles, sentir temblar su corazón de emoción al escuchar la canción. Sus ojos grises presentaban lágrimas. El Chaman luego de finalizar el ritual, se aproxima a la mujer y Juancito traduce las palabras del médico brujo para que ella pudiese entender. –Kúm… (Cisne)- Decía y continuaba traduciendo -…los cisnes conviven con su pareja desde los tres años y ni siquiera luego de su muerte la olvidan. Su marido es ahora un cisne y la aguarda llamándola e invitándola a los terrenos de Temaukel, nuestro ser superior. Usted será un hermoso cisne y podrá volar hacia su encuentro.- Termina diciendo mientras con su mano señala hacia arriba imitando al Chaman.
A pesar de saber que la muerte es el paso inminente, la mujer de rostro cansado y con los ojos vidriosos apenas entreabiertos los mira atentamente, un largo suspiro y una enorme sonrisa demuestran cuanta paz lograron transmitirle sus palabras.
Dando por terminada la tarea para la cual fueron llamados, Juancito y el médico brujo, subidos a la carreta, abandonan la vieja casona. La ceremonia Ona de iniciación los espera.
Caída la siguiente noche, un estrepitoso golpe seco corta el silencio nocturno. Un guanaco que pastaba momentos antes, pesadamente cae atrapado por un certero disparo de una boleadora compuesta de tres bolas pesadas atadas cada una a un cordón y unidas en un extremo. Juancito luego de andar solo durante un día vestido solamente con ropas de piel de animal, según la tradición, se acerca rápidamente buscando terminar de darle muerte a su presa con un cuchillo improvisado en piedra afilada. Ha logrado dominar a la perfección, la técnica de caza utilizada en viejos tiempos por los indios Ona. Algunos zorros colorados quienes presenciaban la escena atentamente, escapan del lugar mientras aúllan lastimeramente al ver como el muchacho les arrebata su comida. Luego Juancito emprende el camino de regreso, el cual fue marcando con pequeñas fogatas para poder orientarse. Camino que lo lleva hasta el borde del rio de aguas claras, donde lo aguarda Kepja. La parte fundamental de la ceremonia, se realiza llevando una máscara de corteza de madera tallada con largas hendiduras para los ojos y con el cuerpo pintado con líneas de color rojo y blanco (en señal de alegría), acompañado de una inmensa fogata. Juancito cruzando sus piernas se sienta en la tierra y apoya en el suelo la ofrenda recientemente cazada con sus propias manos.
Una lluvia de cometas corta la inmensa profundidad del cielo nocturno y lejos de las luces del pueblo, uno se siente parte del infinito. Dándole la espalda y señalando hacia esa parte, Kepja dice en su idioma.-Nuestras leyendas relatan sobre el paso a la inmortalidad de los hombres del pasado, quienes con su espíritu brillante, iluminan desde las estrellas que vemos todas las noches y cuando ellas caen, como ahora. Significa su reencarnación en este mundo. Durante estos largos meses – continúa hablando Kepja – has sido iniciado en toda clase de enseñanzas, acerca de las tradiciones de nuestra gente y del modo de comportarte ante los demás…– Quitándose la máscara que tenía puesta para la ceremonia, Kepja se la entrega a Juancito –…desde hoy eres bienvenido en el círculo de los hombres ¡A partir de este momento les anuncio a los inmortales, que siempre serás recordado por ellos con el nombre de Temkel! –…Exclama a viva voz mientras levanta con su brazo un leño encendido hacia el cielo. Quitándole algunas chispas de intensa luz al leño, el rugido de león del viento araña su espalda, como si el aliento de los antiguos respondiera. Luego con amarga nostalgia agrega. - …ante la masacre de los últimos hermanos y siendo el único sobreviviente, hace mucho tiempo enterré las rodillas en la tierra y pregunté a los antiguos sobre la suerte de nuestro pueblo, ellos me respondieron diciendo que no existiría futuro y solo nos volveríamos ruinas de una cultura perdida, sino se transmitía la esencia de nuestro pasado.
Con el pulso brillante de las estrellas a mi favor, me aventuré con dolor en mi alma a bajar de las montañas y viaje más allá de donde se perdía la línea del horizonte. Anduve en soledad por territorios completamente desconocidos, dejando muy atrás la madre tierra donde nací. Tierra donde en paz, nuestros ancestros veneraban sus fríos cerros, bosques, lagos y montañas.
Con tan solo diez primaveras y sin temor al verme, a la orilla de un rio te encontré y no dudaste en seguirme. A pesar de saber que miembros nativos de alguna tribu, se habían enfrentado con los de tu poblado logrando matar a todas las personas. Eras en parte, al igual que yo, un sobreviviente.
Anduvimos errando por los campos hasta llegar a este pueblo, donde el curita nos albergó y nos hizo miembros de su comunidad. Mediante tu ayuda pude comunicarme con ellos y logré transmitirles recetas de cientos de años para curas de dolencias, épocas de siembra y caza utilizando boleadoras. Logramos, de esta manera, vivir entre ellos pudiendo entre una tribu pequeña con una inmensa cultura y la suya, unir nuestras diferencias. Concluimos la misión de amor encomendada por los antiguos. Logrando preservar nuestra lengua y conocimiento ancestral, al nombrarte esta noche como el nuevo Chaman. El último médico brujo.- Dijo con marcada felicidad en el rostro.
La silueta de un jinete interrumpe la ceremonia que se desarrollaba junto a la enorme fogata. Kepja advirtiendo de quien era, se pone delante del joven iniciado. Bajando rápidamente del caballo, el jinete vestido con ropas militares azules desenfunda un arma y primero dispara al cielo, para luego apuntar hacia donde se encontraban los dos indígenas corpulentos. Algunos pájaros vuelan asustados. Temkel sin miedo se pone de pie, ambos indios eran de ojos claros, altos y con músculos tan duros y fuertes como un roble.
-El tiempo del salvaje indígena tiene los días contados...- Grita el jinete mientras apunta hacia ambos hombres -…Sabes quién soy y también debes saber el motivo por el cual me encuentro ante ustedes.- Dice mientras con su dedo, jala hacia atrás el percutor metálico del arma preparándola para abrir fuego.
Un largo silencio se hace presente entre los tres hombres. Kepja es el primero en quebrarlo y Temkel como siempre, ayuda en la traducción.
-En nuestra cultura, la distancia de las estrellas nos dice su edad. Si están más lejos significa antepasado, si están muy cerca estas son las últimas que se han incorporado.
Cuando ellas se apagan nosotros celebramos, pues los antepasados han reencarnado otra vez.-
El jinete con incertidumbre en el rostro pregunta - ¿Qué me quieres decir? –
-Cierta vez…-continua hablando Kepja.…-y antes de abandonar mis tierras originarias. Me encontraba sobre la cima de una montaña enterrando a mis últimos hermanos, quienes fueron asesinados por el ejército, en una zona donde se encontraba próxima una cascada que caía en forma vertical y con varias salientes pequeñas cubiertas de vegetación verde y agua muy cristalina, mientras el sol de a ratos desaparecía detrás de algunas nubes. Según nuestra tradición, elegí colocar piedras negras y rojas sobre sus tumbas y derramé semillas de plantas y flores alrededor de ellas, puesto que a partir de ese momento, ellos pasarían a ser espíritus brillantes encerrados en una estrella y su cuerpo, sangre de la vegetación, quien se sirve de su entorno para subsistir y crecer, como algunas frutillas rojas las cuales crecen libres sobre el suelo y se alimentan de las raíces de enormes árboles.
Al terminar la tarea, clavé mis rodillas en el suelo y con abundantes lágrimas en los ojos, abrí ambos brazos hacia las nubes y pregunté a los antiguos con toda la fuerza de mi voz, cual camino debía seguir puesto que mi decisión de venganza, hacia quienes nos habían masacrado, se encontraba muy firme y de seguir ese impulso, mi corazón se volvería opaco como la noche y ese, no era el compromiso de amor de mi gente con la madre tierra. Como si fuera una respuesta, el sonido a mis espaldas de alguien resbalando con las piedras del fondo del rio, atrajo mi mirada. Fusil en mano tu padre, el general al mando del ejército culpable de haber exterminado a todo mi pueblo, se hallaba en esos momentos como tu ahora apuntándome.
No pudo escapar a la dura imagen presente en esa fría mañana, de cientos de tumbas diseminadas a su alrededor. Un enorme cementerio conteniendo miles de vidas apagadas por la avaricia de unos pocos, quienes no entendieron de que la madre naturaleza comparte siempre los frutos con todos sus hijos, se hallaba frente suyo. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sumergido en el más absoluto de los silencios, bajó su fusil lentamente para luego tirarlo al rio e hizo un prolongado saludo militar. Se retiró del lugar y luego impartió la orden a sus hombres, de que nunca más vuelvan a molestar a los indígenas de esas tierras. Dando por terminada de esta manera la guerra contra el indio. -
El jinete al escuchar las suaves palabras del médico brujo, siente como la furia en sus ojos se va tranquilizando junto a sus latidos. La idea de terminar con los últimos indios para poder mancillar de esa manera el nombre de su familia, comenzaba a volverse muy lejana.
-Tu corazón hace un tiempo, se recubrió por fuera con una gruesa piel de cactus…-dice Kepja -…cuyas largas espinas fueron inyectándote en el alma, un poderoso veneno el cual ciega y te llena de ira, veneno llamado rencor. Conozco ese sentimiento, lo tuve en ese momento, hasta que tu padre apareció esa mañana en la cima de la montaña y leí en sus ojos todo su arrepentimiento. Ahora te digo, tu abuela está reunida con tu padre y dicen los antiguos que él fue perdonado. La guerra terminó hace muchos años y fue reemplazada por la paz, pero el destino nos puso en el mismo camino y solo tú decides como será escrito nuestro futuro. Nosotros no pelearemos.- Termina diciendo Kepja con valentía en su voz. A su lado Temkel luego de traducir las palabras, se mantiene expectante y sin miedo en los ojos.
El muchacho vestido con ropas militares, cuestiona sus sentimientos, ya no ve enemigos en los indios, sino a los últimos representantes de una cultura originaria incorrectamente comprendida en cuanto a sus costumbres de libertad. Vuelve a enfundar el arma y subiendo a su caballo, se retira.
Temkel ya vuelto un hombre de unos treinta años, Comienza a rodear una enorme piedra buscando una buena zona por donde trepar. La montaña se le presenta como un enorme edificio, pero ayudado por gruesas raíces colgantes luego de unas horas logra alcanzar la cima y continúa caminando hasta encontrar una nueva visión. El paraíso terrenal descripto por Kepja en el pasado y ubicado en el extremo sur del continente. Una cascada que caía desde muy alto en forma vertical y con varias salientes pequeñas cubiertas de vegetación verde y agua muy cristalina, lo separaba del antiguo cementerio indio. Luego de elegir un lugar deposita el cuerpo de Kepja. Llevando la máscara de tronco preparada especialmente para la ceremonia y con el cuerpo pintado en colores negros ejecuta la ceremonia de despedida, un capitán del ejército se presenta y luego de saludar, coloca su sable con empuñaduras de oro sobre las piedras negras y rojas que la recubrían. Temkel como dicta su tradición, luego de terminar la ceremonia y de arrojar semillas de flores alrededor de la tumba, estrecha su mano con el militar, aquel que una vez los tuvo en la mira con el arma y quien luego arrepentido se retiró del lugar a caballo.
-¿Cual semilla es ahora Kepja?- Pregunta el capitán llevando en su rostro una enorme sonrisa.
Un águila mora de gran tamaño llevando plumas de color plomizas y negras con alas de casi dos metros, grita mientras planea en libertad por sobre ellos en dirección hacia los terrenos de Temaukel, el ser superior Ona.
Ambos hombres hermanados en la paz, se maravillan al observar su majestuoso vuelo.
F I N
© Claudio Alejandro Castro
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