Una de tres

25.03.2024 18:12

Una de Tres

 

Aún recuerdo esa tarde cuando revisaba el periódico y vi un modesto pero atrapante aviso que llamó automáticamente mi atención: “Hola, soy Jazmín, Psicoterapeuta y licenciada en Psicología. Me especializo, desde mi espacio personal, en resolver problemas y malestares de la vida cotidiana. Atravesar momentos de crisis personal o familiar haciendo enfoque en tus recursos y emociones hasta lograr que tomes decisiones que te ayuden a alcanzar tus metas. Consultar es el primer paso. Anímate a encontrarte.”

-Jazmín psicoterapeuta ¿Y qué tengo que perder ante semejante propuesta? – Pensé.

Llevaba mucho tiempo sumido en una enorme depresión de esas donde sientes como el dolor te oprime el corazón todo el tiempo y de las que te cuesta mucho, pero mucho salir. Pero ver la sinceridad de su aviso contribuyó a decidirme en buscar ayuda. Lo siguiente que hice fue tomar mi teléfono móvil y pactar una cita. Cita que se volvió más frecuente de lo que hubiera pensado y que, como todo reto difícil, se prolongó por bastante tiempo.

El día de la cita vestí de un tono que hace tiempo había inundado las profundidades de mi alma, un traje color negro con camisa blanca, pero sin corbata ya que odio usarlas.

Me recibió una persona muy agradable como de mi edad quien me explicó de cual forma quería que encaremos la terapia. - Soy Jean Paul - dije a modo de presentación. Su oficina era bastante modesta con un sillón verde de dos cuerpos y otro más pequeño del mismo color. Estaba situado en el centro de París y tenía las paredes pintadas en color blanco adornadas con cuadros de frutas y paisajes campestres y unos cuantos diplomas conteniendo su nombre que estaban ubicados detrás de un escritorio de roble.

Las sesiones comenzaron hablando sobre mis padres, música, amigos y sobre las noticias del día que me hayan interesado. Pero, cuando la conversación intentaba ir más profundo y se tocaba el tema amores, ella se encontraba con una barrera que no permitía hablar sinceramente sobre lo que me atormentaba. Lejos de frustrarse usaba su carácter dulce y su alma inundada en caridad para pedirme que vuelva la otra semana así continuaba buscando la manera de poder descifrar el enigma que atrapaba con gruesas cadenas mí corazón.

Yo seguía con mi vida de trajes negros y camisas blancas, como la de esas personas solitarias que esperan y viven con la falsa ilusión de que alguien alguna vez va a volver y que deseará encontrar todo tal como lo dejó, inclusive no cambiaba los muebles de mí casa. Hasta que un día Jazmín, como parte de su terapia, me invitó a cenar aclarando que era una cita meramente profesional. Pero la invitación tenía una sola condición, no usar ninguna ropa que lleve color negro.

Elegí vestir un traje gris con una fina camisa tono rosada. Estacioné mí auto en las afueras de su consultorio y toqué el timbre. Ella hizo sonar la chicharra de apertura de la puerta de acceso y me dijo por el intercomunicador que por favor suba hasta el quinto piso y luego tome la escalera.

Cuando accedí a la terraza me encontré con una increíble sorpresa. El lugar tenía el piso adoquinado pero cubierto con césped sintético verde. Las paredes estaban adornadas con mucha decoración vegetal exótica y había luces blancas colgando como guirnaldas. Era como un pequeño remanso intimista en medio del eterno bullicio de una gran ciudad. Una hermosa vista hacia el río Sena con las luces del alumbrado reflejados en sus aguas daban un perfecto fondo de paisaje parisino y por demás romántico. Ella había colocado una mesa en el centro con velas, una botella de vino y dos copas. Un viejo tocadiscos ambientaba todo con una agradable música francesa. La “chanson” con voz femenina contenía letras sobre amores rotos y cabarés.

-En su momento fue el café más antiguo de París – dijo Jazmín apareciendo en ese momento – lugar de encuentro de literatos, dramaturgos y periodistas famosos quienes por décadas se juntaron aquí en el pasado.

El edificio era de mi abuelo y cuando murió como a mi padre no le gustaba la idea de manejar un café, decidió cerrarlo. -

-Una pena- dije imaginando ese lugar repleto de voces y personas conversando y riendo.

Jazmín llevaba puesto un vestido charlestón corto color rojo metalizado de los años 20 y una cinta en la cabeza con una pluma del mismo color. Guantes largos color blanco y zapatos rojos con taco y un collar largo de perlas blancas que le llegaban hasta la cintura. Su cabello rubio con infinitos rulos y sus ojos marrones delineados como en esos tiempos le daban un toque especial.

-Te ves muy hermosa- dije

-Gracias caballero- respondió ella - además del café heredé un amplio vestuario y te traje algo para ti -

Incliné un poco hacia el costado mi cabeza por la curiosidad.

-Cierra tus ojos por favor – rogó ella

Accedí con cierto interés y ella puso un sombrero de copa alta color gris sobre mi cabeza. Luego pidió que vuelva a abrir mis ojos y me entregó un monóculo y colgó de mi cintura un reloj de cadena color dorado con tapa redonda que increíblemente aún funcionaba.

-Ahora eres un completo caballero, el caballero Jean Paul- dijo susurrándome al oído mientras se ponía en puntas de pie para poder apoyar delicadamente sus manos en mi hombro.

Nos sentamos a cenar y luego de servirle vino ella levantó su copa.

-Hagamos un brindis – propuso sonriendo

- ¿Y cuál sería el motivo? – Pregunté

-Tu cambio en el tono de ropa creo que sería un motivo suficiente. Un comienzo. -

Terminada la cena y con otra botella de vino abierta, Jazmín me indicó acercarnos hacia unos amplios sillones que estaban ubicados casi al final de la terraza desde donde podríamos observar mejor el río. Tomamos las copas y nos dirigimos hacia ese sector.

Una pareja, tal vez regresando del trabajo, paseaban por la calle tomados de la mano mientras la luna redonda y las estrellas los acompañaban junto a nuestra mirada.

Jazmín suspiro y pasó una mano por su brazo. - ¿Tienes frío? - pregunté

-Un poco - respondió mientras volvía a suspirar - pero no quiero entrar, me agrada mucho estar aquí y también disfruto de la compañía. -

-toma ponte esto- dije ofreciendo mi saco.

-sabes? - Dijo luego de colocar el saco sobre sus hombros. - Es la primera vez que te veo quitarte el saco, ni siquiera durante alguno de los dos meses de sesión que llevamos intentaste hacerlo en algún momento y me alegra eso-

-Creo que hoy estoy dispuesto a cambiar. Adelante, pregunta que voy a responder con total sinceridad. -

-si estás seguro comenzamos, pero no en tono de terapia, sino de amigos. El vino está haciendo efecto. - dijo sonriendo mientras ofrecía la copa a modo de un nuevo brindis -¿Te interesa el trato? -

En silencio y devolviendo la sonrisa hice un ligero movimiento con la cabeza hacia arriba demostrando que estaba de acuerdo, luego chocamos nuestras copas mientras me colocaba el monóculo sobre el ojo izquierdo y sacaba el reloj para mirar la hora frunciendo la parte superior de mis labios de lado a lado, como si estuviera sacudiendo un gran bigote. -Tenemos un trato ¡Madeimoselle! - Exclamé y usando la punta de mis dedos jugué a estirar mi mostacho invisible.

Al verme ella se echó a reír y no había palabras que me ayuden a describir lo placentero que era escuchar el sonido de su risa la cual se volvió totalmente contagiosa y echando mi cuerpo hacia atrás, ambos estuvimos riendo en carcajadas durante un buen rato.

No recordaba la última vez que había reído tanto. Me puse serio y bebí un trago de vino y luego comencé a hablar mientras Jazmín escuchaba atentamente -estuve enamorado, todo iba bien, inclusive se había vuelto perfecto al punto de reconocer cómo se sentía el otro solo con nuestra mirada.

Pero quizás ella no estaba tan feliz o no la conocía tan bien como suponía y por eso me rechazó cuando le propuse matrimonio y eso asesinó el amor y me clavó un puñal afilado en el corazón. –

Quedé un rato en silencio intentando reprimir la marea de lágrimas que en ese momento recurrieron a mis ojos. Ella gentilmente puso su mano sobre la mía buscando tranquilizarme y usó un tono de voz muy vibrante y dulce para hablar.

-Lamento mucho escuchar eso y gracias por tener la confianza para contármelo. Pero ahora sigue mi consejo. Inspira, exhala, inspira y exhala... –

Hice el ejercicio que me propuso y me sentí un poco más aliviado que en las sesiones anteriores. Mientras controlaba mi respiración continuó hablando - …Lo que tengo para decirte es que no voy a entrar en más averiguaciones y a partir de hoy voy a trabajar en el método necesario para que vuelvas a levantar los ojos cuando veas parejas caminando por la calle, como hace un rato, cuando esa pareja cruzó bajó la luna y tu bajaste enseguida la mirada, juntos vamos a cerrar las grietas del pasado en tu corazón ¡Te lo prometo! –

Luego no volvimos a tocar el tema amores, desengaños o sentimientos y conversamos hasta llegada la madrugada. Sentía en el fondo que Jazmín había logrado correr el cerrojo y girar la llave, un tanto oxidada, para que vuelva a confiar en otra persona y por eso no hablé de marcharme ni mire la hora, ni tampoco intenté escapar lejos de ella demostrando miedo alguno como lo hacía antes cuando una mujer intentaba entablar conversación conmigo.

-Quiero bailar - dijo Jazmín logrando sorprenderme. Corrió hacia el tocadiscos y cambió el vinilo, otra “chanson” mucho más alegre que las anteriores cubrió todo el ambiente mañanero. Luego regresó apresuradamente hacia mí y usando ambas manos prácticamente me expulsó del sillón.

Quizás haya sido la atracción de nuestros cuerpos o simplemente el efecto del alcohol o un cóctel de todo, pero, minutos después de la segunda pieza de baile, tener tan cerca la tentadora perla de su boca y el perfume seductor de su piel, se volvieron una carencia de hambre y de sed irrefrenable de besarla, mientras nuestros cuerpos seguían danzando sin detenerse prolongando la noche al infinito y juntos nos fuimos perdiendo en el apasionado embrujo del deseo, dosificando de un nuevo sabor a mi soledad, que no era el del engaño, sino en la voluntad de querer. De decir estoy vivo y quiero vivir, de decir adiós al miedo a sentir, a ser mendigo de un corazón y rico por compartir algo que no se retira jamás de cada rincón del cuerpo, aunque pase el tiempo. El amor y sus cicatrices.

Más tarde regresé a mi casa junto a los primeros rayos de sol de la mañana, pero antes de ir a dormir tomé de mi colección de trajes cinco que eran de color negro y en el medio de mi patio comencé un funeral. Bajo una gran fogata liberadora quemé todos esos trajes mientras aullaba como un lobo contento. Nunca más volvería a vestir ese tono de ropa en mi vida, nunca más dejaría al pasado llevar el timón de mi destino.

Luego tomé el teléfono y llamé a mi hermano Pierre para avisarle que en las siguientes semanas regresaría al negocio familiar. Una de las diez agencias de publicidad más importantes de Francia. Mis padres, retirados del imperio que ellos mismos fundaron, se encontraban embarcados en un crucero de placer por el caribe.

Desperté en mi cama al otro día acompañado de una terrible resaca luego de que el efecto del alcohol abandonara por completo mi cuerpo, pero inmediatamente un sentimiento de culpa comenzó a carcomerme las entrañas -Soy un idiota - me decía todo el tiempo, aunque me daba cuenta que dejar de pensar en Jazmín se me hacía totalmente imposible. La próxima cita para seguir con la sesión era la semana siguiente por lo que decidí hacer silencio hasta esa fecha, pero necesitaba con urgencia desahogarme y por eso llamé nuevamente a mi hermano Pierre para ponerlo al tanto de lo sucedido. - Ven a la agencia - dijo por teléfono - y tomemos un café mientras hablamos -

La particularidad de Pierre es que tiene una obsesión con el actor de películas del viejo oeste John Wayne y por eso gusta vestir botas tejanas y jeans con camisas y los usa todo el tiempo junto a finos sacos sport, un patrón de vestimenta que no sigue la moda europea y solo viaja con su poderoso Pontiac Firebird usado por el actor en una película, que compró en una subasta en línea dónde mediante un aparato reproductor mira todas sus películas coloreadas mientras conduce.

Hacia allí me dirigí y ambos nos sentamos solos en una sala de reunión. - ¿Tú, el mismísimo Jean Paul, tú, ¿haciendo terapia? - dijo en tono de burla - es como si el papa abandonara el catolicismo. Jamás te imaginaria tirado en un sillón hablando sobre tu vida y menos aun besando a tu terapista, creo que te volviste completamente loco -

-Pierre, vine a desahogarme - respondí con voz un tanto dramática - y no a que, como mi hermano mayor, aproveches tu pésimo sarcasmo para burlarte de mí -

- Lo siento - dijo - tienes razón, pero también debes ver qué no hiciste nada bien hasta el momento, tomaste terapia y terminaste enamorado-

- ¿Enamorado? - Pensé desencajando totalmente mi rostro. -Pero mi hermano debe estar equivocado, porque estaba borracho esa noche ¿Cómo podría insinuar que solo por besarla estaba enamorado? - seguía pensando.

- Jean Paul - dijo señalando con su dedo hacia mí. - Deberías verte en un espejo en estos momentos, con tu cara de “no puedes decirme que estoy enamorado”. Entonces pregúntate primero. ¿Por qué estamos hablando de ella en lugar de en cuanto la terapia te ayudó a cambiar? Y cuando te pongas de acuerdo, avísame, pues ahora debo ir a una reunión y voy bastante atrasado. ¡Ah! Antes de irme justamente tengo algo para tí. - Mientras hablaba me entregó un periódico. - sección 2 artículo 4. Deberías leerlo. Te quiero hermano. Eres joven. Haz un viaje, conoce mujeres, busca olvidar o aceptar y llámame cuando puedas volver a trabajar. - Terminó diciendo y luego tomó su saco mientras alzaba su brazo y cerraba todos los dedos de su mano menos el del medio y su figura se iba perdiendo rápidamente por los pasillos de la agencia.

Si había algo que más amara en la vida mi hermano, además de querer parecerse a John Wayne, era la de tener siempre razón en lo que decía. Regresé a mi casa repasando mentalmente todo lo hablado con Pierre.

Esa tarde leí el artículo del periódico. Trataba sobre los tipos de enamoramiento según la ciencia y concluía que “hay tres tipos: El idealista, que ocurre en la adolescencia. El amor por necesidad, que se caracteriza por la duda al abandono y por último el amor inesperado, que aparece cuando no lo buscas y estás bastante tiempo en soledad, es más maduro y al principio es desconcertante porque no se presenta como algo perfecto y cargado de ilusiones.”

-Quizás eso necesite yo- reflexioné. -Algo más maduro que no sea perfecto desde el principio. - En ese momento me sorprendió un nuevo mensaje de Jazmín, cancelaba la próxima cita por problemas de salud y la pasaba a la siguiente semana.

-Si te puedo ayudar en algo por favor házmelo saber enseguida - respondí al mensaje, pero no obtuve respuesta de su parte.

Dos semanas después me presenté en su consultorio, Noté que tenía lágrimas en sus ojos y su semblante era muy triste. - ¿Qué te sucedió? - pregunté con mucha curiosidad en la voz.

-Disculpa Jean, pero mejor dejamos la sesión para otro día, tuve una circunstancia muy penosa para mí. Vuelvo a pedirte disculpas, pero no me siento de ánimo hoy como para poder ayudar ni a ti ni a nadie. - Insistió mientras sonaba su teléfono móvil y un tal David parecía llamarla con mucha persistencia, pero ella lejos de mostrar alegría, cortaba la llamada de inmediato mientras sacaba otro pañuelo de su cartera.

-No, está bien, entiendo y lamento mucho verte así - dije sin querer obligarla a hablar- solo quería contarte que finalmente, escuchando tu consejo, voy a comenzar a cerrar mis heridas y para ayudarme con eso mañana tengo programado un vuelo. -

-Si encuentras lo que buscas quizás no regreses. Que tengas mucha suerte, cuídate mucho por favor - fue todo lo que me dijo ese día mientras tomaba mi mano.

Regresé a mi hogar sin dejar de pensar en Jazmín. Pero debía concentrarme en mi plan. Buscar el amor inesperado. Al otro día tomé los boletos de avión y mi valija y me dirigí hacia el aeropuerto. Me esperaban tres pequeñas ciudades al sur de Francia. - Una de tres tiene que ser mi número de la suerte - pensé

Pero con la primera ciudad elegida no tuve nada de suerte, era un complejo minero donde todas las personas que vivían allí casi doblaban mi edad. Tome un vuelo hacia mi segunda opción. Otro pequeño pueblo ubicado al sur de Francia me aguardaba. Me instalé en el hotel desde donde podían apreciarse los viñedos, un paisaje característico por esa zona. Preparé un traje color beige y una camisa azul y esperé con ansias la llegada de la noche.

Un bar, varias mesas. Parejas sentadas y también algunos hombres y mujeres expectantes y solitarios en otras mesas. Note en especial a una, quién era bastante delgada y atractiva, de piel morena y ojos grandes que me observó por unos momentos, tenía un vestido color azul con un escote pronunciado y bastante sugestivo. Me senté en la barra y pedí una bebida fuerte. Por el reflejo del espejo vi nuevamente a la mujer atractiva que parecía seguir observándome. Tomé mi vaso y me dirigí hacia donde se encontraba.

-Me llamo Jean Paul- dije a modo de presentación -puedo sentarme contigo? -

Ella me revisó una vez más con la mirada antes de señalar la silla con la palma de su mano a modo de invitación mientras enseñaba una sonrisa.

-Soy Marie, ¿de dónde eres? De estos lugares no puedes ser ya que por aquí nadie viste trajes tan finos y elegantes. Además, nunca olvidaría el rostro de un hombre tan guapo. -

-Nací y vivo en París. -

-París, - interrumpió ella -la enorme ciudad de las luces, la torre y el amor flotando en todos sus rincones. Casualmente tengo una amiga que vive en la misma ciudad que tú. Es psicoterapeuta. A pesar de ser muy hermosa e inteligente no tiene mucha suerte con los hombres. Siempre se lo digo cuando hablamos. Hace poco casualmente vino hacia aquí y terminó con su novio con el cual tenía una relación de muchos años al encontrarla con otra mujer, fue su segundo novio y lo tenía desde la secundaria, pero resultó ser un patán mujeriego. -

-Se llamaba David tal vez? - no sé cómo recordé su nombre en ese momento ni tampoco sé cómo vino a mí un antiguo recuerdo de otro bar en París. El último lugar donde estuve con la que era mi novia en ese momento. Estábamos sentados en una mesa discutiendo, algo que en los últimos tiempos se había vuelto muy habitual entre nosotros y cuando ella muy molesta se levantó para ir al baño, en ese momento sucedió algo increíble. En otra mesa había una mujer solitaria quién también se encontraba sentada. Ella primero acomodo su largo cabello rubio y enrulado haciendo un rodete y luego viendo hacia la pantalla de su teléfono móvil sonrió, y esa sonrisa era tan mágica, perfecta y envuelta en una frescura angelical como su bello rostro, que, a pesar de encontrarse lejos, logró hacerme sonreír también a mí. Algo que jamás me había pasado antes.

Mi novia regresó del baño y al encontrarme alegre y sonriente hizo que se enojara aún más de lo que estaba antes y se fuera del bar. Fui por detrás suyo como todo desesperado o en realidad, como el enamorado que aún creía tener una remota esperanza de poder salvar su relación.

-Si, tal cual, pero… ¿Cómo sabes que se llama David su exnovio? - interrogó la mujer logrando hacerme regresar a la realidad.

Pensando en que ya podía ponerle nombre a esa misteriosa mujer, quién casualmente fue la misma que esa noche en la terraza, sin saberlo, me hizo sentir otra vez vivo, salí rápidamente de ese bar. Al otro día tomé un vuelo.

Esa noche fui a su consultorio, pero no estaba allí. Entonces llamé un par de veces a su teléfono sin obtener alguna contestación. - ¿Dónde estará? - Pensé y entonces vino a mí una fuerte corazonada, de esas que te dan confianza cuando comprendes el lenguaje de tus latidos. Subí a mi auto y conduje hacia el lado este de la ciudad.

El piano bar era de los más famosos de París con 50 años de antigüedad. En ese lugar se filmaron muchas películas y en el ambiente nocturno era muy conocido. Turistas de todo el mundo y jóvenes franceses de la alta sociedad se daban cita todas las noches buscando disfrutar de sus espectáculos en vivo que lo transformaban en un auténtico templo de fiesta.

Hola- dije parándome frente suyo. La mesa del bar nos separaba. La misma mesa en la cual en mis sueños la recordaba sentada y riendo mientras veía la pantalla de su teléfono.

Hola- respondió ella dejando de tomar notas en una agenda. - Siempre que necesito escapar de la realidad o de alguien, como tú en este caso, vengo aquí. Es como un puente con lo que podría haber sido si mi padre hubiera continuado con el bar de mi abuelo. Tal vez tenía miedo de fracasar y por eso abandonó la idea de mantenerlo abierto.

Cómo conocían a mi abuelo siempre me reservan la misma mesa. - Sujetó su cabello rubio enrulado y comenzó a armar un rodete el cual sostuvo con la lapicera con la que antes escribía notas y fue, quizás la casualidad, cuando sonrió mirando directamente hacia mí y sus ojitos se llenaron de un brillo especial, igual a la luz de una cadena de relámpagos en la tormenta y viendo nuevamente esa deslumbrante sonrisa mágica y angelical, cuando, preso de su belleza, me envolvió un hermoso Deja Vú instantáneo que erizó mi piel y congeló por un segundo mis latidos. Jazmín siguió hablando en un tono de voz dulce y vibrante a la vez. -Verás…hablé con una vieja amiga que por casualidad tu conociste la otra noche en un bar y me advirtió que tenga cuidado, pues nunca había visto a un hombre tan enamorado de una mujer y no está de más decir que me envidiaba por tener en cierta forma tanta suerte con un hombre guapo. Por eso vine aquí a intentar reflexionar o, en otras palabras, a pensar si me buscarías al regresar. –

Me senté a su lado y la tomé de la mano y en ese momento una persona comenzó a tocar el piano, inmediatamente reconocí sus notas y eran las de la banda sonora de la película romántica “Love History” un clásico del cine de los 70.

-"Amar significa no tener que decir nunca perdón"- Comencé a hablar recordando la frase más emblemática de esa triste historia de amor del cine – y no voy a pedir perdón por intentar huir al darme cuenta de que estaba completamente enamorado de ti. Por el contrario, ese viaje me ayudó a aceptarlo y terminó cerrando las últimas heridas en mi corazón. -

Y luego volver a besarla en ese bar para mi significó el fin de esos días de ver el mundo en blanco y negro.

Entre los invitados al día de la inauguración había muchos críticos de arte, dramaturgos y personajes de la farándula y también muchos periodistas curiosos. Grandes reflectores apuntaban hacia el cielo. El interior fue decorado con mesas y sillas vintage de madera y las mozas que atendían el lugar utilizaban vestidos tipo “Charlestón”. El “Petite Violette”. El sueño de mi esposa Jazmín de seguir con la tradición y reabrir el bar de su abuelo, dos años después de conocerla, finalmente se cumplía y abría sus puertas llevando el nombre de nuestra hija recién nacida.

 

F I N

 

© Claudio Alejandro Castro