Sueño de Verano
Sueño de verano
Amaba ver la luna entrar por su ventana y jugaba desnuda, a saltar sobre los claros plateados que iluminaban el suelo de la habitación. No le temía a la soledad que su alma envolvía, pero un día, encontró un recuerdo intenso en la esquina de sus sueños y se sintió vacía y luego despertó sudando.
Miró hacia la luna que se encontraba clavada en mitad del cielo, pero no se alegró de verla. Extrañada de no hacerlo y luego de tranquilizar la marea brava de sus latidos. Se vistió y como lobo intentando saciar su hambre, salió en mitad de la noche. Sin saber por qué.
Llegó hasta el centro del bosque y encontró a un hombre joven de ojos claros y brazos fuertes, que se hallaba de pie cerca de la laguna y cuyo rostro traía alegría al verla. Sin demostrar miedo se acercó a él sintiendo que lo conocía.
Se sentaron junto a la orilla y viéndola tan hermosa como la recordaba, él dijo con voz tranquila –aquí estoy como lo había prometido, bajo la misma luna que nos cobijó en el pasado. – y ella al sentir sus palabras, recordó lo que había intentado olvidar. El por qué amaba la luna y por miedo al amor, decidió encerrarse en su casa. Pero extrañaba la vida que seguía brillando afuera y finalmente pudo escuchar, lo que su corazón en silencio le recordaba.
- Conociste la perfidia, el segundo nombre del amor. Pero aunque ya nadie crea en el reencuentro de los amores imposibles, ellos alguna vez despiertan de su locura.– continuó diciendo, mientras señalaba hacia la laguna y acercándose ambos, se vieron reflejados en el agua y con sus rostros ancianos. – El manto del tiempo nos ha robado la juventud, pero nuestros corazones siguieron repitiendo incansablemente en cada latido, tu nombre y el mío – decía el hombre acariciándole el rostro con sus manos arrugadas y el beso que siguió a continuación. Le confesó a ella, todo lo que el anciano había sufrido durante ese tiempo de espera. Sin perder su esperanza e imaginando bajo el trazo de las estrellas, la sonrisa de su amada. El viento cálido agitó con suavidad los arboles y les llenó de mariposas de colores y suspiros el alma, volviendo la noche más bella. Las tardes de siesta perdidas bajo la lluvia fría se despidieron para siempre y cuando llegó la mañana solo quedaba junto a la laguna, una rosa sin heridas ni espinas. Quebrando su armonía.
Todo ocurrió en ese pequeño rincón del mundo, donde nadie culpó al destino. Por la llegada de ese sueño tardío de verano.
F I N
© Claudio Alejandro Castro
